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LAS CAUSAS DEL TERRORISMO

El terrorismo etarra

Ya que el señor Rodríguez, los señores Javier Marías, Ramoneda y bastantes más parecen muy intrigados con las causas del terrorismo, e insisten plausiblemente en la necesidad de conocerlas para tratar el mal, voy a ver si puedo serles de alguna utilidad, por mi experiencia y por experiencias ajenas.

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Podemos empezar por un caso concreto, el que más afecta o ha venido afectando a España desde hace treinta años: el terrorismo nacionalista vasco. Ante todo debe descartarse el factor pobreza, que algunos tienden a poner en primer plano: las provincias Vascongadas estaban bajo el franquismo entre las más ricas de España, y al final de aquel régimen eran las de mayor renta per capita. Pero observemos cómo explicaban las causas los propios etarras en sus órganos de propaganda y formación de militantes por los años 60 (un problema de Rodríguez, Marías y demás es que no suelen prestar atención a lo que explican abundantemente los propios terroristas)
 
 "Con ocasión del verano, toda Euskadi se engalana para recibir a los turistas; en algunas zonas no sólo se engalana, sino que se vuelca materialmente para entretenerles y divertirles. En vez de recibir a pedradas y a tiros a los extranjeros que frivolizan ante un pueblo que agoniza (…) ¡Qué triste espectáculo el que da Euskadi en verano! Por doquier "folklore vasco" (…) ¡¡¡Mientras tanto el país desaparece y se consuma con alegría incomprensible nuestro propio genocidio!!! He aquí a nuestro pueblo: mientras se le asesina, sonríe y agasaja".
 
Un pueblo extraño, en efecto, de ser así las cosas. Pero retengamos ahora este hecho: lejos de sentirse oprimidos y sometidos a genocidio, los vascos (y en general los españoles, si nos molestamos en recordar) mostraban una curiosa alegría y vitalidad. En fin, no entendían que estaban agonizando como pueblo, y por eso los etarras se propusieron aclararles las ideas. He aquí una causa aparentemente precisa.
 
Podían haber elegido muchas vías para su aclaratoria empresa, pero pronto se les ocurrió que la manera más rápida y eficaz sería la violencia. ¿Por qué? En parte porque en aquellos años triunfaban la revolución castrista y la guerrilla argelina, y pensaron –y escribieron– que bien podría imitarse algo así en las Vascongadas. No obstante muchos analistas de los propensos a hablar de la pobreza como explicación de todo, al no poder hacer lo mismo en este caso, aluden a la represión: la ETA recurrió al terrorismo porque el franquismo no le dejaba otra salida. Esta explicación tiene varios puntos débiles. No sólo en los años sesenta se permitía discrepar ampliamente de las doctrinas tradicionales del régimen, lo demuestra la prensa de la época, sino que muchos partidos también clandestinos procuraron evitar la violencia.
 
Rueda de prensa de los encapuchadosPero además sabemos perfectamente que la ETA no luchaba contra la represión, y ella misma ha explicado reiteradamente que no era antifranquista, sino antiespañola. En realidad, los nacionalistas vascos habían recibido bastante mejor trato de la policía de Franco que la izquierda, lo cual se explica porque durante la guerra el PNV, aunque alineado en el bando contrario, no dejó de prestar a los nacionales servicios tan inestimables como la entrega de la industria vizcaína intacta o la traición a las tropas izquierdistas en Santander. De hecho, el mayor problema para los etarras, como explica uno de sus fundadores, J. Madariaga, era precisamente la falta de resistencia nacionalista, y por tanto la escasa represión. Él justificaba así la violencia:
 
"Cuando una masa de quinientos vascos sea capaz de manifestarse pública y silenciosamente por las calles (…) callaré. Pero mientras sólo sean un puñado de patriotas los que tengan que hacer todo lo que se hace…"
 
Recurrían a la violencia, pues, porque la gente no se oponía al régimen, y por eso los terroristas se consideraban "víctimas de un horrible pecado colectivo de su propio pueblo".
 
Para cambiar tan deplorable realidad, los etarras diseñaron la célebre estrategia de la "acción-represión- acción" (aunque no es invento suyo), que ellos mismos explican así:
 
"Una minoría organizada asesta golpes materiales y psicológicos a la organización del Estado, haciendo que éste se vea obligado a responder y reprimir violentamente la agresión (…) La minoría organizada consigue eludir la represión y hacer que ésta caiga sobre las masas populares. Finalmente (…) dicha minoría consigue que en lugar de pánico surja la rebeldía de la población".
 
