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LA DEFENSA DE LA UTOPÍA

La fascinación del marxismo

¿Por qué ha ejercido el marxismo tal influencia intelectual y política en el mundo, y la sigue ejerciendo en diversas formas? Creo que, al margen de los sentimientos de avidez de poder y rencor social que fomenta, hay tres causas fundamentales.

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Para empezar, dicha doctrina ofrecía una aparente explicación de carácter científico para todos los problemas humanos. No se presentaba como una doctrina utópica más, basada en buenos deseos fáciles, sino como la aclaración del sentido de la historia a través de la lucha de clases, entre los explotadores y los explotados. El capitalismo vendría a ser la culminación de las sociedades de clases, un sistema capaz de un inmenso desarrollo de las fuerzas productivas, pero incapaz de distribuir los frutos de su producción. El marxismo examinaba el sistema burgués y predecía su evolución necesaria: el capital, explotador de la gran mayoría, creaba sus propios sepultureros, pues las masas proletarizadas, sometidas a condiciones de vida cada vez peores, terminaría rebelándose. El proletariado, guiado por la teoría científica, se emanciparía y emanciparía a la humanidad entera, abriendo paso a una etapa superior de la historia.

La potencia explicativa de la teoría de la lucha de clases atrajo a miles de intelectuales, y conquistó en buena medida las ciencias sociales en las universidades de Occidente. Su influencia persiste hoy, pues aquellos profesores, aunque sorprendidos y deprimidos por la caída del muro de Berlín, no acaban de entender lo ocurrido, y siguen inmersos en las mismas formas de pensamiento y análisis, e influyendo en la juventud.

Sin embargo, la pretensión científica del marxismo había sido concienzudamente refutada ya a finales del siglo XIX, en especial por Böhm Bawerk, que demostró el absurdo de la teoría de la explotación de Marx, apoyada en una idea falsa del valor, base del no menos falso concepto de plusvalía. Pese a lo cual, el marxismo prosiguió su carrera triunfal en el siglo XX, en el cual dejó su profunda marca de sangre y fuego.

Por consiguiente, el atractivo de tal doctrina no se explica sólo por la ilusión de su carácter científico, sino, ante todo, por otra ilusión complementaria: la de una nueva sociedad, igualitaria y repleta de bienes, donde el ser humano alcanzaría el pleno desarrollo de sus potencias, superando los factores que le “alienaban”. Este era el impulso fundamental. No se creía en esa sociedad porque la ciencia marxista demostrara su posibilidad y necesidad, sino al revés: se creía en la supuesta ciencia porque prometía la utópica sociedad anhelada.

La Gran Promesa tenía otro aspecto fascinante: su carácter épico. Proponía un combate gigantesco contra las fuerzas acusadas de encadenar al ser humano, una reedición de la lucha de los titanes contra los dioses, el asalto a los cielos, como expresaba agudamente Marx utilizando la mitología griega. En la mitología vencían los dioses, pero ahora triunfarían el titán Prometeo y los suyos. Este ímpetu intensamente bélico se manifiesta en la extrema violencia con que siempre se impuso el marxismo. No debe despistar al respecto su constante empleo de la consigna de paz, “la lucha por la paz”, pues sólo se trataba de una táctica para desarmar a “la burguesía”, al “imperialismo”, etc. pintados como los únicos interesados en la guerra. De igual modo, la consigna de “libertad y democracia” nunca persiguió otro objetivo que socavar las libertades “formales” y las democracias “burguesas”.

Creo que en la propuesta lucha titánica contra “los dioses” radica lo esencial del poder atractivo del marxismo. Los dioses aluden a la insuficiencia y la culpabilidad del ser humano. En la religión, y de modo muy explícito en la cristiana, el bien y el mal se encuentran en cada individuo, aunque sus raíces sean misteriosas. De ahí el insoportable sentimiento de culpa por el mal, pero también la responsabilidad y la libertad. Las ideologías, en cambio, postulan la bondad esencial del ser humano, atribuyendo el mal, que aliena o deforma al hombre, a factores de alguna manera exógenos o circunstanciales, desde el trabajo asalariado a la religión, o, más vagamente, “la sociedad”. Este modo de entender la vida parece una liberación: la culpa personal se desvanece, proyectada íntegramente sobre el llamado sistema burgués y, naturalmente, sobre cuantos lo defienden. Estos, cargados con toda la culpa existente, deben ser, por lo tanto, aplastados sin escrúpulo o remordimiento, en bien de la emancipación humana.

