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DESAFÍO NACIONALISTA

La parada de los monstruos

Cierta noche anunciaban en la televisión la película de Tod Browning La parada de los monstruos, un clásico del cine horripilante. Aunque ya la había visto dos o tres años antes en Nueva York, en un sórdido e inquietante teatrucho de la zona de Times Square, quise verla de nuevo, junto al fuego y en familia. Poco a poco el sueño fue diezmando al público, y ya estaba yo solo frente a la pantalla cuando aparecieron en ella, uno tras otro, los cabecillas políticos que cerraban la campaña electoral en las Provincias Vascongadas.

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Tuve la paciencia de escuchar sus arengas y de verlos gesticular y vociferar cosas que, en un país donde el Estado de Derecho no fuera un sarcasmo ni la Constitución el pito del sereno, serían constitutivas de alta traición. Ya sé que es anacrónico hablar de traición o de perjurio o de imperio de la ley en una realidad histórica sin Patria, sin Dios y sin Leyes Viejas. A lo que voy es que aquel programa inesperado me sació con holgura el apetito teratológico y me fui a la cama, dejando Freaks para mejor ocasión. Otra parada de monstruos era demasiado para una sola noche.
 
En las Provincias Vascongadas está cada vez más arraigada, nos guste o no nos guste, la nostalgia del Paleolítico, una época en la que aún no se había inventado eso de las derechas y las izquierdas. Eso de las derechas y las izquierdas pudo pasar hasta los años 30, pero cuando se creía que había pasado definitivamente a la historia vino a resucitarlo la guerra mundial. Aun así, la guerra mundial y los autoritarismos europeos no habían pasado en vano, y las desempolvadas etiquetas democráticas no tardarían en confundirse y denotar lo contrario de lo que declaraban.
 
La inversión de valores de los años 60 remataría la tarea, y las etiquetas se conservaron por inercia en un mundo conquistado por el capitalismo, donde todo el mundo se consideraba socialista. Dentro de esa realidad democapitalista o socialplutócrata, producto de la convergencia de las multinacionales y las internacionales, los Estados nacionales empezaban a ser un estorbo. Que España lo fue durante el régimen de Franco está fuera de toda duda. Lo que aquella España quiso ser en los difíciles años de trasguerra lo expresó poco antes de morir el filósofo García Morente.
 
García Morente venía a oponer la figura española del hidalgo a la figura europea del burgués, y en la España de hoy aquella identificación suya del hombre español con el “caballero cristiano” nos parece una confusión deliberada de la realidad con el deseo. Digo en la España de hoy, pero el que recuerde la España de entonces, o de algo después, sabe que no había tanta confusión, y que, precisamente por no haberla, es decir, por poner la España católica por encima de todo, el Occidente burgués, encarnado en el señor Truman, nos dejó fuera del Plan Marshall. En las euforias del estreno de la democracia, mi querido y admirado Octavio Paz decía que aquella España era un país que no existía; al menos Méjico la dio durante cuarenta años por inexistente.
 
Al morir Franco y liquidarse su régimen, todos éramos ya más o menos europeos, y el “caballero cristiano” de Morente no era más que un espectro de la época de las cartillas de racionamiento y de los cupos de gasolina. Después de tantos años de aguantar la verticalidad, nos faltó tiempo para caer a cuatro patas, y de la exaltación de la España una caímos en su denigración y descuartizamiento. ¿Quién no ha presenciado de un modo u otro un ultraje a la bandera nacional en cualquiera de las llamadas “nacionalidades”? ¿Quién puede ignorar las agresiones soeces que en nombre la “cultura” se perpetran contra la religión de la que dicen ser pastores todos esos obispos assermentés, como se decía en tiempos de la Revolución Francesa? ¿Quién se traga la bola de la “resurrección de Montesquieu”, cuando nunca ha sido mayor la sumisión del Poder Judicial al Poder Ejecutivo? ¿Quién tiene la avilantez de hablar de derechas e izquierdas cuando lo que está en juego no es el modelo tal o cual de sociedad, sino la existencia histórica de España, “patria común e indivisible de todos los españoles”?
 
Esa existencia histórica, en beneficio de sabe Dios qué multinacionales o de qué imperialismos larvados, se la juega este régimen que padecemos en el tapete ensangrentado de las Provincias Vascongadas, y lo triste es que en esa timba inmunda se dejen la piel personas de cuyo patriotismo no cabe dudar. El colaboracionismo se paga caro. El destino histórico de España no puede supeditarse al sostenimiento de tal o cual régimen. En tiempos de la UCD, el general Gutiérrez Mellado afirmó que este régimen actual había que mantenerlo “caiga quien caiga”. Mucha gente ha caído desde entonces, y seguirá cayendo si Dios no lo remedia. Lo que hay que mantener, para que no caiga nadie más, es la unidad sagrada de la nación española.
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