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DESDE GEORGETOWN

En memoria de Johnny Ramone

El pasado 22 de septiembre falleció a consecuencia de un cáncer de próstata Johnny Ramone, uno de líderes de la banda The Ramones, en español (y pronunciado como tal) los Ramones. Hace pocos días se estrenó aquí, en Washington, un documental sobre el grupo titulado The End of the Century, que es también el título de una de sus canciones más famosas, así como de un célebre disco del grupo.

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Los Ramones fueron uno de los grandes símbolos de rebeldía de finales de los setenta. Algunos éramos muy jóvenes y no nos sentíamos del todo identificados con la música que se llevaba por entonces. Era una música cansina, derivaba hacia el experimentalismo vanguardista autocomplaciente y estaba inspirada por el buenrrollismo nutrido del consumo constante de hachís. Recuerdo perfectamente haber escuchado las primeras canciones de los Ramones, y casi inmediatamente después las de Blondie, como si de pronto alguien hubieran abierto un ventanal en una habitación llena del decadente aroma de la marihuana y entrara en tromba un vendaval de alegría, de ganas de vivir y de rebeldía juvenil intacta.
 
Los Ramones, que luego fueron calificados de grupo de punk rock, no tenían el aire un poco viciado que a veces tenían los grupos punk ingleses. En el fondo compartían la misma inocencia, pero también eran energía pura, canciones tocadas cada vez más deprisa, letras que se resumían en un estribillo machacón y absorbente. Tocaron en Madrid, en un concierto maravilloso, en lo que entonces era la plaza de toros de Vista Alegre. Y siguieron tocando las mismas canciones durante muchos años. Dieron en total 2.263 conciertos, hasta que pararon en 1996. Daban conciertos, decía Johnny Ramone, porque eso era lo que sabían hacer, porque ese era su trabajo. Nunca tuvieron un gran éxito ni alcanzaron las listas de superventas. Los conciertos eran imprescindibles para salir adelante y no caer en el olvido.
 
En el fascinante documental que se ha estrenado aquí, en el cine más improbable y quizá el más simbólico del mundo, justo enfrente de la sede central del FBI, se puede ver uno de los grandes momentos de la carrera de Johnny Ramone. Cuando por fin les llegó el reconocimiento después de muchos años de trabajo, les invitaron al Rock and Roll Hall of Fame. En el turno de los agradecimientos, Johnny Ramone se limitó a decir ante el micrófono: "Dios bendiga al Presidente Bush y Dios bendiga a América".
 
Cartel de Los Ramones con su líder en primer planoCuando yo era joven y escuchaba a los Ramones, no tenía ni la más remota idea que aquel tipo desgarbado, que tocaba la guitarra con una velocidad endemoniada pero con increíble frialdad, sin perder nunca el control, era un hombre de derechas. Lo fue desde muy joven, antes de convertirse en Johnny Ramone. Entonces todavía era John Cummings y vivía en el barrio neoyorquino de Queens, hijo único de una familia de obreros católicos de ascendencia irlandesa. Según ha contado él mismo, empezó a sentirse republicano cuando se dio cuenta, durante la campaña electoral que enfrentó a Nixon y a Kennedy, que todos sus vecinos manifestaban su intención de votar a Kennedy porque tenía buena pinta y parecía simpático. A Johnny Cummings aquello no le resultó serio.
 
El republicanismo de Johnny Ramone parece, desde un cierto punto de vista, una provocación estética. No lo era. Johnny Ramone estaba convencido de que los republicanos defendían la libertad mejor que los demócratas, y que las familias de pocos medios, como la suya, tenían más oportunidades de salir adelante con un gobierno que respetara la libertad de la gente y en la medida de lo posible la resguardara de las siempre excelentes intenciones de los intervencionistas.
 
Nunca dejó de manifestar sus opiniones políticas. En 1979, un crítico de música le dijo que no podía creer que Johnny Ramone pensara seriamente en votar a Reagan. Johnny Ramone le contestó que le enseñara su carné de comunista. Siempre que lo veía luego, se lo volvía a pedir. Más adelante diría que Reagan fue el presidente más importante de su vida, una intuición histórica certera.
 
Si alguien se quejaba de los impuestos que pagaba, Johnny Ramone le decía que votara al partido republicano y que donara a los republicanos un poco del dinero que dejaría de pagar. Y cuando alguno de sus colegas se ponía a dar lecciones de progresismo desde el escenario, como suele ser corriente en el ambiente de la música rock, Johnny Ramone le decía, firme y cortésmente, que no se debía adoctrinar al público.
 
Él mismo tuvo que cantar una canción anti Reagan incluida en el repertorio del grupo porque, como solía decir, vivía en una democracia y él, a pesar de ser la base de los Ramones, aceptaba que estaba en minoría. No sé de ningún artista progresista que haya hecho nunca nada parecido.
 
El fallecimiento de Johnny Ramone se produjo algunos meses después del de su admirado Reagan, y pocos días antes de la apertura de la campaña electoral presidencial norteamericana. Resulta un poco angustioso ver cómo quienes mantuvieron el tipo durante los años duros, quienes renovaron la idea de la libertad y la expresaron de forma tan convincente, tan natural, tan sugestiva, se vayan ahora, cuando tanta falta hacen. Pero probablemente son estas aprensiones de alguien como yo, que empieza a sentir nostalgia de la juventud y asiste un poco perplejo al nacimiento de un mundo que al parecer no quiere ni necesita la libertad después de haberla rozado con los dedos.
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