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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Boicot a Pekín

El deporte, el circo deportivo, y lo mismo da que el show trate de cristianos y leones o de once contra once, siempre ha sido miserablemente amigo del poder. Al menos desde Roma, donde, con un poco de pan y un mucho de espectáculo, emperadores y otras gentes de buen vivir podían seguir asesinándose o perdurando en el poder. La cosa no es del todo distinta en la China de hoy, aunque los atletas no vayan tanto a entretener a los chinos como a lavar la cara de su Gobierno ante Occidente.

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El siglo XX fue testigo de tres acontecimientos deportivos vergonzosos, y de uno inclasificable y aún poco estudiado. El primero de ellos fue la olimpiada de Berlín de 1936, un gran aparato montado a la mayor gloria del Partido Nacional Socialista y de su Führer. Ciertamente, la sede había sido elegida con anterioridad al ascenso de Hitler al poder (1933), pero sólo la famosa (y desastrosa) política del apaciguamiento permitió que a nadie se le ocurriera dar marcha atrás o, simplemente, no concurrir a los juegos. Los cien mil ocupantes del estadio en que se inició el evento cantaron el Deutschland über alles y lo terminaron con un estruendoso "Heil Hitler!". Se repartían panfletos antisemitas cuando apareció el portador de la antorcha, un ario puro de las juventudes nazis.
 
Estados Unidos envió su delegación, en la que se contaban no pocos atletas negros, lo cual irritaba muchísimo a los nazis, sobre todo cuando aquéllos ganaban en las competiciones. El más urticante de todos, sin duda, fue James Cleveland Owens, Jesse Owens, que ganó nada menos que cuatro medallas de oro (100 metros lisos, salto de longitud, 200 metros lisos y parte del equipo de relevos de 4 por 100 metros), una marca que no tuvo discusión hasta que la igualó Carl Lewis en 1984. Los mismos tipos que habían proferido unos días antes el estruendoso "Heil Hitler!" de apertura lo ovacionaron (con las masas, nunca se sabe).
 
A Owens no se le hubiese permitido vivir en Alemania desde 1935, en virtud de las leyes de ciudadanía germanas, pero en este caso se hizo la excepción y hasta se alojó en el mismo hotel que sus compatriotas blancos. "Cuando volví a mi país natal, después de todas las historias sobre Hitler, no pude viajar en la parte delantera del autobús. Volví a la puerta de atrás. No podía vivir donde quería. No fui invitado a estrechar la mano de Hitler, pero tampoco fui invitado a la Casa Blanca a dar la mano al Presidente", escribiría Owens en su autobiografía, publicada en 1970. Roosevelt estaba en campaña y no le convenía, frente a los estados del Sur, recibirlo con todos los honores. Sólo en 1976 Gerald Ford le concedió la Medalla Presidencial de la Libertad, y a título póstumo, en 1990, por obra del presidente Bush (Sr.), se le otorgaría la del Congreso.
 
Hitler, desde luego, no saludó a Owens. Y Leni Riefenstahl aprovechó para filmar la primera parte de Olympia (le segunda sería en 1938, con motivo del Festival de la Belleza). Para entonces ya había hecho su gran obra cinematográfica nazi, la trilogía de Nüremberg, cuya segunda entrega era la célebre El triunfo de la voluntad. En Olympia, por decirlo con delicadeza, Jesse Owens no tuvo el papel protagónico.
 
Uno de los terroristas palestinos que perpetraron la matanza de Múnich.El segundo acontecimiento oprobioso vinculado al deporte fue la irrupción, en 1972, esta vez en Múnich, de Setiembre Negro, la organización terrorista de ese tipo al que los noruegos, en brillante actuación, otorgaron el Premio Nobel de la Paz. Murieron once atletas israelíes, los ocho palestinos que los habían secuestrado y un oficial de la policía alemana. Los Juegos sólo se suspendieron por un día. El presidente del COI, Avery Brundage, en un acto en memoria de los muertos convocado al día siguiente, ante 80.000 espectadores y 3.000 atletas, no hizo referencia a las víctimas. Israel se retiró de la competencia, y Egipto lo hizo al día siguiente, por cuestiones de seguridad. Los demás, tan panchos, siguieron corriendo y saltando y nadando y todo eso que se hace en esos casos. El COI se negó a levantar un monumento a las víctimas, para "no incomodar a otros miembros de la comunidad olímpica" (sic).
 
El tercer acto miserable del deporte del siglo XX fue el campeonato mundial de fútbol celebrado en Argentina en 1978, cuando, bajo las juntas militares, desaparecía gente todos los días. La propaganda en contra fue impresionante en todo el mundo. Por entonces no había día en que no saliera en España una información sobre el espanto que se vivía en aquella parte del mundo, aunque ello no se reflejara en las secciones de deportes, que seguían informando sobre los preparativos, y después sobre el evento mismo, al margen de la realidad política (si cabe llamarla así).
 
