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'PARTITOCRACIA'

La palabra maldita

Cada vez que oigo o leo la palabra maldita, partitocracia, aunque sea en un contexto rigurosamente justificado, se me pone la carne de gallina.

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Sucede que la experiencia vivida me ha llevado a asociarla, en primer término, con la argumentación previa a la implantación de una dictadura totalitaria, de izquierda o de derecha, y, en segundo término, a la gestación de un movimiento demagógico y populista, unas veces pacífico y otras muchas violento.

En ambos casos, el desenlace previsto es la sustitución del sistema multipartidista por otro de partido único, o la gestación de un mamarracho que corrompe el concepto de democracia añadiéndole un apéndice como popular, orgánica o, últimamente, en lenguaje de indignados, real ya. La democracia sin aditamentos, con su corolario multipartidista, obra sobre los totalitarios y los nihilistas de todos los colores como el crucifijo y el ajo sobre los vampiros: los espanta.

Patéticos albaceas

A juicio de la élite progre, ha llegado el momento de entrar en escena con un movimiento de nueva izquierda que ponga punto y final a la hegemonía de esos dinosaurios que son los partidos políticos. ¿Nueva izquierda? ¿Nueva? Olvidemos a los histriones de la casposa cofradía comunista que se enrolan por un acto reflejo en todas las cruzadas excéntricas, desde los tiempos del puño en alto hasta los del simple dedo en forma de ceja: Pilar Bardem, Miguel Ríos, Joaquín Sabina, Isabel Coixet, Pedro Almodóvar, Almudena Grandes. ¿Nuevos? ¿Nuevo el líder del movimiento, Baltasar Garzón, que en el 2002 ya estuvo en el Foro Social Mundial de Porto Alegre, junto a Noam Chomsky, José Bové, la impostora Rigoberta Menchú, Ignacio Ramonet y, con un protagonismo discreto, los representantes de Herri Batasuna y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia? Ramonet definió el Foro como "esta especie de internacional rebelde", y el infaltable Manuel Vázquez Montalbán como "una internacional emancipatoria para el siglo XXI".

También estuvo allí en el 2002, y también figura en el manifiesto de la nueva

izquierda del 2011, el veterano Jordi Borja, quien, cuando Miquel Porta Perales le pidió (La Vanguardia, 8/10/1991) su opinión acerca de la influencia del comunismo sobre los intelectuales, para la encuesta "En torno al gran engaño o la enciclopedia de las mentiras", respondió:

¡Válgame Dios, qué preguntas! Parecen salidas de las peores épocas de El Alcázar y ABC. Este anticomunismo hecho de visceralidad y de ignorancia no permite ningún tipo de diálogo. A pesar de todo lo que ha pasado no ha habido ningún ideal que haya movilizado tantas ilusiones y energías positivas como el que ha sido durante el siglo veinte el ideal socialista y comunista. Su crisis plantea la necesidad histórica de construir otro.

Y en eso están él y sus camaradas innovadores, patéticos albaceas de una pesadilla sepultada bajo los escombros del muro de Berlín.

Efectos desmitificadores

El gurú de esta vieja nueva izquierda es, indudablemente, Ignacio Ramonet, cuya biblia, Guerras del siglo XX (Mondadori, Barcelona 2002), complementada periódicamente por las filípicas radicales de Le Monde Diplomatique, suministran pienso intelectual a los antisistema. Ramonet mostró su plumero ideológico al exorcizar, en el libro citado, "el nefasto efecto de las tesis de François Furet y de El libro negro del comunismo, de Stéphane Courtois et al.". ¿Cuáles eran las tesis cuyos efectos desmitificadores le parecían "nefastos"? En El pasado de una ilusión (Fondo de Cultura Económica, México, 1995) Furet desenmascara con profusión de datos concretos la esencia totalitaria del comunismo, sus afinidades con el nazismo y la ceguera cíclica en que incurrieron los socialistas democráticos y algunos liberales al encubrir los crímenes de los comunistas y al asociarse acríticamente con ellos, para luego caer víctimas de esos circunstanciales aliados que los asesinaban sin compasión.

En cuanto a El libro negro del comunismo (Planeta, Barcelona, 1998), su título lo dice todo: es un balance pormenorizado de las matanzas que perpetraron los aparatos de represión encargados de imponer y mantener las dictaduras de cuño marxista-leninista. La copiosa información no deja ningún atisbo de duda acerca de la magnitud del exterminio que llevaron a cabo los comunistas en todos los países donde monopolizaron el poder o donde lo ejercieron aunque sólo fuera transitoriamente, por ejemplo en territorios ocupados durante guerras civiles. Ramonet sabe que entre 80 y 100 millones de seres humanos inmolados durante los experimentos revolucionarios pesan como una lápida sobre las supercherías dialécticas de los nuevos sembradores de quimeras utópicas, entre los que él sobresale, y por eso califica de "nefastos" a estos libros.

Martillo de herejes

No fue casual que la diatriba de Ramonet la presentara, en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, Manuel Vázquez Montalbán, auténtico martillo de herejes, quien dedicó casi toda su disertación a machacar a los socialdemócratas. Se ciñó, al hacerlo, al rito que practicaba en las "notitas políticas" que, según Jorge Semprún (La Vanguardia, 11/12/2002), depositaba como "cagaditas matutinas" en diversos periódicos españoles, cuando batía su "espuma de fingida cólera social" y su "mala conciencia". Esta aversión de Vázquez Montalbán a los socialdemócratas satura también el libro de Ramonet y las páginas de Le Monde Diplomatique. Alfredo P. Rubalcaba, vulnerable a los cantos de sirena de los nuevos insumisos, deberá recordar que uno de los pasatiempos favoritos de los totalitarios antisistema, desde la época de los viejos bolcheviques hasta la actual, consiste en lanzar anatemas contra los socialdemócratas, ferozmente satanizados y, cuando ello era posible, asesinados. Eduard Bernstein, Karl Kautski, Francisco Largo Caballero, Indalecio Prieto, Léon Blum, Felipe González..., todos fueron blanco de las puñaladas traperas de los comunistas, lo cual no impidió que algunos de ellos se dejaran engatusar por el señuelo de los frentes populares.

Ignacio Ramonet se encarniza con los socialdemócratas europeos, entre los que cita a Javier Solana, Gerhard Schröder, Massimo D'Alema y Anthony Blair, como si fuera Lenin enfrentado a los clones de Bernstein y Kautski, y carga a continuación contra el otro fantasma de su desquiciado imaginario: el pensamiento único. Miquel Porta Perales evoca en su esclarecedor ensayo Elogi del present (Laertes, Barcelona, 2002) el texto de "carácter bautismal" de Ramonet, que apareció en Le Monde Diplomatique en enero de 1995. En él, define el pensamiento único como "el único autorizado por una policía de opinión invisible y omnipotente". Porta Perales ve en este veredicto una reedición del "viejo y prepotente intelectual tipo Sartre (...) que se cree en posesión de la verdad y siempre está dispuesto a señalar la línea correcta a seguir so pena de excomunión ideológica".

Curioso: los que durante tantas décadas han comulgado con el auténtico pensamiento único realmente existente (podéis leer marxismo o comunismo) se presentan ahora como campeones de la libertad y la democracia. Y, sorprendentemente, cuelgan la etiqueta de practicantes del pensamiento único a aquellos que se oponen a las dictaduras de pensamiento único que nuestros campeones de hoy legalizaban y legitimaban con su discurso progresista.

Las fobias de Ramonet

Quien desee vislumbrar el porvenir que nos tiene reservada la nueva izquierda que lidera Baltasar Garzón y que aspira a utilizar como carne de cañón a los indignados deberá leer la obra magna de su profeta, Ignacio Ramonet. Guerras del siglo XX es un inventario de desastres encaminado a apuntalar, con argumentos catastrofistas, la guerra contra el progreso, contra el desarrollo, contra Occidente, contra la ciencia, contra el liberalismo, contra las instituciones democráticas, contra la socialdemocracia, contra la partitocracia (¡ah, la palabra maldita!) y contra todos los componentes del sistema. Por tanto, es un manual doctrinario del antisistema y, dada su concepción maniqueísta, también es totalitario, porque si el sistema y quienes forman parte de él fueran tan perversos como él afirma que son, la sociedad pluralista y abierta se convertiría, desde su punto de vista, en la antesala del infierno, por lo cual, en bien de todos, habría que aniquilarla. Es el escenario que describen los dos libros que Ramonet aborrece: El pasado de una ilusión y El libro negro del comunismo.

Basta una lectura a vuelo de pájaro del libro de Ramonet para verificar sus fobias: a las tecnociencias (pág. 26); al progreso y el desarrollo (ib.); a los transgénicos (pág. 27); a la hipertecnología (pág. 34); al estancamiento de la izquierda traicionada por los socialdemócratas europeos (pág. 42); a la nueva derecha, que es... la socialdemocracia (pág. 44); a Estados Unidos, culpable de que le caiga encima todo tipo de agresiones (pág. 50 y siguientes); al maccarthismo, sambenito fraudulento utilizado para descalificar a quienes se defienden de enemigos muy concretos (pág. 55); a todos los países europeos, cuyas legislaciones defensivas Ramonet juzga represivas (pág. 64), a la nueva actitud de Moscú (pág. 72) y a la globalización, cuya sombra macabra se proyecta a lo largo de todo el libro.

Paranoia conspiranoide

En realidad, Ramonet sólo se fía de si mismo, de su séquito y de los foros sociales nacidos en Porto Alegre. Ni siquiera son fiables los verdes (pág. 149), fáciles presas de tentaciones belicistas. Y cae en las garras de la paranoia conspiranoide cuando afirma:

Los responsables políticos son incapaces de calibrar las amenazas que esta aceleración de las tecnociencias entraña para el porvenir de la humanidad. Una vez más, las decisiones capitales han sido tomadas por expertos no elegidos, que no han consultado a los ciudadanos y que, desde la sombra, han dictado las decisiones gubernamentales.

Ramonet no se da cuenta de que acaba de dar una definición perfecta de los movimientos sociales antisistema, que van desde Greenpeace hasta Attac, pasando por una multitud de oenegés de mayor o menor envergadura: "Expertos no elegidos, que no han consultado a los ciudadanos", y que valiéndose de su poder mediático presionan, no desde la sombra sino mediante el escándalo, sobre las decisiones gubernamentales.

El paradigma de la literatura conspiranoide canonizada por Ramonet lo encontramos en otro de los breviarios del movimiento antisistema: Informe Lugano, de Susan George. Esta ridícula parodia del libelo Los protocolos de los sabios de Sión parte de la hipótesis de que los malvados capitalistas descubren que para conservar el orden establecido y sus ganancias deberán conseguir que la población mundial se reduzca en dos mil millones de personas en los próximos veinte años. El informe desarrolla diferentes estrategias para "promover la mortandad": el fomento de enfermedades, guerras, etcétera, mediante procedimientos indetectables e invisibles. El modelo de Auschwitz, explica el informe, es lo contrario de lo que hace falta para lograr el objetivo.

Derroche de lujo capitalista

El economista José Luis Oller-Ariño reaccionó indignado al leer el panfleto (La Vanguardia, 8/8/2001):

No he podido encontrar en mi memoria registro de una insidia tan perversa y maléfica. Resulta que los defensores del orden liberal se verán abocados a superar, y a dejar como aprendices, a los grandes exterminadores de la historia: Lenin, Stalin, Hitler, Mao, Pol Pot. ¡Qué increíblemente astuta la inversión de perspectiva! Los crímenes en masa cometidos en nombre de la erradicación del capitalismo y la construcción de nuevos órdenes de democracia real van a quedar reducidos en nuestra imaginación a un mero experimento, a una nimiedad insignificante, comparados con los que van a tener que llevar a cabo los defensores del perverso sistema democrático-liberal actual (...) Los críticos de lo que con cinismo etiquetan pensamiento único pueden alegrarse: vuelven a ondear con vigor las banderas de quienes, actualizando desgastados y refutados argumentos antiliberales, pretenden otra vez movilizar corazones ingenuos y generosos para salvar el mundo.

Ya están aquí. Indignados. Democracia real ya. Nueva izquierda. A prepararse, chavales ingenuos y generosos, porque Ignacio Ramonet ha encontrado la fórmula para salvar el mundo. La revela en las páginas 29 y 30 de su libro: "Si aceptáramos vivir como los campesinos bengalíes, los recursos disponibles serían suficientes para entre dieciocho y veinte mil millones de seres humanos". Comparadas con esta perspectiva, las acampadas de la Puerta del Sol y Plaza Cataluña han sido un derroche de lujo capitalista. Afortunadamente, todavía sobreviven los partidos políticos, mejores o peores, para poner freno a los desafueros de estos náufragos del pasado.

Cuando termino de redactar este artículo, leo en La Vanguardia (9/7/2011): "Esperanza Aguirre pide un pacto PSOE-PP para recentralizar el Estado (...) Sin dogmatismos, con humildad –enumeró Aguirre las necesarias condiciones del diálogo–, sin apriorismos, buscando la concordia y con patriotismo". Iniciativas como esta consolidan la esperanza (y no es un juego de palabras) en el gobierno a través de los partidos políticos, en la partitocracia, en la democracia sin aditamentos tramposos.

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