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ECONOMÍA

Cuidado con los agregados

La semana que viene el Instituto Juan de Mariana vivirá tres días de frenética actividad. El viernes 30 organizará, por la mañana, la Feria del Libro Liberal y, por noche, la ya tradicional Cena de la Libertad. El miércoles y el jueves, en la Universidad Rey Juan Carlos celebrará el III Congreso de Economía Austriaca, donde economistas de todas las partes de España expondrán sus más recientes aportaciones a la ciencia económica.

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Yo aportaré mi granito de arena al referido congreso con una ponencia en la que trataré de "La insuficiencia de los agregados monetarios para predecir el ciclo económico".

El punto de partida que se adopta para emplear este tipo de artilugios es erróneo: dado que la economía se divide en microeconomía y en macroeconomía, la primera debe emplear datos concretos e individuales, mientras que la segunda necesitará de datos globales y agregados.

Esta inmisericorde desmembración tiene poco sentido, salvo desde un punto de vista didáctico. Si en la microeconomía estudiamos a los agentes individuales y los efectos de sus decisiones, en la macroeconomía deberíamos centrarnos en las interrelaciones entre éstas. Así, la macroeconomía podría comprender los cambios en el sistema económico y social derivados de la acción descentralizada de los seres humanos. Las instituciones sociales espontáneas de Hayek encajan aquí como un guante: el derecho o el dinero deberían ser temas típicamente macros; también las conexiones que se establecen entre planes empresariales para conformar estructuras de producción que van más allá de corporaciones concretas.

Pero, como digo, esta distinción es meramente didáctica, análoga a la que podría establecerse entre economía monetaria y no monetaria, economía capitalista y economía socialista, economía bancarizada y desbancarizada, economía librecambista y autárquica... Dividimos la ciencia económica en función del objeto de estudio que queramos resaltar en un momento determinado, algo que debería ser muy distinto a decir que la realidad económica está dividida de igual forma.

Y sin embargo, la mayoría de los economistas considera que la micro y la macro son universos paralelos, en los que las leyes que rigen para una no son de aplicación para la otra. Los hay que se consideran expertos en microeconomía que admiten no saber casi nada de macroeconomía y –lo que es más grave– los hay que creen saber de macroeconomía siendo unos completos ignorantes de microeconomía. Siempre he creído que, como decía Mises, hemos de ser capaces de retrotraer cualquier fenómeno económico a la acción de algún o algunos seres humanos concretos: en caso contrario no estaríamos haciendo ciencia, sino tirando las cartas.

Precisamente lo que permiten los agregados en economía es crear un mundo virtual en el que todo ese instrumental es útil. Es decir, permiten hacer creer al público que el tahúr es un científico social. Pero no: detrás de los agregados sólo hay incapacidad para comprender los complejos fenómenos que subyacen a esas magnitudes.

Por ejemplo, tomemos el caso del IPC. ¿Para qué sirve el IPC? Suele decirse que para medir "el coste de la vida". Es posible, pero todo depende de si la cesta de bienes de consumo que promedia se acerca a nuestra cesta individual; en caso contrario, ese Índice de Precios de Consumo nos será más o menos ajeno. Pero los problemas del IPC no derivan de su concreta composición, sino de las relaciones que se pretenden establecer a partir de él. Así, por un lado se nos dice que un aumento del IPC provocará o vendrá provocado por un incremento de la "masa monetaria" o de la "velocidad de circulación" de todo el dinero; por otro, de la chistera del IPC también podemos sacar que aumentos en el mismo dan lugar a reducciones de la "demanda agregada".

"Masa monetaria" y "demanda agregada": nos topamos con dos agregados económicos más de incierta relevancia. Con el primero se quiere adicionar "todo el dinero en circulación" (en distintos índices que parecen una sopa de letras: M0, M1, M2, M3, M4...); claro que el problema es, ¿qué es dinero? Y aquí ya encontramos definiciones para todos los gustos y prejuicios: efectivo, depósitos a la vista, depósitos a plazo, operaciones repo a corto, saldos en los fondos monetarios... Instrumentos heterogéneos e interrelacionados que se pasan por la túrmix en aras de su agregación, sin que al final lleguemos a nada con demasiada utilidad. ¿Por qué, por ejemplo, el agregado M3 incluye el repo de los bancos comerciales pero descarta los de los bancos de inversión? ¿Por qué la M2 incluye los depósitos a plazo pero no los repos, cuando son instrumentos muy similares? Enigmas de unos chapuceros que se creen economistas, pero se agradecería que al menos no pretendieran establecer demasiadas relaciones causales entre cualquiera de esos agregados arbitrarios y el resto de la realidad. ¡Pero lo hacen, y encima se les escucha!

