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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

De Hanoi a Jihad Jane

De Hanoi a Jihad Jane, pasando por Patty Hearst y el Che Guevara. O de cómo se reelabora el cansancio de los pudientes en un par de siglos de lucha obrera sin dirigentes obreros armados.

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Porque de eso se trata: los que toman las armas o las bombas para seguir el camino de la guerra popular prolongada suelen ser los hijos de la burguesía, alta o media. El más notorio en nuestra época ha sido Ernesto Guevara Lynch de la Serna: a cualquier argentino medianamente bien informado esos apellidos le suenan como a un español le suenan los del ducado de Alba. Si se sigue el árbol familiar, están relacionados de modo más o menos directo con toda la clase dirigente tradicional del país, los patricios, que ya eran los ricos antes de la independencia.

Hanoi Jane fue el apodo que algunos periodistas americanos dieron a Jane Fonda en la época en que viajaba a Vietnam para hacer propaganda contra la guerra, es decir, desempeñaba el papel opuesto al de los artistas populares que hacían giras para animar a los soldados en el frente. No fue una terrorista armada, pero apoyó a cuanto aventurero de la izquierda apareciera en el mapa, incluidos los psicópatas del Black Power. Patty Hearst, nieta del magnate de la prensa Randolph Hearst, acerca de cuya adhesión al Frente Simbionés de Liberación se tejieron miles de interpretaciones, pagó por su breve carrera de atracadora de bancos con un par de años de prisión gracias a la intervención del presidente Carter y por ser quien era.

La cuestión del origen social de los revolucionarios no es nueva: viene del XIX, siglo en el que destacan Federico Engels, heredero textil, y el príncipe Bakunin. En la lista de aliados suicidas del terror –que apunta a la destrucción de la clase a la que pertenecen en origen– figuran no sólo otros niños bien, sino antiguos comerciantes, como el librero Mario Roberto Santucho, fundador y máximo dirigente del ERP argentino, profesores universitarios y hasta sacerdotes.

Ahora ha aparecido en los Estados Unidos una nueva categoría de militantes del terror islámico, compuesta por americanas rubias, de ojos claros, que hacen jogging con zapatillas de marca. Y que están profundamente aburridas de su vida. Jerrold Post, autor de La mentalidad del terrorista y director del programa de psicología política de la George Washington University, dice que se trata de una de nuestras pesadillas "hecha realidad", y el fiscal Michael Levy afirma que se acabó aquello de sospechar de alguien "sólo por su apariencia", según informa Silvia Pisani en La Nación de Buenos Aires, en un artículo del que procede la mayor de la información de esta nota.

Jihad Jane es el seudónimo adoptado por Colleen LaRose, vecina de Pennsylvania, una señora de 46 años que poco antes de lanzarse a la militancia escribió en Facebook que estaba "aburrida hasta perder el sentido". Esta señora acaba de ser procesada por reclutar terroristas y por planificar el asesinato de Lars Vilks, un sueco que tuvo la mala idea de caricaturizar a Mahoma y a quien uno imagina perseguido por un moro con alfanje pero no por un ama de casa bostezante.

Esta señora no está sola. La acompaña en el plan de asesinato de Lars Vilks Jamie Paulin-Ramírez, que sólo tiene 31 años, católica, de ojos azules, vecina de una pequeña ciudad de Colorado, distante de Pennsylvania casi 4.000 kilómetros. Hace seis meses se marchó de su casa, con su hijo de seis años, para casarse, según dijo, con un argelino al que había conocido por internet. Tres meses más tarde fue detenida en Irlanda por terrorismo.

Lo único que estas dos mujeres tienen en común es una serie constante de fracasos amorosos. Pero, como dice John Lo Santo, de la escuela de psicología de la Universidad de Minnesota, en un auténtico alarde de frivolidad, "eso no es nada que hoy no pueda arreglarse con una ocupación atractiva, un hobby, un amigo, un amante o un poco de prozac". Y añade algo cierto: "... no hay razón para que este tipo de vida explique necesariamente abrazar la causa islámica". En realidad, no hay nada que lo explique, fuera de una educación de fanático (del latín fanum: templo; para el caso, mezquita o madraza) en un medio más o menos propicio, desde los territorios talibanes hasta el gueto –voluntario– londinense, o una psicopatía profunda de suicida malvado que quiere marcharse llevándose a unos cuantos por delante. Porque existen las dos cosas: las psicopatías o sociopatías, y el mal. Le Carré, en La chica del tambor, optó por la explicación del amor destructivo, pero eso ya no alcanza.

Guevara fue educado por una madre fanática. Fidel Castro, maestro de terroristas e impulsor de la doctrina, viene de una familia lo bastante conflictiva como para que cualquier cubano sepa que Raúl sólo es hermano suyo por parte de madre, aunque el viejo Castro haya firmado la inscripción en el registro civil, y para que el hombre sea un consumado antisemita por obra de esa señora, hija del sefardí Ruz.

Jane Fonda odiaba a su padre tanto como Angelina Jolie odia al suyo, pero uno puede escoger entre apoyar a Ho Chi Mihn o casarse con Brad Pitt.

Yo creo que estas individuas –hasta ahora: pronto aparecerán hombres en el mismo empeño– son lo que Cooper llamaba "el loco de la familia": el miembro de la familia que asume, encarna y representa la locura del grupo. Hay locos colectivos que asumen, encarnan y representan la enfermedad mental de amplios colectivos, que no sólo no se avergüenzan de su delirio, sino que, al exponerlo, seducen: Mussolini, Hitler o Perón. Stalin no funcionaba de esa manera: no seducía a nadie. Y lo cierto es que nuestra sociedad, con bajas tasas de natalidad y sometida a una propaganda constante y masiva de sus propios enemigos, es una sociedad suicida.

El mero hecho de que los cristianísimos Estados Unidos de América elijan como presidente a un descendiente de musulmanes es en sí mismo un síntoma. Y más aún cuando éste cuenta con el apoyo de un establishment de composición indefinible –¿cuántas empresas americanas son en verdad americanas, y no chinas o árabes?: Richard Gere, que no es un occidentalista tipo y se ha convertido al budismo, decía hace poco que su mayor temor es la presencia china en el capital americano–. Los cimientos de nuestra cultura llevan cerca de cien años –cabría decir que desde 1914– resquebrajándose. Tal como está la cosa, no es necesario ser Edward Said para dar el empujón final: basta un ama de casa aburrida de Pennsylvania.


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