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EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA

Con los niños no se juega

Hace muchos años fui un gran aficionado a los relatos de terror. No sólo los leía, también los escribía. Sin embargo, ninguno de ellos me produjo escalofríos como los que experimenté al leer el libro La España raptada, del profesor Pedro Antonio Heras, donde se describe el lavado de cerebro a que son sometidos los niños en el País Vasco y Cataluña para convertirlos en autómatas desconectados de la realidad y cooptados por el secesionismo.

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Los experimentos de ingeniería social son más espeluznantes en la realidad que en la ficción. Aquí va un pasaje del libro de Heras:

El empeño nacionalista hace de la educación el campo donde concentran sus máximos esfuerzos. Saben que para sostener su visión han de falsificar, adulterar y mentir; pero no se sienten compelidos por las obligaciones ligadas a la razón, la veracidad y la honestidad intelectual. Consideran que la verdad no es necesaria, que sólo lo es la voluntad emocional de construir una nación y lograr la separación y la creación de un estado independiente. Con su mecanismo mental se pone de manifiesto la dificultad de hacer entrar en razón a unas personas que han llegado a unas conclusiones lejos de ésta. Hemos de tomarnos en serio sus mitos ridículos y fantásticos y, aunque nos parezcan incongruentes y absurdos, tenemos que conocer su ideología y su práctica para contrarrestar en la medida de lo posible su acción adoctrinadora, falsificadora y negadora de la realidad.

Un ministro sin agallas

La España raptada reúne en sus 277 páginas una lista abrumadora de los "mitos ridículos y fantásticos" que figuran en los textos de uso oficial en las comunidades donde los secesionistas controlan el sistema educativo, sin que haya noticias de que el ministerio correspondiente haga el menor conato de intervenir. El profesor Heras cita minuciosamente las tergiversaciones que aparecen en los numerosos textos que aborda, y desenmascara la magnitud de la operación proselitista. La manipulación abarca, por supuesto, la historia, sin descuidar la arqueología ni el folclore; la geografía, con todas sus connotaciones irredentistas (Iparralde, Países Catalanes); la literatura; la sociología; la filosofía; la lingüística; y la psicología, con especial énfasis en los componentes raciales –en el caso de los vascos– e identitarios –en el de los catalanes–. En esos textos, claro está, sólo se menciona a España para denigrarla.

Dato curioso, que agrego de mi propia cosecha: el entonces presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, dejó en segundo plano lo racional respecto de lo irracional cuando explicó que, para que los habitantes de Cataluña dotaran de "alma" (sic) al país, aprendieran a quererlo y se sintieran orgullosos de ello, no bastaba que hablaran y escribieran en catalán; había que fomentar la enseñanza de la historia y la geografía de Cataluña, así como el conocimiento "de las tradiciones, de las fiestas mayores, de los gigantes, de los flabiolaires, los grallers y los castellers, de la sardana, del teatro y, evidentemente, el Barça". Ello era "tan importante como saber escribir en catalán y sin faltas de ortografía"; porque él y otros como él escribían en catalán con faltas, "pero queremos al país porque lo hemos mamado" (La Vanguardia, 31/10/95).

El desamparo en que se encuentran los niños y los jóvenes ante esta ofensiva secesionista clama al cielo, y es doblemente grave cuando se complementa con la imposición de una lengua vehicular distinta de la materna, también oficial, en flagrante contradicción con lo que ha dispuesto el Poder Judicial. Precisamente, en dos sentencias que acaba de dictar, la Sala de lo Contencioso del Tribunal Supremo reitera su doctrina en el sentido de que los padres que lo deseen tienen derecho a reclamar el uso de la lengua castellana como vehicular, basándose para ello en su propia doctrina y en la sentencia que en junio del 2010 dio a conocer el Tribunal Constitucional respecto al Estatuto de Cataluña. El ministro Ángel Gabilondo, que se resigna a que lo ninguneen en el tema de la tercera hora de castellano en las escuelas catalanas, difícilmente tendrá agallas para hacer cumplir esta ya reiterada sentencia del Poder Judicial.

