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LEHENDAKARI AGUIRRE

Un personaje de leyenda

Un aspecto chocante de los nacionalismos vasco y catalán es la enorme distancia entre sus encendidas loas a las virtudes de la “raza” o de la “nacionalidad”, y el muy mediocre ejemplo intelectual y político que ellos mismos dan. Podría decirse que ellos mismos no son vascos ni catalanes, si atendemos a sus propias exaltaciones. Si excluimos a Cambó, que terminó haciéndose españolista, o Eugenio d´Ors, que derivó hacia la Falange, el historial práctico de los líderes nacionalistas ha resultado sumamente gris. En el nacionalismo vasco no encontramos excepciones: todos son personajes de cuarta o quinta fila.

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¿Con la excepción de José Antonio Aguirre? Para el nacionalismo vasco Aguirre es, después de Sabino Arana, el personaje más destacado de su historia, casi un personaje de leyenda, por haber dirigido durante la guerra el partido y el primer gobierno autónomo de Vizcaya (de “Euzkadi”, en la propaganda), y por la proyección internacional que alcanzó en el exilio, inigualada antes o después por cualquier personaje del nacionalismo sabiniano.
 
Sin embargo un repaso más detallado del currículum político de Aguirre da para pocas alegrías desde cualquier punto de vista, incluido el de los propios sabinianos. Durante la república, Aguirre, muy apoyado por Irujo derivó desde un primer y fallido intento de imitar a Companys y Macià, declarando una nueva situación política en Vascongadas, al acuerdo con los carlistas, con proyectos golpistas incluidos, en pro de un estatuto autonómico; luego tentó suerte con los radicales de Lerroux, y finalmente buscó el entendimiento con las izquierdas revolucionarias.
 
En octubre del 34 el PNV hizo algunos movimientos sospechosos, pero finalmente no salió a la calle, al revés que Companys. Éste es un episodio algo oscuro, más porque durante el verano previo los sabinianos habían organizado la desestabilización del gobierno legítimo mediante movimientos de desobediencia civil y todo género de provocaciones, en unión con los revolucionarios socialistas. Todo indica, no obstante, que su pacto más estrecho fue con la Esquerra, gobernante entonces en Cataluña. Muchos indicios abonan la impresión de que había acuerdo para lanzarse a la rebeldía, pero así como Companys lo hizo, para su mal y el de todo el país, el PNV esperó a ver cómo marchaban las cosas, y se contuvo al constatar el fracaso de sus aliados. Actitud oportunista que de momento le salió bastante bien.
 
Entrada de las tropas de Franco en Bilbao en 1937Tras algunas disputas en el PNV por los malos pasos dados, Aguirre imprimió al partido una orientación pro-revolucionaria. Los partidos de izquierda, dada su pasajera postración después de su derrota de octubre, estaban predispuestas a hacer concesiones para lograr nuevos aliados y dividir a las derecha, y Aguirre se prestaba muy bien a ello, a cambio del estatuto, que en los pri años de la república habían obstaculizado precisamente esas izquierdas.
 
En función de ese objetivo, y a pesar de la evidencia de la marea revolucionaria, bien constatada en la prensa peneuvista, Aguirre rechazó los requerimientos del Vaticano para que todas las derechas católicas fueran unidas a las elecciones de febrero del 36. Al contrario, la propaganda de Aguirre pintaba a la CEDA con los mismos falsos colores de la propaganda izquierdista: el partido derechista, defensor de la legalidad republicana en octubre del 34 aparecía como un partido golpista, representante de una oligarquía explotadora atenta sólo a mantener sus supuestos privilegios. Causa perplejidad cómo semejante evolución ha sido ensalzada, incluso por historiadores de derecha, como democratizante y modernizadora. Realmente contribuyó al triunfo y auge del movimiento revolucionario, y por tanto a la guerra civil.
 
Gudaris nacionalistas durante la Guerra CivilReiniciada ésta en julio del 36, la izquierda se apresuró a ganarse a Aguirre mediante la autonomía. Cabe señalar en este punto que el PNV nunca había engañado a nadie, pues declaró reiteradamente que no concebía el estatuto como un modo de integrarse establemente en el estado, sino como una palanca para romper la unidad española. Y, aprovechando las especiales circunstancias de la guerra, desde el primer momento Aguirre hizo trizas las normas estatutarias, creando un ejército separado del Ejército Popular, al cual no obedecía, “coordinándose” con él según su conveniencia; y dentro de ese ejército “de Euzkadi” un ejército peneuvista con su propia orientación. La exasperación del gobierno izquierdista ante la rebeldía de Aguirre la expresa muy bien Largo Caballero: “Cómo imponer la disciplina al gobierno vasco? ¿Encarcelándolo? ¿Lo podía hacer el Gobierno central desde Valencia? En el caso de poderlo hacer, ¿sería conveniente?”.
 
