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COMER BIEN

De bodas y barras libres

Está claro que un gremio al que le viene de perlas que aumenten las posibilidades de que la gente se case es al de la hostelería, que en nuestros días obtiene muy suculentos beneficios de los banquetes nupciales, bien celebrados directamente en sus locales, bien servidos “a distancia” mediante “catering”.Ustedes no tienen más que comparar lo que les costaría comer muy bien, incluso eligiendo vinos interesantes, en esos restaurantes a la carta... con lo que se verían obligados a pagar por cubierto si les encargan un banquete de bodas.

Ya sé que uno de esos ágapes tiene muchas gastos extraordinarios, desde los propios “extras” –personal de sala contratado para la ocasión– hasta la hipotética carpa para albergar a los invitados a salvo de veleidades meteorológicas.

Que, claro, ésa es otra. Está de moda “casarse” en lugares bellos; lo de celebrar un banquete nupcial en un restaurante parece que se lleva menos, y no sólo por razones de aforo. En Galicia, lo que quieren los novios es “casarse” en un pazo. Y abundan los pazos dedicados en cuerpo y alma a celebrar bodas. Pero... no es pazo todo lo que reluce.

Porque los novios y los invitados, el pazo ni lo huelen. Faltaría más. En los jardines se monta la correspondiente carpa, y de allí no se sale ni para cubrir las necesidades fisiológicas, ya que también suelen montarse servicios de quita y pon. Al pazo propiamente dicho, ni tocarlo. O sea: que la gente se casa junto al pazo, pero no en el pazo, salvo alguna excepción como el de Señorans.

Otra de las justificaciones que alegan los hosteleros dedicados a lo que yo llamo “BBC” (bodas, banquetes y “catering”) para elevar inconsideradamente sus tarifas es la llamada “barra libre” que suele seguir a estos eventos, durante la cual el personal puede beber lo que quiera y sin más límites que la certeza de que, a pocos metros de la salida, estará el control de la Guardia Civil.

Pues... qué quieren que les diga. Las “barras libres” son, en general, bastante poco libres. A los más jóvenes, en general, les trae al fresco... o justamente son sus bebidas las que allí están. Pero si usted, ingenuamente, se acerca a esa barra con la esperanza de que le preparen un “gin & tonic” con su ginebra preferida, que la tiene... qué casualidad, ésa, precisamente, no la tienen. O no entra en la consideración de “libre”. Sustituyan “ginebra” por “whisky” o “ron”, y el resultado será el mismo: o no hay el suyo, o no es “libre”.

Hombre, también hay que reconocer que hay invitados que rizan el rizo a la hora de pedir la copa de sobremesa. Yo tengo un pariente lejano que, infaliblemente, pide una copa de Benedictine. No menos infaliblemente, el camarero le dice que no hay... cuando no le pregunta, que es el caso más frecuente, “qué es eso”. Sospecho que mi pariente pide esas cosas para no beber, pero hay otras maneras.

Hace unos días, en Tudela, vi rizar no ya el rizo, sino todos los bucles del mundo. Estaba yo de sobremesa con el joven y magnífico cocinero Alvaro Palacios cuando un empleado llamó su atención. Se disculpó conmigo, salió unos minutos del comedor y volvió al cabo de un rato, entre enfadado y divertido.

Le pregunté qué había pasado, porque el empleado le había subrayado que había alguien que exigía “hablar con el responsable”. Era un invitado de una boda que se celebraba en otras dependencias del hotel y, al parecer, estaba muy enfadado. Ya estaba la boda en tiempo de “barra libre”.

Bueno, pues el irascible invitado en cuestión estaba dispuesto a montar un cirio importantísimo porque no había la bebida que él había solicitado. Pensamos en una determinada marca, más o menos conocida, de algún espirituoso. Pues... no. El ciudadano estaba indignado porque había solicitado una copa de licor de moras sin alcohol, y no había.

¡Licor de moras sin alcohol! Aunque el Diccionario recoge la acepción de “cuerpo líquido”, explica antes que un licor es una bebida espirituosa, o sea, alcohólica. Al principio, cuando me explicaba el “chef” lo que había pasado, pensé en la posibilidad de que el tipo de marras estuviese sometido a la insensatez que dan las copas; pero la naturaleza de su petición me dejó sorprendidísimo.

O sea, que la condición de abstemio también da agresividad y excita el deseo de apabullar a alguien a través de una reclamación de las que Gil y Gil llamaría “ostentórea”. En lo sucesivo, estén atentos cuando vayan a una boda y llegue la “barra libre”: puede que el adicto al licor de moras sin alcohol ande suelto por ahí... y monte un espectáculo marxista. Marxista de Groucho, claro.
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