No puede estar más claro. En otras palabras, se trataba de emplear la provocación sistemática. Ellos no luchaban contra la represión, sino que la fomentaban con acciones terroristas, como un medio de "aclarar" las ideas a la gente y forzarla a "moverse". Y, por cierto, iban a tener un gran éxito en la empresa, aunque en ese éxito intervinieran factores, como veremos en otro artículo.
 
Aquí llegados, observemos que eso de "asistir con alegría al propio genocidio", aunque sumamente improbable, no es del todo imposible: la cultura vasca estaba siendo aplastada, agonizaba, venían a decir los etarras, en medio de una euforia de los agonizantes equiparable a la provocada por estupefacientes o alcohol. Esta sería la verdadera causa de su enfurecida reacción y, siendo así, todo parece más razonable. No pocas veces ha ocurrido en la historia que por un valor superior algunas personas se hayan enfrentado con violencia al ambiente.
 
Pero tampoco. Ni el pueblo ni la cultura vasca agonizaban en los años 60. Por el contrario, al abrigo de la liberalización relativa del régimen la cultura vasca vivía un considerable auge, tanto en vascuence como en castellano. Podemos prescindir de la cultura de expresión castellana –aunque sea la parte más sustancial de la cultura vasca– porque los nacionalistas sólo admiten la parte eusquérica (y no toda, ni mucho menos). Pero también ésta florecía por entonces en una literatura estimable, en diversas artes, en la actividad de la Academia Vasca para unificar el idioma (el tan discutido batúa), en el renovado interés de mucha gente por el estudio del vascuence, en la recuperación del folclore fomentada por las autoridades, etc. Sin embargo esa relativa pero esperanzadora expansión cultural, tan alejada de una supuesta agonía, no satisfacía a los etarras ¿Por qué? No porque la encontrasen insuficiente en cantidad o en calidad, sino porque no le veían bastante contenido nacionalista. De ahí su ira.
 
Por lo tanto, la razón de la rebeldía etarra no estaba en la pobreza, ni en la represión ni en el hundimiento de la cultura vasca. Todas esas cosas nunca pasaron de argucias o pretextos. Era el nacionalismo el que agonizaba y el que ellos querían resucitar a toda costa, sin reparar en el uso de la provocación, el asesinato o la denuncia exaltada de un imaginario genocidio. O de unos salarios de hambre no menos inexistentes, pues la ETA encontró en el marxismo otra poderosa fuente de inspiración. Eso lo examinaré brevemente en otro artículo. Baste decir ahora algo sobre el nacionalismo vasco.
 
Sin entrar en disquisiciones históricas, es evidente que los vascos al sur de los Pirineos se han sentido tradicionalmente españoles (basta leer a Sabino Arana para comprobar hasta qué punto era así), que han estado presentes en todas las etapas y acciones históricas de España, que ha habido una intensa mezcla demográfica entre vascos y gentes de otras regiones, que la cultura vasca se ha expresado de forma muy predominante en el idioma común español, y que éste es el idioma materno de la mayoría de los vascos. Tanto en su vertiente propiamente autóctona como en su vertiente castellana, la cultura y el pueblo vasco han sido y siguen siendo españoles.
 
Ahora bien, estos hechos indudables no tienen por qué gustar a todo el mundo. Desde luego a los nacionalistas –con todo derecho– les molestan profundamente y aspiran a cambiarlos de forma drástica. El problema nace de que, para lograr sus fines, es decir, para extirpar la herencia vasco-castellana por una parte, y por otra para condicionar y reinterpretar la parte eusquérica en un sentido antiespañol, no tienen más remedio que ejercer una brutal presión ideológica, moral y física sobre la sociedad vasca, desde el poder y desde la calle, por la propaganda, la coacción, la intimidación y la violencia directa. Una actitud que en su desarrollo tiende a destruir la democracia –como en buena medida ha logrado ya– o a la guerra civil.
 
Tales actitudes nacen a su vez de la pretensión totalitaria y excluyente, común a la ETA y al PNV, de representar de manera privilegiada a los vascos, cuando no de constituir la esencia o encarnación misma de "lo vasco". Así, encontramos que una causa fundamental del terrorismo etarra nace, precisamente, del tipo de nacionalismo creado por Sabino Arana. Si el presidente Rodríguez y otros intelectuales ignoran los rasgos de ese nacionalismo, sólo puedo aconsejarles que los lean y mediten un poco: les ayudará a comprender muchas cosas
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