No era nada conveniente, entre otras cosas porque la situación en Vizcaya, donde la Iglesia no fue abiertamente perseguida (“sólo” fueron asesinados unos 45 sacerdotes) permitía al Frente Popular tachar de leyenda, de cara al exterior, la sanguinaria persecución religiosa organizada en casi todo el territorio en poder de la izquierda. Falsificación propagandística a la que Aguirre e Irujo se prestaban de la mejor gana, a cambio, claro está, de una práctica independencia política.
 
Y al mismo tiempo los nacionalistas entablaron “diálogo” con el enemigo, en especial con los fascistas italianos, sin desdeñar a los nazis, y también con Londres y París con vistas a una paz separada. Tras el bombardeo de Guernica, Aguirre llamó a una resistencia a ultranza, pero tan sólo dos semanas después estrechaba su diálogo con los fascistas. Y cuando Bilbao estaba amenazada volvió a llamar a una lucha desesperada, invocando hasta los precedentes de resistencia liberal en el siglo anterior… mientras preparaba la huida. Y no se privó de hacer a Franco el obsequio de la potente industria de Bilbao, cortando las tentativas izquierdistas de destruirla.
 
Para engañar a Azaña, Aguirre le informó de que había mantenido intactas las fábricas porque pensaba recuperarlas pronto, pero en realidad pensaba lo contrario, y sus acuerdos con los fascistas no cesaban de avanzar. Su descaro llegó al punto de anunciar a Azaña que si el enemigo atacaba Santander desde el sur, en lugar de hacerlo desde el este, podría causar un desastre a la defensa “republicana”. Esa vía de ataque era justamente la que habían sugerido los enviados del PNV a los italianos y a los franquistas. Azaña sospechó que Aguirre le estaba embaucando, pero no pudo percibir todo el alcance de la maniobra, que culminaría en el Pacto de Santoña, bien conocido.
 Aguirre había, pues, traicionado a la Iglesia, mostrándole una insolidaridad increíble en un católico ante la exterminadora persecución religiosa, y colaborando a ella, al menos en el plano propagandístico; también había pisoteado el estatuto autonómico y vendido al Frente Popular, con el cual se había alineado afirmando que representaba la “democracia”. No podía haber traicionado a más, ni más ampliamente.
 
Fracasados también sus tratos, junto a los nacionalistas catalanes, con las potencias democráticas, Aguirre hubo de compartir la derrota con sus “aliados” revolucionarios. Ya en el exilio, intentó hacerse con el tesoro del yate Vita, robado por Negrín a la Iglesia, a particulares y a los mismos montes de piedad, aunque fue Prieto quien se apoderó de él. Los jefes peneuvistas intentaron entonces “comer a dos carrillos” cobrando al mismo tiempo de los dos organismos izquierdistas (SERE y JARE), muy rivales, que trataban de capitalizar políticamente la ayuda –con fondos expoliados en España– a los refugiados, y no admitían el doble cobro. Finalmente, el PNV de Aguirre encontraría su mejor fuente de financiación en el FBI, a cambio de espiar a sus “amigos” izquierdistas so pretexto de la común “lucha contra Franco”, y de pasar información sobre los nazis en Europa. La calidad de esas informaciones decepcionó a los useños, pero la ayuda se mantuvo por motivos políticos, permitiendo a Aguirre hacer grandes giras por América del sur y hablar como líder del exilio “republicano”.
 
Se haría muy largo extenderse en las intrigas de Aguirre (el lector interesado puede encontrar muchos más detalles en mi libro Una historia chocante), pues su vida fue una intriga permanente y mediocre en que terminó traicionando a todos sus amigos y aliados. Pero este breve resumen basta, creo como indicio de una personalidad realmente peculiar, máxime cuando el hombre se presentaba y lo presentaban en todas partes como paradigma de la buena fe, la honradez y hasta la ingenuidad de los vascos. Sugiere más bien un pícaro sevillano del siglo XVI.
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