Puedo contar dos cosas que me tocó vivir a ese respecto. La primera fue la visita de un miembro de mi familia, que pasó quince días en mi casa de Barcelona, viniendo de Buenos Aires. Durante esos quince días fue atosigado con recortes de prensa de toda Europa y con panfletos de decenas de fuerzas políticas opuestas a la dictadura, que ya no tenía más respaldo en el mundo que el de la extinta URSS. Volvió al país con lo que se podría considerar información privilegiada sobre muertos y desaparecidos, que ya sumaban unos cuantos miles. Pero cuando yo regresé a la Argentina por primera vez, ya durante el gobierno democrático de Raúl Alfonsín, ese mismo familiar me dijo que se había enterado de todo después de la caída de Galtieri, que hasta entonces no había sabido nada sobre los crímenes de la dictadura (y sigue hasta hoy sin haber considerado una sola vez los otros crímenes, que también los hubo, por parte de los grupos terroristas perfectamente representados en el Gobierno Kirchner-Kirchner).
 
Caricatura del general Videla, que detentó el poder en Argentina entre 1976 y 1981.La segunda fue el conjunto de la vida de los exiliados argentinos en Barcelona, que eran unos cuantos, muchos de ellos directamente afectados por la muerte o la desaparición de algún familiar. Por los días del campeonato parecieron olvidarse de todo, y cuando terminó con el triunfo de la selección argentina salieron a la calle a celebrarlo como si se hubiera tratado de un éxito propio y no de un éxito de la dictadura (posteriormente, ante la maniobra equivocada de Galtieri en Malvinas, que no lo llevó a perdurar sino que acabó con su Gobierno gracias a la superioridad militar británica, y a la corrupción reinante en el ejército y la nación, que llevó a los oficiales a robar las contribuciones en dinero, joyas y alimentos, destinadas a los soldados de las islas, esos mismos celebrantes del fútbol acudieron al consulado para ofrecerse como combatientes voluntarios).
 
El cuarto asunto, del que he dicho que es inclasificable y aún está poco estudiado, es el de las Olimpiadas Populares (u Obreras) de Barcelona 1936, convocadas por la Comintern en respuesta (se supone) a las Olimpiadas de Hitler. Lo cierto es que no pocos de los asistentes a esa competencia se quedaron en España, y fueron la base de lo que más tarde serían las Brigadas Internacionales. Desde luego, los juegos, cuyo inicio estaba programado para el 19 de julio de 1936, un día después del Alzamiento Nacional, no llegaron a celebrarse, pero conviene recordar aquí un editorial de Mundo Obrero de esos días, en el que se ve con claridad la cara política del deporte:
Lo importante es que el deporte continúa siendo una actividad cultural de minorías. Las enormes masas de explotados viven prácticamente alejadas de él. Todos los prejuicios, errores y falsedades que derivan de ciertas interpretaciones del deporte se han apoderado de buen número de países. El nacionalismo exacerbado, el chovinismo estúpido –al servicio de negociantes del "sport"– siguen desvirtuando las competiciones deportivas [...] El símbolo de la fortaleza soviética ha encarnado en la destreza física de sus mejores obreros. La URSS ha probado su enorme talla deportiva. El socialismo ha ennoblecido el deporte. Mejor aún: lo ha interpretado justamente, lo ha puesto al alcance de todos los trabajadores y de todos los deportistas auténticos. A los de España nos dirigimos nosotros. Frente a la decadencia inocultable de los países capitalistas se alza, no el deporte nuevo, sino el deporte único. Señalado el contraste, nos resta constatar la existencia de una voluntad juvenil –y deportiva– mundial, que va canalizándose progresivamente en torno a quienes sigan el rumbo del triunfo. En España, al comenzar nuestra labor diaria, ofrezcamos el esfuerzo propio y la mejor voluntad en servir a todos los jóvenes deportistas obreros y campesinos; en general, a todos los deportistas auténticos. Nuestra orientación y ayuda se complementará con el apoyo debido a los deportistas profesionales explotados por las grandes empresas y clubes.
 
Tres consignas: propaganda y apoyo cerca del deporte obrero organizado; atención a todas las manifestaciones deportivas de la juventud laboriosa; defensa de los explotados del deporte.
Ahora tenemos por delante las Olimpiadas de Pekín, o Beijing, o Bei Jing, según se le ocurra transliterar el escriba de turno, siempre olvidado de que cada lengua emplea, de acuerdo a sus modos de pronunciación, transliteraciones distintas. Se van a realizar en un país de esclavos que, como nación, ha entrado en el comercio internacional pero que, como pueblo, dista mucho del libre mercado interior y de sus consecuencias en libertad de tránsito, de expresión o de creación de empresas; la libre circulación de mercancías es imposible sin la libre circulación de personas y de ideas; y el desarrollo industrial es imposible sin libertad de empresa.
 
China se ha situado en el mundo como proveedor de basura barata y de mano de obra poco menos que gratuita y, por tanto, como consumidor de energía. Pero el interior es horroroso: sin duda, el totalitarismo superviviente más feroz, después del paso de Rusia a la democracia autoritaria y del lento pero seguro proceso de apertura en la Cuba posfidelista. Sólo algún país árabe se le puede aproximar. ¿Vamos a ir allí a legitimar semejante engendro político? Por supuesto que sí. El peroniZmo, encantado de confraternizar con los camaradas chinos de Ju Hintao (o Jintao). Y dicen, encima, que es un paso hacia la democracia. Todo lo contrario: es la prueba de que todo va bien como va. Sarkozy, una vez más en vanguardia, propone el boicot. Pero Chamberlain es sordo.
 
 
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