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CATALUÑA

Auge y virtud del 'progre-catolicismo'

Una de las muchas similitudes entre el nacionalismo vasco y el catalán es el amparo (y aun el mando) de las respectivas iglesias locales, un amparo que, en parte, proviene de la desafección al liberalismo decimonónico, que trató de convertir España en un Estado moderno.


	Una de las muchas similitudes entre el nacionalismo vasco y el catalán es el amparo (y aun el mando) de las respectivas iglesias locales, un amparo que, en parte, proviene de la desafección al liberalismo decimonónico, que trató de convertir España en un Estado moderno.

En Cataluña, el pánico de la iglesia a incurrir en el error francés cristalizó en una suerte de regionalismo pardusco que, ya entrado el siglo XX, devendría en nacionalismo, ese achispamiento del espíritu que se manifiesta a las claras en episodios como la pastoral Arrels Cristianas de Catalunya (¡y sus réplicas!), el recurrente Volem bisbes catalans!, las loas al Estatut, o el empecinamiento en retener los bienes de arte sacro que reclama para sí la diócesis de Huesca.

Esta clase de aspavientos, por lo común, ha merecido el aplauso o, cuando menos, el arrobamiento de todas y cada una de las instancias seglares que orbitan en torno al poder. En cierto modo, la ineluctable trabazón entre el antifranquismo y la iglesia local (que siempre antepuso las denominadas libertades nacionales a las civiles) ha venido propiciando que individuos como Lluís Maria Xirinacs, Josep Maria Ballarín, Arcadi Oliveres o el mismísimo pare Manel hayan adquirido el rol de custodios de la conciencia colectiva. El hecho de que se trate de personajes que no hayan proferido más que sandeces o, en el caso de Xirinacs, que hayan llegado a declarar su amor por la banda terrorista ETA no ha menoscabado la deferencia o incluso la veneración que, en general, les dispensan los medios (y muy particularmente los de titularidad pública). Imaginen por un instante que Libertad Digital, la Cope o El Mundo tuvieran al padre Apeles o a Dámaso Perico como referentes espirituales de la política española, que lo que manifestara José Apeles Santolaria de Puey respecto a los indignados (por establecer una analogía con Oliveres) obtuviera eco en esos medios. De eso estamos hablando, exactamente, cuando hablamos de Cataluña.

El hecho de que los más conspicuos voceros del progre-catolicismo hayan fomentado las virtudes terapéuticas de las chirucas, el Puigmal y el Kumbayá no obsta para que, llegado el caso, se empleen con drástica fiereza. En materia disidente, la espuma de los días siempre nos devuelve a Albert Boadella.

Sabrán los lectores que el dramaturgo vive retirado, en desairado desarraigo, en Madrid, donde dirige los Teatros del Canal. Recientemente anunció que su obra Amadeu recalaría en Barcelona para cerrar la temporada 2011/2012 en el Teatre Lliure, que dirige Lluís Pasqual (el único colega catalán, junto con Àlex Rigola, que no ha incurrido en la ordinariez de darle con la puerta en las narices). Boadella tentó la posibilidad de rehusar la oferta, puesto que había dejado escrito que Els Joglars jamás volverían a actuar en Cataluña (es fama que, sobre ese mayúsculo error, el Bufón ha levantado su recentísima leyenda), pero esta vez no hubo lugar a la sobreactuación. Al cabo, Pasqual no le había invitado en calidad de joglar, sino como hacedor de un espectáculo producido por los Teatros del Canal. Sea como sea, al socio del Barça número 2.877 le faltó pista y le sobró Vanguardia para alertar a la población de que Boadella, el ultra Boadella, pretendía irrumpir en el Lliure, en Barcelona, en Cataluña. Con prosa moliente y diarreica, desguazada como una lista de la compra, el tal 2.877 le tributó una bienvenida cuyo hedor era, en efecto, el que exhala una cabeza de caballo a los pies de la cama.

Así y todo, se trata de un texto de sumo interés para conocer uno de los rasgos primordiales de los nacionalistas catalanes, cual es la confusión de los apocalipsis personales con los colectivos. Muchos años atrás, Boadella había enviado a la redacción de La Vanguardia, y concretamente a la atención de 2.877, un fax en el que una misteriosa Madame Mamalú exigía al susodicho el pago por servicios como la lluvia dorada y... Lean, lean:

Sr. Oriol D.:

Después de intentar localizarlo infructuosamente a través de la dirección y teléfono que usted anotó en la ficha de cliente de nuestro establecimiento y que una vez comprobado corresponden a un tal Sr. Jordi Bonet, hemos podido averiguar a través de una agencia de información que usted trabaja en este periódico.

Antes de llevar el asunto a mayores hemos realizado una última tentativa con el fin de que usted arregle el débito que tiene pendiente con nuestro establecimiento. El viejo truco de utilizar los servicios de nuestras señoritas y después manifestar que ha olvidado la tarjeta lo ha practicado reiteradamente abusando de nuestra confianza y buena disposición con los clientes.

Usted debe ser el primer interesado en pagar con prontitud, ya que el tratamiento practicado por usted con las señoritas Raquel y Bea, podría ser también objeto de denuncia, porque una cosa es una "lluvia dorada" y otra muy distinta obligarlas a mantener la cabeza en el excusado mientras usted defeca. Ni que decirle que poseemos pruebas documentadas de todo ello ya que somos una empresa de gran profesionalidad y no podemos tolerar comportamientos vejatorios, con el agravante por su parte de no pagar los servicios utilizados.

Una vez más le conminamos a que liquide usted su deuda pendiente, ya que de no ser así tenga por seguro que vamos a tomar las medidas oportunas (judiciales por supuesto).

Atentamente,

Madame Mamalú

¿Comprenden ahora por qué 2.877 sigue enojado (¿o quizás indignado?) con el ultraclerical Boadella? ¿Por Cataluña? ¿Por los bisbes catalans? Quiá. ¡Por una puta ficticia llamada Madame Mamalú! Por lo demás, habrán notado que 2.877 llama a Boadella "ultraclerical", mas no hay que hacerse ilusiones al respecto: nuestro aZote de conversos ignora por completo que Boadella ha proclamado ciento y mil veces la turbación cuasi extática que le produce la liturgia católica. No, 2.877 le llama ultraclerical para matar dos pajaros de un tiro. Síganme, siquiera un minuto más:

El ultraclericalismo de Albert Boadella se pone de manifiesto en otro hecho [prosigue 2.877]. Boadella ha utilizado el cobarde anonimato por fax e Internet en un intento de descalificar a personas que discrepan de sus actuaciones. Por ejemplo, ha arremetido contra periodistas a quienes ha vinculado con dejar de pagar sucios servicios eróticos. El insulto anónimo es el sistema utilizado por grupos ultracatólicos clericales y preconciliares en el mundo digital.

Por toda demostración de anticlericalismo, 2.877 farfulla que el insulto anónimo es el sistema utilizado por grupos ultracatólicos y preconciliares en el mundo digital. Podría haber dicho antisistemasanodynousindignados o cualquier otra grey, pero no, 2.877 dice "grupos ultracatólicos y preconciliares en el mundo digital". Se refiere a Germinans Germinabit , una web de corte fundamentalista puesta en marcha por un quinteto de gamberros cuyo apostolado es abjurar del catolicismo nacional-progresista. De ellos les hablaré el próximo día. De ellos y de su pecado principal: el éxito.

Vuelvo a Montanelli, su imprescindible Cuentas conmigo mismo, donde todo estaba ya escrito:

Así me he mantenido al margen de la pelea que se ha desencadenado entre Compagna y un Pellizzi –nieto, creo del Camillo Pellizzi del periodo fascista–, profesor contestatario de la Universidad Católica de Milán, y católico disidente. Mejor así. De estos marxistillas de sacristía no me resultan tan insoportables las ideas cuanto sus caras. Si ha de haber comunismo en Italia, que sea por lo menos el de Stalin. Pero es esperanza infundada. Será, por el contrario, este, ambiguo, clerical y onanista, de rostros pálidos al estilo Pellizzi. Y será, más que una causa para morir, una razón para avergonzarse.

 

www.albertdepaco.blogspot.com/

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