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CRÓNICAS COSMOPOLITAS

Bardem y los tristes tópicos

Juan Antonio Bardem constituye el mejor ejemplo de lo que viene diciendo, desde hace años, nuestra genial amiga Julia Escobar: “Lo peor del franquismo fue el antifranquismo”. Se refería, se refiere, al mundo de las ideas, o al universo de su ausencia, a la vida de las artes y las letras, mucho más que al “contubernio de Munich”, el Gobierno de los López, la Junta democrática y demás anécdotas de nuestra vida nacional.

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Bardem realizó toda su obra bajo el franquismo, y únicamente porque existía la dictadura, y cuando dejó de existir el franquismo dejó de existir Bardem. Y si alguien piensa que no fue así, echemos cuentas: Esa pareja feliz, Bienvenido, Mister Marshall (con Berlanga), Cómicos, La muerte de un ciclista, Calle Mayor, y alguna más cuyo título no recuerdo, fueron películas producidas por los de Carbuchia, mafiosos franceses petaninistas, refugiados en España después de su derrota, o por el ex chofer-guardaespaldas de Fernández Cuesta, convertido en productor de cine, cuyo nombre no recuerdo, pero sí su mirada en cierta circunstancia que me decía: “Tú, ten cuidado, sé que vienes de fuera”. Pero no se trata de eso, se trata de que cuando algunos aficionados al cine de verdad nos atrevíamos a murmurar: “Si, bueno, no está del todo mal, pero comparado con...”. En realidad, pensando, vaya mierda ese plagio grosero de Antonioni, qué grotesca es su adaptación cursi de la obra de Arniches, los burócratas nos decían: “Tened en cuenta la tremenda censura franquista, que impide a Bardem, como a otros, desarrollar sus extraordinarias dotes creativas”. Pues murió Franco, murió la censura, y murió Bardem. Porque sólo vivía del cuento antifranquista, lo peor del franquismo.

Poco antes de su muerte, Bardem escribió un libro de memorias y pedí a un amigo madrileño que me lo enviara. Como no lo ha hecho —ignoro por qué motivo— sólo puedo referirme a lo que leí en la prensa. Por lo visto, hablando de Ricardo Muñoz Suay, escribe que Santiago Carrillo le dijo, estando solos, cara a cara, de hombre a hombre: “Ese se hubiera merecido aparecer una mañana en la cuneta”. Poético recuerdo de los famosos “paseos” de nuestra guerra civil. Es muy posible que Carrillo haya dicho eso, dijo, y sobre todo, hizo cosas peores, es un maestro de muertos en la cuneta, pero resulta que fui, hasta su muerte, buen amigo de Ricardo y él me enseñó en su casa de Barcelona la famosa Muntaner 535, que medio mundo conoció allá a finales de los 70, una carta manuscrita de Carrillo en la que éste le decía que un hombre como él, que había pasado tantos años en el “partido” y sacrificado tanto, no podía abandonarlo definitivamente por motivos tan nimios, y que el “partido” le necesitaba. Según me contó Ricardo, el portador de dicho mensaje, escrito en 1967, creo, y firmado sencillamente por Santiago, era López Salinas, pero Ricardo ya había superado tanto sus problemas personales con Uninci-PCE, como con sus fanatismos más o menos juveniles, y estaba de vuelta de aquello que aún sigue definiéndose como “comunismo”.

Eso no quita que el caso de Uninci sea bastante curioso. He aquí una productora de cine comunista en pleno franquismo, montada con dinero capitalista, el “peor”, el de los hermanos Dominguín, y dirigida, conflictivamente, por Ricardo, Bardem, Domingo Dominguín y, como comisario político, Federico Sánchez. Yo nunca supe nada de Uninci, salvo lo que me han contado, pero resulta que cuando el tonto de Haro Tecglen me trató de chivato en una de sus diarreas de El País, un grupo de amigos protestó, en una carta al director de ese diario, a la cual Haro Tecglen respondió declarando que yo había “chivatado” a Ricardo en el caso de Uninci. Lo cual es de aquelarre, por varios motivos. El primero, porque Ricardo era uno de los firmantes, y cualquiera puede imaginar que si yo hubiera actuado de manera comunista con él, Ricardo no hubiera tomado la iniciativa de esa carta de protesta ante los insultos de Haro Tecglen. Y además, cuando comenzaron los líos en Uninci, en torno a Viridiana de Buñuel, yo ya me había largado del PCE.

Ambiciones personales, odios (Bardem odiaba y envidiaba a Buñuel), poder, prestigio y dinero, y todo ello en torno a una mala película, Viridiana (que, además, había producido un mexicano, amigo y ya productor de Buñuel, en diversas ocasiones), se resolvieron a la soviética, como era de esperar, y no como un conflicto laboral normal, en el marco capitalista: los socios se separan, se despide con indemnizaciones, cosas así se ven todos los días. Pero no en ese caso, en el que se mezclaron odios personales, dinero cinematográfico —o sea, mucho— y “dirección política”. Se expulsó a Ricardo Muñoz Suay del PCE para mejor expulsarle de Uninci, sin indemnizaciones. Libre por entonces de toda atadura pecera ironicé sobre este asunto con Federico Sánchez, quien mintió, como siempre: “Uninci nada tiene que ver, y además Ricardo no está expulsado, sino apartado de la actividad militante. Te voy a decir la verdad, pero confidencialmente: le invitamos a Sotchi y, a su vuelta, la Policía, que, no sabemos cómo, pero se había enterado, le convocó y le interrogó, y Ricardo se asustó y cantó las cuarenta. La prudencia más elemental exige que le tengamos aislado mientras no sepamos qué consecuencias van a tener sus lamentables... confesiones”. Era pura mentira, porque si los Muñoz Suay estuvieron efectivamente en Sotchi, ningún policía español le interrogó a su vuelta a Madrid, donde vivía entonces. Ese turismo progre estaba bastante bien organizado y, por ejemplo, los visados soviéticos iban en hojas sueltas, para que no dejaran rastro.

¡Ay Sotchi! ¡Esa Riviera soviética, balneario de la nomenclatura comunista! Existen fotos y recuerdos escritos, quedan para siempre las barrigas, las tetas, los michelines de la flor y nata de los dirigentes internacionales del proletariado revolucionario, tomando el sol en las playas del mar Negro: los Thorez, los Togliatti, los Carrillo, los Leloup y Sánchez, bebiendo champán georgiano, peor que el catalán, gordos, eufóricos, satisfechos, ¡somos el porvenir del mundo! ¡Qué pena que no pasaran por allí y se los cepillaran los verdaderos proletarios furiosos supervivientes del gulag, qué pena que uno sea un adversario absoluto de la pena de muerte, y más aún del terrorismo, qué magnífico tableau de chasse hubieran hecho estos fofos dirigentes, liquidados por los suyos!

Dejémonos de sueños sangrientos y constatemos que esa porquería ha terminado, y eso es lo más importante. Por cierto, yo nunca estuve en Sotchi, no trepé suficientemente en la jerarquía, y mi paso por el PCE fue demasiado rápido. Ricardo estuvo 30 años. Y rompió, pese a todo. Seguro que Bardem estuvo en Sotchi, se lo merecía, tenía los michelines adecuados. Acaba de morir sin haber existido como cineasta. Como comunista, tal vez, pero el comunismo ha muerto. Las cosas que hemos leído con motivo de su defunción demuestran hasta qué punto el franquismo sigue vivo en ciertas mentes.


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