
El hecho es que, esperar a una de las fiestas cristianas más paganizadas socialmente, para sentirnos solidarios con los que lo pasan mal, cuando nosotros nos lo estamos pasando bomba despilfarrando y consumiendo en exceso, no puede ser motivo de alabanza. Digamos que es mejor hacer algo por los demás, alguna vez, que no hacer nada nunca. Pero esto no impide denunciar la instrumentalización de los pobres a través de una solidaridad de temporada. Algunos incluso se permiten seleccionar a sus pobres y a sus víctimas, con los cuales han de ser solidarios, según la ideología y el régimen en que "viven". Y algunas iniciativas encubren una autopromoción cínica, un lavado de imagen y de mala conciencia a cambio de cuatro euros. Los pobres son pobres todos los días del año; y lo son no porque falten medios para socorrerlos, sino porque entre todos permitimos que se hagan políticas injustas, corruptas e hipócritas que generan las situaciones de miseria de las que son víctimas. Los pobres no necesitan solidarios de temporada, más bien tienen derecho a que seamos solidarios siempre.
Por eso, en esta Navidad, que el mercado se encarga de anticipar y no tanto de prolongar, quiero denunciar la degradación moral y religiosa de esta fiesta y levantar un canto de esperanza a la verdadera solidaridad, aquella que no selecciona los pobres a conveniencia, aquella que hace que cada ser humano se descubra a sí mismo hermano de otro ser humano. Esto es la Navidad. ¿Qué es la Encarnación del Hijo de Dios si no la mayor muestra de que Dios se hizo uno de nosotros, asumió nuestra condición y camina con toda la humanidad?
En nuestra sociedad que, en contra de lo que dicen algunos, no es aconfesional sino plural de ideologías y creencias, esconder y manipular la trascendencia de este hecho es faltar al respeto a la memoria histórica de la inmensa mayoría. Por su parte, el Estado, que sí es constitucionalmente aconfesional, no incurre en ningún exceso de protección al cristianismo ni hace ninguna concesión de privilegio a los cristianos, si coopera para que se mantengan vivas y auténticas las raíces que más fortaleza y cohesión moral han dado a nuestra historia común. Digo esto y no parece que los actuales poderes públicos vayan por este camino; veo que hacen lo que pueden para disolver, cultural y socialmente, el peso específico de todo lo cristiano, y sustituirlo por la tolerancia sin convicciones, una especie de religión del poder político gobernante que nos iguala y nos solidariza: laicismo para todos.
Me gustaría ver más gestos y pronunciamientos constructivos de la convivencia y la solidaridad entre todas las personas; gestos aprendidos en nuestra historia y en nuestra cultura. La fiesta de la Navidad se ha incorporado a nuestras raíces culturales cristianas hace muchos siglos. Pero hoy, en muchos casos, no queda más que la palabra, que evoca lo que cada uno quiere a su conveniencia: fiestas, vacaciones, regalos, comidas de empresa, lotería... A los cristianos ante todo, creo que hoy más que nunca, se nos exige que no disimulemos, que no camuflemos nuestra identidad cristiana y que hagamos examen de conciencia sobre la responsabilidad que tenemos en esa pérdida de sentido. La celebración de las fiestas de los misterios de nuestra fe, tan arraigados en nuestras raíces históricas y en nuestro patrimonio cultural, son una oportunidad para poner de manifiesto su autenticidad, aunque quizá sea más fácil sumarse al coro de la melodía laicista o de lo políticamente correcto.
Es necesaria la reflexión sobre la Navidad debido a la estrecha vinculación que tiene con la solidaridad. A algunas organizaciones de acción caritativa y social, y a otras de ayuda y promoción del desarrollo en el Tercer Mundo, nos mueve la solidaridad tal como la expone el pensamiento social de la Iglesia, que supera el mero sentimiento superficial de temporada o de un instante. Para éstas y otras organizaciones católicas, la solidaridad, como dice Juan Pablo II en Sollicitudo rei sociales, es la «determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos. (…) La solidaridad nos ayuda a ver al "otro" –persona, pueblo o nación-, no como un instrumento cualquiera, sino como un "semejante" nuestro, para hacerlo partícipe con nosotros, del banquete de la vida al que todos los hombres son igualmente invitados por Dios». En otras ocasiones la Iglesia habló de esta virtud, que es también un principio de acción y organización social y política, con otros nombres. León XIII la enunció varias veces con el nombre de amistad; Pío XI la designó con la expresión caridad social; y Pablo VI amplió el concepto y habló de la civilización del amor. Empeñarse por el bien de todos y cada uno, con esta motivación, no nos obliga a ser mejores que los demás, sino a ser coherentes y exigentes con lo que creemos.
Es buena la tradición de desearnos lo mejor en estas fiestas y de hacer propósitos para el nuevo año. Formulo mi deseo: que la contemplación de ese fuego que prendió en la Historia, hace más de dos mil años, nos ayude a descubrir hacia dónde nos conducen los senderos que recorremos. El camino que lleva a Belén es buena dirección. Cuantos se dirigen allá con corazón sincero, aún sin pensarlo, encontrarán a un Dios que confía en el hombre, un Dios hermano que, en un acto de solidaridad inigualable, se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria.