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SOLIDEZ Y LEALTAD DE LAS ALIANZAS

La política de defensa de los gobiernos de Aznar

Después de lo que el gobierno del Sr. Zapatero ha hecho en la cuestión de Irak cabe preguntarse: ¿hasta qué punto seguirá el actual gobierno del partido socialista desmontando la política de defensa del anterior?

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Recordemos los objetivos que los gobiernos de Aznar se habían propuesto y, en gran medida, alcanzado en materia de defensa. Para ello consideremos primero sus marcos geopolítico e ideológico.
 
Desde un punto de vista geopolítico, los gobiernos de Aznar percibían la unidad esencial de intereses políticos y económicos entre Europa y las dos Américas, como cuerpo integral de lo que llamamos “Occidente”. Aspecto esencialmente “español” de esta visión es que Latinoamérica, sin los Estados Unidos, o frente a los Estados Unidos, no alcanzará nunca el equilibrio y el desarrollo sostenido, y seguirá siendo una región inmadura de Occidente. España podía contribuir en alguna medida a afianzar ese curso de integración. No son casuales, en este sentido, cosas tan dispares como la cota de cooperación industrial y tecnológica en el área de la defensa y el apoyo político mutuo entre España y los Estados Unidos, ni la cooperación militar cada día más estrecha entre las fuerzas armadas latinoamericanas y las españolas.
 
Desde el punto de vista ideológico, el anterior gobierno percibió en el terrorismo islámico un desafío a Occidente, debajo del cual latía un tremendo fracaso del mundo árabe como civilización, que tarde o temprano se volvería contra Europa. Lo que se vio confirmado en el 11-M. De ahí la necesidad de enviar señales como la de Perejil, la de participar en el derrocamiento del régimen perturbador por antonomasia de ese mundo árabe, el de Irak, y la participación en la reconstrucción de este país.
 
La preferencia atlantista de España vino además aconsejada y reforzada como reacción a los esfuerzos franco-alemanes en pro de una defensa europea, percibida, a lo largo de casi todo el año 2003, como competitiva y alternativa a la Alianza Atlántica. La tensión creada por esas pretensiones rompía el delicado equilibrio buscado por el gobierno de Aznar, que le había llevado a jugar con igual determinación, y equitativamente, las cartas europea y atlántica. Así fue posible la entusiasta contribución española a la refundación de la Alianza Atlántica, en Praga, en el 2002, y el lanzamiento, bajo la presidencia española de la UE, de la política europea de seguridad y defensa, y la institucionalización de la conferencia de ministros de Defensa de la Unión.
 
En los escenarios atlántico y en el puramente europeo, los logros de la política de defensa española y de las fuerzas armadas que la sirven, se pueden resumir en los datos y hechos que se describen a continuación.
 
Se hallará una visión global y coherente de los fines y de los medios de la defensa española en la Revisión Estratégica de la Defensa (RED), del año 2003, cuyo principal rasgo es la justificación e identificación de las misiones de seguridad nacional e internacional de España, enfatizando la necesidad de adquirir gran capacidad de proyección de fuerza en tareas expedicionarias, operativamente integradas con las fuerzas de aliados y socios, para misiones de pacificación y estabilización. Posteriormente, las tareas de la brigada Plus Ultra en Irak añadieron una tercera orientación: contribuir a la reconstrucción nacional y democratización de un país. El actual gobierno ha cercenado esta ambiciosa misión y la reducirá a una cooperación técnica como la que España tiene, digamos, con Mauritania. El actual gobierno se hace la ilusión de que para ayudar a transformar el mundo la fuerza no tiene lugar. Ya se enterará.
 