La corte del Faraón

La manipulación de los niños no se circunscribe, infortunadamente, a las comunidades autónomas con ínfulas secesionistas. Prueba de ello es el debate en torno de la asignatura Educación para la Ciudadanía. He leído las defensas que hicieron de ella José Antonio Marina y Fernando Savater, y me habría dejado convencer por sus argumentos impecablemente racionales si fueran ellos, u otros intelectuales tan ponderados como ellos, los encargados de impartirla. Pero seamos realistas: el ámbito donde se generó esta iniciativa no es el más apropiado para llevarla a buen puerto. La sociedad está contaminada por lo que he denominado belenestebanismo progre, un cóctel de estulticia y frivolidad que tiene por máximos exponentes a quienes deberían servir como modelos para la educación de los futuros ciudadanos. La inmensa mayoría de los jóvenes no tiene delante a José Antonio Marina y Fernando Savater, sino a José Luis Rodríguez Zapatero; a Leire Pajín; a Bibiana Aído; a Pedro Zerolo; a un responsable de educación como el inoperante Ángel Gabilondo, menospreciado por los figurones de las comunidades secesionistas; y todos ellos están rodeados por la corte del Faraón, donde sobresalen fóbicos incorregibles como Pedro Almodóvar o Almudena Grandes.

Este contraste entre los buenos propósitos y la cruda realidad imperante es lo que hace que el profesor Francesc de Carreras, después de rebatir los argumentos que algunos católicos esgrimen contra esta asignatura, plantee sus propias dudas razonadas, que comparto totalmente. "Las suspicacias están justificadas –escribió en su día De Carreras (v. La Vanguardia, 5/7/2007)–. El peligro de que los poderes públicos se interfieran en cuestiones del ámbito privado sobre las cuales deberían decidir libremente las personas individuales es hoy muy real". Y a continuación hacía hincapié reiteradamente en lo que es, a mi juicio, el elemento más peligroso de la iniciativa:

El contenido de las explicaciones es responsabilidad exclusiva de los profesores que las imparten (...) Otra cosa es cómo se impartirá, en la práctica, esta asignatura. Aquí los riegos son ciertos y su prevención complicada (...) ¿Ayudará esta asignatura a que los adolescentes actuales estén, en el futuro, mejor formados como ciudadanos que su padres? Dentro de unos años podrá comprobarse.

Aquí es donde me abrazo a la consigna que estampé en mi libro Por amor a Cataluña. Con el nacionalismo en la picota como antídoto contra los experimentos de ingeniería social impulsados por políticos secesionistas y gobernantes ineptos y frívolos: "Con los niños no se juega". Basta recordar, para justificar este aserto, el trágico destino que estuvo reservado a los millones de niños cuyos padres aplicaron las fórmulas de educación permisiva elaboradas por el doctor Benjamin Spock, famoso pediatra que tuvo la honestidad de abjurar de sus teorías cuando comprobó que sus resultados prácticos eran desastrosos.

Convocatoria a la deserción

La desconfianza que nos inspira a muchos ciudadanos la voluntad de algunos enseñantes para transmitir a sus alumnos, rigurosa y verazmente, los valores propios de la sociedad abierta es producto de experiencias no muy lejanas. En marzo de 1991, durante la primera guerra del Golfo, en la que España participaba bajo el gobierno socialista y con el aval de la ONU, varios colectivos de maestros se unieron para movilizar a sus alumnos, en las calles, a favor de una mítica paz. La Comisión por la Paz de Ustec (Sindicato de Trabajadores de la Enseñanza de Cataluña) proclamó:

Queremos decir que la intervención de los profesionales de la enseñanza en el aula es muy importante y que nuestras actitudes y valores siempre son fruto de una posición ideológica determinada, ya que lo que hacen las actitudes pasivas o que pretenden ser neutrales es dejar que la escuela sea una simple transmisora de los valores dominantes en la sociedad.

Simultáneamente, los comunistas presentaban en el Parlamento de Cataluña una proposición de ley para el fomento de la paz que instaba, en uno de sus cinco puntos, a nombrar una comisión que analizase "los contenidos de los libros de texto y de los programas audiovisuales especialmente destinados a los niños".

