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ECONOMÍA

No, la culpa no es del euro

Ahora que arrecian las críticas contra la moneda única europea, hasta el punto de que se la eleva a responsable última de la crisis económica, conviene no dejarse engañar por los verdaderos responsables del entuerto, que andan como locos buscando víctimas propiciatorias.

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No voy a defender el euro porque sea una divisa que me agrade, al fin y al cabo se trata de dinero fiduciario de curso forzoso, una aberración que debería resultar inaceptable para todo liberal y buen economista. No: si voy a defender al euro es porque se le critica por dificultar políticas inflacionistas de las que acaban siempre hundiendo las economías que las implementan. En otras palabras: si voy a defender al euro es porque quienes lo critican pretenden sustituirlo por algo mucho peor.

Para empezar, deberíamos ser moderadamente escépticos con la afirmación de que si España o Grecia no hubiesen entrado en la moneda única habrían recibido menos crédito externo, con lo que quizá hubieran padecido una burbuja inmobiliaria de menor entidad y ahora no tendrían déficits públicos tan abultados. Los casos de Islandia, Hungría y Letonia demuestran que las expansiones crediticias tienden a extenderse a todos los países que demandan crédito, por lo que durante un tiempo resulta poco relevante el riesgo de cambio (cuando todos los sistemas bancarios inflan su crédito, el valor de las respectivas divisas puede parecer falsamente estable). Es muy probable que, aun estando España fuera de la moneda única, sus bancos se hubiesen endeudado en euros para conceder hipotecas a bajísimos tipos de interés en pesetas, o, más simple, que hubiesen concedido directamente hipotecas multidivisas en euros.

Pero no querría centrar la discusión en si a España o a Grecia les habría ido mejor a principios de la década si hubiesen estado fuera del euro. Mi intención es responder a todos aquellos que apuntan a que la crisis europea se ve agravada por el hecho de la existencia de una moneda común gestionada por un banco central (cada vez menos) independiente y que implica un sistema de tipos de cambio fijos entre países.

¿Realmente resultan estas condiciones monetarias tan catastróficas para la recuperación?

No. De hecho, ese marco institucional facilita el cálculo económico, la iniciativa empresarial y, sobre todo, el ahorro a largo plazo. Cuando el valor del dinero es más o menos estable, los agentes económicos pueden concentrar sus esfuerzos, no en protegerse contra el envilecimiento de la moneda, sino en, por ejemplo, servir más eficientemente a los consumidores. Entonces, ¿cuáles son los problemas que conlleva el euro, en opinión de sus críticos? Sólo uno: que no se puede emplear la inflación monetaria como mecanismo rápido y sencillón para solucionar los problemas particulares de cada economía.

Piensen en un país con problemas de competitividad exterior. Sus industrias menos competitivas deberían reorganizarse para reducir los precios o para ofrecer productos más valiosos. La solución de los inflacionistas es más simple: depreciar el tipo de cambio de la divisa nacional, para que todos los precios bajen automáticamente. Poco les importa que la depreciación pueda llevar a industrias competitivas a dejar de serlo (pensemos, por ejemplo, en una que importe la mayor parte de sus factores productivos), o que se esté impagando de facto parte de las deudas exteriores del país y, por tanto, generando un agujero en los balances de los acreedores. En lugar de favorecer la readaptación de la economía eliminando las trabas y los apoyos políticos distorsionadores, alaban la depreciación como la solución ideal.

Veamos otro ejemplo, derivado del anterior: si para ganar competitividad en el extranjero es necesario reducir los salarios, por ser éstos muy inflexibles a la baja, más vale inflar el valor de la moneda, lo que supondría una reducción de aquéllos en términos reales. De nuevo, parece que lo mismo les da que con tal medida pierdan poder adquisitivo no sólo los salarios, sino todas las otras rentas que no se ajusten con la inflación; o que la inflación perjudique especialmente a las industrias punteras que más han invertido en capital (dado que el aumento de precios incrementa desproporcionadamente la rentabilidad de las compañías menos capitalintensivas, como supo ver Hayek); o que los trabajadores puedan perfectamente esterilizar el efecto de la inflación si negocian al alza sus salarios (así las cosas, sólo perderían los individuos o grupos menos organizados, como los inversores de renta fija, esto es, buena parte de los ahorradores de un país). En lugar de defender que el mercado laboral se reforme de arriba abajo (eliminando los privilegios sindicales que existan) para ganar flexibilidad, les resulta más fácil inflar el valor de la moneda.

Para terminar, otro caso de sobras conocido: si el coste de la deuda pública de los países más manirrotos se dispara porque ningún inversor quiere prestarles dinero ante el dramático estado de sus cuentas públicas, la solución es... ¿adivinan? Sí: la inflación. Es el banco central quien tiene que monetizar deuda para financiar los déficits presupuestarios del Gobierno con un ahorro que no posee y a tipos de interés artificialmente bajos. Por lo visto, a nadie se le ocurre que los Estados deficitarios deban ajustar sus cuentas antes de seguir gastando y despilfarrando lo que no tienen; es mejor que un banco central títere les siga financiando las juergas. Muy bien, pero entonces no nos quejemos cuando pierdan todo incentivo para ser austeros y se aficionen a financiarse a costa del valor de la moneda.

En definitiva, ¿puede decirse que el euro es el responsable de la crisis actual? De ninguna manera: el problema está en unos gobiernos que prefieren recurrir a la inflación antes que al reajuste de sus economías. Una completa huida hacia adelante que sólo sirve para erosionar el capital y el crédito de esos países –sólo hay que ver cómo se encontraban antes de entrar en el euro las economías que, como Grecia, Portugal, Italia o España, más jugueteaban con sus divisas– y retrasar las reestructuraciones duras, largas, complejas e imprescindibles de la economía.

Si se puede decir que el euro ha fracasado es porque los PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y España) deberían haberse comportado como alemanes, pero en ningún momento se han mostrado dispuestos a ello. Sus gobiernos no querían dejar de gastar ni hacer las reformas estructurales necesarias, de manera que ha sido Alemania la que se ha tenido que encerdar para rescatar a los cerdos. Y, claro, culpar al euro o a Alemania del estado de aquéllos es como culpar a las salas libres de humo de provocar cáncer porque la gente sigue entrando en ellas con el cigarro en la boca y contagia a los fumadores pasivos; o sea, y parafraseando a Mafalda, el acabóse del terminóse.


© El Cato
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