De aquel marco de misiones generales se derivaron los programas de armamento, culminados o lanzados desde 1996, que hacían posible que las fuerzas armadas estuvieran a la altura de lo encomendado: el programa de transportes pesados A400M, el helicóptero de ataque Tigre (24 unidades), más de 200 carros Leopard, 4.212 vehículos blindados Pizarro, los submarinos de nueva generación S-80 (cuatro), las cuatro fragatas de última generación F-100, un buque de proyección de la fuerza con características de cuartel general OTAN, el programa de buque de proyección estratégica y el Eurofighter 2000. Esos programas aseguraban una razonable presencia en misiones internacionales y una competente base de cooperación e integración con los otros socios y aliados en un gran número de misiones OTAN, NN.UU. y UE. Sin olvidar el retorno industrial de la producción de armamento (crecimiento del 24% de los ingresos y 29% de las exportaciones entre 1997 y 2000) y su contrapartida social  (España es el único país del la UE que ha visto crecer el empleo en las industrias de armamento).
 
La lealtad al vínculo trasatlántico permitió alcanzar un nivel de relaciones con los Estados Unidos, raro en Europa, materializado en el acuerdo de cooperación industrial, de investigación y adquisiciones, de 10 de abril del 2002, que hacía de España un aliado preferente. La hoy oposición debería interesarse de modo particular por la explotación que haga el gobierno de este importante instrumento político-diplomático.
 
Las misiones y los elementos materiales exigían una renovación drástica del componente humano que había de servirlos. Ello se logró en gran parte con la profesionalización de las fuerzas armadas, acabada en el 2003 en un tiempo récord, a pesar de las desventajas competitivas de la profesión militar en el mercado del trabajo.
 
La política de defensa fue llevada a cabo por el gobierno del PP con una austeridad penosa. No defendió de forma declarada la expansión del gasto de defensa que exigían sus ambiciones internacionales. Aunque ha habido muchas mejoras en armamentos y dotaciones para las fuerzas armadas, en parte se produjeron arrastradas por los acontecimientos (por ejemplo, las mejoras en el transporte de personal desde el accidente del Yak 42) o “estirando” los conceptos presupuestarios (recursos de I+D aplicados a la compra de armamentos), lo que ha creado las consabidas reticencias y denuncias. Justo es reconocer, sin embargo, que el incremento de las misiones militares en el exterior ha ido acompañado de ampliaciones de créditos cada vez mayores, que en el año 2004 (y si hubiera continuado la misión en Iraq), hubiesen alcanzado quizás los 600 millones de euros (423 millones en misiones de paz en el 2003).
 
Toda esta razonable aunque no muy audaz política de defensa tuvo, sin embargo, su mejor nota distintiva en haber contenido el desprestigio o indiferencia en que había caído el servicio de armas entre la sociedad española, y revertir la tendencia. Ello se logró por la terminación del servicio militar obligatorio (que en el tránsito entre los gobiernos socialistas y los del PP se había convertido en el pitorreo nacional) y por la introducción de las fuerzas armadas profesionales.
 
Para engrosar a plazo medio el tejido humano de las fuerzas armadas, se abordó a finales del 2003 la reconstitución de la reserva voluntaria. Su deseable crecimiento podría descargar a las fuerzas armadas profesionales de tareas no enfocadas a la preparación para el combate.
 
Otra vía abierta al encuentro con la sociedad es lo que se dio en llamar “cultura de la defensa”, con la recuperación, conservación y restauración de numerosos recursos del patrimonio monumental, documental, artístico e intelectual en manos del ministerio de Defensa. Un esfuerzo, digámoslo francamente, dotado con escasísimos fondos, pero que recibe infinidad de aportes espontáneos.
 
La política de defensa de los gobiernos del partido popular partía de la idea de que la seguridad de España descansaba en la solidez y lealtad de las alianzas y en la suficiencia de sus propios medios. La apreciable robustez de esos medios, aunque limitados, daba a España una voz autorizada en los escenarios políticos, y su participación activa en los escenarios de conflicto le aseguraban el derecho a hacerse oír y respetar. El gobierno actual ha preferido poner en cuestión la idea de lealtad que caracterizó al anterior, y falta por ver cuál es la que la reemplaza. También falta por ver la arquitectura que piensa dar a la defensa y a las fuerzas armadas, una vez que ha derribado uno de los pilares que las ligaban, en un escenario vital que no puede dejarse a los enemigos de la libertad, con el aliado mayor trasatlántico, con otros aliados europeos y con países hermanos de Latinoamérica.
 
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