Corrían tiempos en que, en el mundo de la enseñanza y la cultura, sublevado contra la política bélica del gobierno socialista, se optaba por hacer todo lo contrario de lo que hoy consideraríamos educar a la ciudadanía en el respeto a las leyes y los valores de nuestra sociedad. El claustro de la Universidad Autónoma de Barcelona propuso, el 19 de febrero del 91, "el cese de todas las actividades bélicas, unilateralmente, si ello fuera necesario", y también la promoción de "los estudios relacionados con el mundo islámico contemporáneo". Se publicó, asimismo, un manifiesto en el que 225 intelectuales y artistas catalanes invitaban explícitamente a violar la ley. El texto, firmado, entre otros, por Joan Brossa, Montserrat Roig, Francesc Candel, Isabel-Clara Simó, Armand de Fluvià, Lluis Llach, Marina Rosell, Arcadi Oliveres y Quico Pi de la Serra, decía:

Convocamos a la deserción contra la guerra a todos los jóvenes que se encuentren en los cuarteles o barcos y nos mostramos solidarios con todas las formas de desobediencia a la guerra. Consecuentemente con esta convocatoria, ofrecemos todo nuestro apoyo a los desertores y represaliados por su desobediencia a la guerra.

Y por fin llegó la segunda guerra del Golfo, y a José Luis Rodríguez Zapatero, todavía jefe de la oposición, se le presentó la oportunidad de iniciar su labor pedagógica: llamó a la movilización contra la guerra en las calles, en los ayuntamientos... y en las escuelas. Realmente, calles y plazas se llenaron de niños que, azuzados por sus maestros, se convertían en protagonistas forzados de una maniobra política bastarda. Un director de escuela me confesó, en aquellos días, que prohibió la salida de los alumnos con el argumento de que si uno de ellos sufría un accidente en horario lectivo, la responsabilidad penal recaería sobre la autoridad que le permitió salir a la calle.

La cruzada de los niños

Un profesor de secundaria de la localidad de Segura de León (Badajoz) captó muy bien el significado del mensaje de Zapatero y se convirtió, sin saberlo, en un pionero de lo que los belenestebanistas progres entienden por educación para la ciudadanía. Este docente propuso a sus alumnos practicar análisis sintácticos con frases como "Aznar sueña con aplastar a los niños iraquíes conjuntamente con su amigo George" o "Los ejércitos aliados de algunos países ricos darán a la población civil iraquí un terrible escarmiento por su negativa a la obediencia". Esta manipulación perversa del público cautivo que forman los alumnos escandalizó incluso al entonces presidente de la Junta de Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra. Pero, no obstante sus tintes paródicos, revela los derroteros tortuosos por donde transitan las lealtades políticas de algunos personajes dotados de autoridad para el adoctrinamiento. Derroteros tortuosos que marchan paralelos a los de quienes hasta hoy disfrutan de unos niveles de autoridad muy superiores a los de este desquiciado profesor, no sobre un aula sino sobre todo un país.

Para colmo, todavía en marzo del 2011 unos pacifistas de opereta agrupados en la Federación de Padres de Alumnos de Cataluña, Justicia i Pau, las federaciones catalanas de ONG, el Centre Unesco de Catalunya y otras 36 entidades firmaron un manifiesto contra la presencia del Ministerio de Defensa en el Salón de la Enseñanza de Barcelona, cuando dicha presencia sólo tenía como finalidad ofrecer alternativas profesionales.

Se aplica al caso lo que escribió el profesor Fred Halliday en su artículo "La época de los tres basureros" (La Vanguardia, 28/1/2005):

El tercer basurero es el del movimiento de protesta global contemporáneo, en un considerable grado una cruzada de los niños convocada por demagogos intelectuales, soñadores y recalcitrantes manipuladores políticos, de las viejas y nuevas izquierdas, cuya pretensión a la superioridad moral y analítica enmascara, con demasiada frecuencia, un conjunto de tópicos no discutidos y a menudo reciclados procedentes del periodo de la guerra fría y, en realidad, de la ideología del mundo comunista.

Sí, una cruzada de los niños. Lo dicho: con los niños no se juega.

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