
"[...] entre los hoscos muros hostiles de las dos Españas corrió siempre el riachuelo de los conciliadores; escondido a menudo, cuando cegaban su cauce las piedras desprendidas por la violencia de las pasiones, pero que, apenas podía, afloraba nuevamente a la superficie para continuar tercamente su curso; plácida, humilde, cristalina y heroica corriente de los españoles sensatos, que los hubo en todos los partidos, hasta en los más extremos, y si hubiesen sido escuchados habrían convertido la turbulenta historia nuestra en un proceso incomparablemente más sereno y constructivo. Dos excepciones ha habido, dos veces se ha remansado la corriente y ha parecido que iban a tener tiempo las aguas de fertilizar la pobre tierra reseca. Esas dos excepciones han sido la Restauración de 1874 y la de 1975".
Jose María García Escudero escribió estas palabras en su libro A vueltas con las dos Españas (1979) para dedicarlas a "la humilde corriente de los conciliadores". Así recordaba el ilustre editorialista del diario Ya a todos aquellos españoles que integraron la tercera España. Una España que prefiere integrar a excluir, reconciliar a condenar, remediar a atizar el fuego de las discordias. Una España capaz de entender que las diferencias son enriquecedoras y que asumir las coincidencias es el mejor modo de resolver las discrepancias. Una España capaz de responder con hechos al eterno interrogante que Jose María Gil Robles reformuló en los sesenta: "¿No tendrá esta situación remedio alguno? ¿Estará España condenada a desgarrarse periódicamente en contiendas intestinas? ¿No será posible encontrar un terreno de convivencia en el que la gran mayoría de los españoles pueda cumplir los fines de la sociabilidad humana, sin provocar el choque irremediable de ideologías contrapuestas e inconciliables?".
Gaspar Melchor de Jovellanos y Jaime Balmes, Antonio Cánovas del Castillo, el olvidado Cardenal Ángel Herrera Oria, así como el propio García Escudero y Joaquín Ruiz Giménez forman parte de la historia de los españoles tolerantes que Marañón prometió escribir. Y junto a los citados aparecen muchos más. Porque no se trata de excluir. Nada hay más contrario a la voluntad de conciliación que las actitudes excluyentes.
La conciliación, espíritu que caracteriza a la citada tercera España, exige, como decía Herrera, "aceptar las cosas como son, que es el primer deber del político". Es, así mismo, rechazo frontal y absoluto de cualquier forma política revolucionaria y utópica. Antes al contrario, es una apuesta por el posibilismo o circunstancialismo. Los anglosajones quizás le llamen pragmatismo. Como sea, los conciliadores están, como estuvieron, tan lejos del perfeccionismo como de la real–politik.
El posibilismo, opuesto al maximalismo y al apriorismo, es fruto de una visión optimista de la política que aborrece las soluciones extremas y utópicas, consciente de que en política no caben los mundos ideales, ni los muros de hormigón. La política, no lo olvidemos, es un arte que consiste en aplicar los principios a las circunstancias, sin adulterarlos, y en transformar la realidad evitando el vacío. La política, recordémoslo, tiene horror al vacío. "Horror vacui", decían los clásicos.
La política de signo moderado, de talante reformador y no dogmática defiende la evolución y la reforma. Fomenta el conocimiento de la historia y al análisis histórico como instrumento útil para comprender la originalidad de cada momento. Defiende la ley y el orden como marco al que deben circunscribirse los cambios políticos. Y cree que la continuidad y la estabilidad política requieren instituciones encuadradas en un sólido marco constitucional. La historia demuestra que sólo así es posible impedir el triunfo de estrategias políticas de signo extremista que son, precisamente, las que irrumpen en el escenario cuando éste se queda vacío.