Lo mismo sucede con la demanda agregada. En puridad, demanda agregada es todo el gasto que se realiza en la economía, ya sea para consumir o para invertir. Pueden imaginarse las muy diversas relaciones económicas que se están metiendo a machamartillo en una magnitud como "demanda agregada"; de hecho, gran parte de todo el objeto de estudio de la economía se encuentra contenido en lo que sucede dentro de la demanda agregada. Y, sin embargo, no son estos fenómenos particulares lo que pretende explicar la macroeconomía ortodoxa, sino los cambios agregados a que da lugar esa cosa llamada "demanda agregada". Sería algo así como si un médico se negara a estudiar la concreta patología de cada enfermedad y buscara establecer relaciones entre "las enfermedades" y la salud del paciente: enfermedades poco graves le harán guardar cama y enfermedades muy graves lo llevarán a criar malvas.

No se ría, la macroeconomía ortodoxa es exactamente así. De hecho, recaiga en un detalle adicional: la única manera que tendría el médico para saber si una enfermedad es poco grave o muy grave sería estudiando la patología de cada enfermedad, pero si se niega a hacer eso sólo podrá saber si la enfermedad era poco grave o muy grave observando el perjuicio que le haya causado al paciente. Post hoc, ergo propter hoc.

Lo mismo sucede con los agregados económicos. Se nos dice que si la demanda agregada cae, la producción agregada también cae. Pero como los macroeconomistas ortodoxos se niegan a estudiar los fenómenos económicos concretos que dan lugar al hundimiento de la demanda agregada (si el excesivo endeudamiento a corto plazo de ciertos bancos comerciales, si el hundimiento de la demanda a crédito en las empresas y en concreto en las constructoras...), sólo nos quedamos en tautologías autoexplicativas: por ejemplo, la demanda agregada cae porque la gente tiene miedo y nadie invierte. ¿Realmente nadie invierte hoy? Podríamos buscar centenares de empresas que han incrementado su inversión en los últimos años o millares que no la han reducido significativamente. La diferencia está en que algunas otras –construcción, automovilísticas...– la han recortado un 60 o un 70%. La demanda agregada desprecia todos estos problemas sectoriales concretos: en el agregado de la economía da igual que la inversión caiga porque todos hayamos reducido ligeramente nuestro gasto a porque lo haya hecho un sector pequeño de manera salvaje. Pero no, no da igual.

Los agregados son problemáticos precisamente por eso. Lo importante en economía son las relaciones causales que se establecen entre precios concretos –el petróleo es relativamente más caro que el gas natural–, las variaciones sectoriales de demanda –la construcción se desploma, las biotecnologías repuntan–, el traslado de factores dentro y entre sectores, los circuitos concretos hacia los que fluye el crédito, el grado de endeudamiento de ciertos agentes... y no la media aritmética de esos precios, o la suma de la producción, de las demandas o del crédito, que no nos indica demasiado, y desde luego sería marciano considerarlo causa de nada.

El otro día Krugman reprochaba a los austriacos que rechazaran el concepto keynesiano de demanda agregada y que al mismo tiempo hablaran con soltura de gasto en consumo y de gasto en inversión. La crítica era ridícula, porque los austriacos no niegan que un economista, desde su laboratorio y en su tabla de Excel, pueda sumar todo el gasto anual que se produce en la economía. Lo que niegan es que esa demanda agregada sea determinante de nada en el sistema económico. Los determinantes son el gasto concreto en equipos de construcción, en refinerías, en serrerías, en cementeras, en peluquerías, en publicidad... (y, a su vez, este gasto no surge de la nada, sino, como bien sabía Say, de la producción pasada). No es irrelevante que aumentemos el gasto en construcción o en refinerías con tal de relanzar la "demanda agregada": si gastamos más en pisos tendremos más pisos y si gastamos más en refinerías tendremos más refinerías. La demanda agregada, insisto, no causa nada; lo causa las demandas de empresarios particulares, y por esto toda la defensa keynesiana de los planes de estímulo es absurda: no, no necesitamos más piscinas ni aceras nuevas; el problema de España es otro, y no se resuelve aumentando la demanda de los sectores en crisis ni de bienes de nula utilidad.

Los agregados no sólo impiden pensar y comprender qué sucede en la economía, también dan pie a observar la sociedad con los ojos de un ingeniero. Los empresarios no toman decisiones sobre agregados, sino sobre elementos particulares; nadie maneja los agregados, y eso lleva a quien no haya interiorizado la máxima fergusoniana de que "las instituciones son obra de la acción humana pero no del diseño humano" a tratar de dirigir esa "economía agregada". Por eso a los planificadores y a su camarilla de pseudoeconomistas les encanta manejarse con agregados: una herramienta sencillona que les permite tomar el control de la vida de los demás con aires cientifistas. Los agregados, más que instrumentos para economistas, degeneran siempre en armas arrojadizas para políticos.
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