No es casual que el ideal exaltado haya generado un prodigioso empuje de agresión, así como una capacidad asombrosa para mentir, calumniar, desfigurar la realidad, tácticas siempre justificadas en pro del fin grandioso, aunque bien podrían exponerse como pruebas del carácter fraudulento de ese fin. Tampoco es casual que al proyectar la culpa de ese modo cayeran por tierra la libertad y la responsabilidad en los regímenes socialistas Por lo demás, derrocados los culpables burgueses, ¡el mal y la culpa resurgían misteriosamente en el seno del mismo partido, vanguardia ilustrada de la nueva sociedad! Las diversas facciones comunistas se acusaban, en su sangrienta lucha por el poder, de “burgueses”, “fascistas”, “agentes del imperialismo”, y, más familiarmente, de “perros rabiosos”, “víboras lúbricas”, etc. Los culpables reaparecían sin cesar, bajo disfraz marxista, y la lucha contra el mal nunca concluía.

Un tercer elemento fascinante, parejo al de la serpiente sobre algunas víctimas, fue el enorme éxito práctico del comunismo. Hoy, caído el muro de Berlín, el comunismo parece haberse esfumado como un fantasma, pero durante 70 años fue un poder de un impulso expansivo sin paralelo en la historia. En tan pocos decenios se extendió sobre más de un tercio de la humanidad, organizó en todas partes movimientos de masas y partidos muy activos y disciplinados, fuerzas de choque fanatizadas y auténticamente temibles, hasta el punto de derrotar, en Vietnam, a la mayor superpotencia del mundo. Junto a ello, la URSS alcanzó logros técnicos y científicos tan notables como colocar el primer satélite artificial o el primer hombre en el espacio, o un gran poderío atómico. Según se decía, en esas sociedades no había desempleo ni hambre, y se había abolido la explotación del hombre por el hombre.

Todo ello creaba al comunismo una aureola triunfal, que señalaba el camino a la humanidad entera. Muchos se sumaban al movimiento, sea por oportunismo de apuntarse al probable ganador, sea porque tales logros parecían probar la corrección de la doctrina, por encima de defectos que debían considerarse parciales y pasajeros. Sin esa impresión triunfal, para unos exaltante, para otros intimidatoria, no podrían explicarse actitudes como la de vastos sectores de la Iglesia Católica. La Iglesia había sido una de las barreras más eficaces contra el comunismo, pero, en los años sesenta, parte de ella se convirtió en vía de infiltración y penetración de aquel. Baste pensar en la teología de la liberación o, volviendo al caso de Solyenitsin en España, en la actitud de Cuadernos para el diálogo, revista católica donde Benet justificaba los campos de concentración para los anticomunistas. Carrillo y los soviéticos idearon una estrategia para alcanzar el socialismo “con la hoz y el martillo en una mano, y la cruz en la otra”.

Ese éxito resultaba paradójico, pues tenía carácter político y militar, a veces científico, pero nunca cumplía sus promesas de mejorar la vida de las masas. Lo más que lograba era instaurar una economía cuartelaria, o más bien carcelaria, como indicaba Solyenitsin, y sólo después de causar inmensas hambrunas y privar de todo derecho a los “proletarios” bajo la imaginaria dictadura de éstos. Ni siquiera cabía el consuelo de una sociedad pobre, pero igualitaria: la minoría privilegiada del partido no sólo gozaba de privilegios inexistentes en los países occidentales, como tiendas exclusivas para ella, sino que de hecho poseía al país entero, sobre cuyos habitantes disponía sin el menor control. ¿Cabe mayor desigualdad?

La experiencia ha sido terrible, pero sería iluso pensar que no renacerá algo parecido. La fascinación de las utopías pervive como parte de la condición humana, y ahora mismo constatamos el influjo de formas degradadas del marxismo en multitud de movimientos de tipo tercermundista, ecologista, feminista y tantos más.
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