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SUCEDIÓ EN CANALETAS

La contenta barbarie

La celebración quedó empañada por la actitud incívica de unos pocos exaltados que nada tienen que ver con el Barça. La salmodia, incrustada en el libro de estilo de la tribu, abrochó una vez más las crónicas de los periodistas destacados en el frente de Canaletas. No hay en esa proposición un solo elemento que sea verdadero.

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Para empezar, designa con la palabra celebración lo que, en puridad, es una devastación. En segundo lugar, incívica no es más que un eufemismo cuya única pretensión es relativizar la animalada y, de ese modo, alimentar la percepción de que los hinchas que se arraciman en la fuente, las farolas y el tejado de los quioscos no hacen nada censurable. Se trata, en definitiva, de reblandecer las acciones de los brutos para que pasen inadvertidas las de los moderados. En tercer lugar, ni son unos pocos ni muestran más exaltación (un rasgo inequívocamente ennoblecedor) que la que distingue a un lanzador de jabalina. Por último, ni que decir tiene que, a bote pronto, comparten un solo atributo: el de ser barcelonistas. La mentira más obscena del estribillo, en efecto, es la afirmación de que entre esos pocos exaltados y el Barça no existe vínculo alguno. Máxime a la vista de las camisetas y el vocerío.

Entiendo, no obstante, que los cronistas locales entierren las pruebas bajo la palabrería. La mayoría es barcelonista, y la aproximación a la verdad terminaría por abrasarles. Abrasémonos todos:

Un total de 109 personas barcelonistas han sido detenid[o]s en Barcelona acusad[o]s de delitos de desórdenes públicos, lanzamiento de objetos, daños al mobiliario urbano y atentado a los agentes de la autoridad durante la celebración de la victoria del Barça en la Champions League.

Aun concediendo que sean personas antes que barcelonistas...

Al menos 100 personas han sido detenidas durante los disturbios, antes de la carga que dispersó a parte de los aficionados descontrolados barcelonistas que protagonizaban los incidentes.

... la disolución de los bárbaros en la masa revela una cierta sobreactuación:

Los agentes tuvieron que actuar contra  decenas de alborotadores barcelonistas  que, camuflados entre los cerca de 50.000 aficionados que se han dado cita en el corazón de Barcelona, les han lanzado botellas y todo tipo de objetos.

En el último caso, además, el uso del término camuflados confiere a las escenas una rara melancolía. No en vano, el saqueo que acometen los hinchas del Barça cada vez que su equipo gana un título presenta un camuflaje a tres bandas. Los primeros en camuflarse son los agentes de paisano de la policía autonómica, que, profesionales como son, visten la camiseta azulgrana, la única que no levanta sospechas entre los miembros de la cofradía. Asimismo, y al decir de los relatos convencionales, se camuflan los exaltados que nada tienen que ver con nada, en lo que constituye una operación retórica por la que el camuflador camufla a los camuflados. A nadie debe extrañar que las salvajadas de los hinchas queden impunes. Al cabo, y según la versión oficial, lo que acontece en las calles no es tanto un episodio de barbarie cuanto un simulacro tribal.

Dado que la verdad no franquea el umbral que separa las sombras de la luz, que los hechos permanecen en el ángulo ciego del espectador, tampoco habrá de sorprender que la directiva del F.C. Barcelona jamás haya rumiado unas palabras de disculpa para con los ciudadanos que, año tras año, sufren el vandalismo de los barcelonistas. De hecho, si convenimos en que los hinchas del Barça no son exactamente hinchas del Barça, no hay razón alguna para que los mandantes del club consideren la posibilidad de hacerse perdonar.

¿He dicho "ciudadanos"? ¿"Sufren", he dicho? Rewind. Otra de las características de la barbarie es que, en realidad, nadie la sufre. Una vez decretado el estado de felicidad, la calle no pertenece más que a los felices, por lo que, de algún modo, los daños no afectan por entero al ciudadano. Sobre todo, porque no hay ciudadanos. La diseminación de la felicidad trae consigo la suspensión temporal de la ciudadanía. El hecho de que la quiebra traumática de la convivencia tan sólo concierna al mobiliario (¡que tan pocos reparos pone a quien pretende cosificarlo!) explica, probablemente, la flagrante incomparecencia de las autoridades políticas (también barcelonistas, por cierto), que consienten por omisión que las barbaries se sucedan al ritmo que el Barça va renovando su patrocinio.

En su postrera irrealidad, la barbarie azulgrana es objeto del desprecio de la televisión. Los cámaras destacados en el frente retransmiten lo que acontece hasta el preciso instante en que lo que acontece son salpicaduras de sangre. Por lo general, y salvo por los planos de recurso sobre los que levita la salmodia, el relato audiovisual se interrumpe cuando el asfalto empieza a recalentarse. No es aventurado arriesgar que, si la retransmisión de la fiesta moderada fuera seguida de la retransmisión de la fiesta radical, hace ya algún tiempo que ambas habrían pasado a mejor vida.

Para desdicha de quienes no pertenecemos a la tribu, lo único que queda en pie cuando se restablece la realidad son los títulos. Eso y, en los últimos tiempos, un pintoresco decálogo que reza no sé qué de unos valores que, según los más aguerridos propagandistas de la causa, deberían enseñarse en las escuelas. Digo yo que por ir aligerando. Se trata, sin duda, de la broma final, con Winston Smith ya rendido al Gran Hermano. Ese instante en que los mismos tipos que han desollado la ciudad convencen al mundo de que encarnan la última esperanza.

 

http://www.albertdepaco.blogspot.com/

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