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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

La economía sumergida

Mis lectores son conscientes de que nada sé de economía, cosa probablemente imperdonable en un liberal que se precie. Empiezo por ahí porque lo que me propongo es exponer mi desconcierto, que quizá no fuese tal si se me alcanzaran algunos secretos de esa candidata a ciencia tan afectada por el principio de incertidumbre de Heisenberg: demasiados observadores para que las partículas actúen como es de esperar.

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Mi desconcierto se inicia en un programa de televisión, no sé de qué cadena, aunque puedo precisar que lo hace Gloria Serra y va de periodismo de investigación. El día en que lo vi se ocupaban de la economía sumergida. Contaban que en Yecla, Murcia, hay cuatro mil parados oficiales pero que en realidad trabajan dos mil de ellos, en negro, en sus casas, cosiendo tapicerías para una fábrica de muebles. En condiciones dickensianas, muy parecidas a las que describe Roberto Saviano en Gomorra tal como se dan en el entorno de Nápoles. Explotación mafiosa en el caso italiano, para igualar las condiciones de producción a las de la economía de plantación industrial china. Y menos mafiosa pero igualmente culpable en el caso español.

La verdad es que desde que leí el libro de Saviano tengo claro que el futuro del capitalismo es su pasado en términos de regresión a condiciones laborales que se imaginaban superadas. Pero también sé que los chinos, que desarreglaron el asunto, lo van a arreglar porque, tarde o temprano, ellos también querrán coche, nespresso y marlboro, viajes en AVE y paellas, puesto que conocen el arroz. Tampoco le harán ascos a un vinito, digo yo. Y más vale que no se pudran del todo, porque si no habrá países dedicados a producir únicamente opio.

No es la miseria que viene lo que me preocupa. Lo que me preocupa es el tono crítico de la periodista en cuestión y de unos cuantos amigos con los que hablé del tema. Todos indignados por esa gente que trabaja en lo que puede y no sólo se mantiene sino que contribuye a mantener viva una industria del mueble que, pasada la fiebre del ladrillo, agoniza. El problema es que ni los fabricantes de muebles ni sus trabajadores en régimen de home labour, como en el capitalismo primitivo, ninguno de ellos paga impuestos por esa parte del negocio. Por supuesto que, a mueble vendido, impuesto a la vista. IVA o lo que toque, incluido el IRPF de los empleados de la tienda, los montadores y los transportistas. Si no se hace esa parte del trabajo en la forma en que se hace, es probable que la fábrica tenga que cerrar y todo eso, empleados, tienda, impuestos, etc., se pierda.

Hace unos cuantos años, me acuerdo bien, yo estaba en Londres, la oposición le planteó a Margaret Thatcher el problema de la economía sumergida, este mismo de ahora. Y la señora respondió que, a su modo de ver, la economía sumergida era una prueba del espíritu de empresa del pueblo británico y que tarde o temprano emergía. Yo creo firmemente que la economía sumergida es una prueba del espíritu de empresa del pueblo español y que tarde o temprano emergerá. Más temprano que tarde, porque si existe es porque sus productos tienen demanda.

Por supuesto que está mal evadir impuestos, sobre todo en estos momentos en que el Estado, el ogro filantrópico, tiene más hambre que nunca, porque los que llevaban el timón se han comido hasta las sobras del banquete antes de desembarcar. Pero peor sería que nadie hiciera nada. Y me da un poco de vergüenza eso de que haya que trabajar a escondidas. Mi abuela diría: ¿prefieren que salga a robar?

 

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