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LA PERSONA ES LO PRIMERO

Carta a las Iglesias en Cataluña (II)

Queridos hermanos y amigos. Al retomar mi carta anterior, no puedo olvidar que esta semana celebramos un aniversario más de la Carta Magna que nos dimos todos hace veintisiete años. Es el mejor marco ético y jurídico común que hemos encontrado para organizar con éxito nuestra convivencia, de manera plural, libre y solidaria. Esto nos obliga a todos, sobre todo a los grupos políticos, económicos, sociales y religiosos, a hacer lo que esté en nuestras manos para que no peligre la paz social.

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Por eso es tan preocupante el problema político creado por el proyecto del nuevo Estatuto de vuestra Comunidad: por sí mismo muy grave, contiene un no menos grave problema moral del cual no podemos desentendernos. En este caso, como en otras ocasiones, cuando la Iglesia se pronuncia sobre los problemas de la sociedad, la economía, la política o la cultura, no lo hace como experta en aportar soluciones técnicas, sino en la medida en que los problemas afectan a la dignidad de las personas, a sus derechos fundamentales y a los derechos de los grupos a los que pertenecen. Lo normal es que los católicos busquemos la iluminación de la Doctrina social de la Iglesia y esperemos estar acompañados por la palabra de nuestros obispos.

A través de los escasos medios de comunicación que hablan con libertad de los asuntos de Cataluña, se que muchos de vosotros esperáis de vuestros obispos una palabra que enriquezca el debate, el estudio y el diálogo sobre las cuestiones que atañen a todos los ciudadanos de Cataluña, sin distinción, cuestiones que, por otro lado, nos atañen a todos los españoles. Sabemos que no es bueno dejar a nadie el camino abierto para imponer sus credos políticos e ideológicos a la inmensa mayoría. Permitirlo aboca a una dictadura; silenciosa pero, definitivamente, dictadura. Sabemos que muchos, desde las demás comunidades de España, sienten el silencio de vuestras iglesias y reclaman oír sus voces, no para pedir que entren en la pelea política, sino porque tenemos una Doctrina social rica en enseñanza cultural, política y económica y parece como si no supiéramos echar mano de ella ante las interpelaciones de las “nuevas realidades”.

La palabra de nuestros obispos será bienvenida. Sólo puede hacer el bien, sólo puede orientar, enriquecer, hacer fecundo el diálogo y la búsqueda entre nosotros y con los demás. Sabemos que muchos ciudadanos, con independencia de sus creencias religiosas, no pueden expresarse con libertad, ni acceder a una información veraz y plural, y denuncian que, en vuestra Comunidad, hay medios de comunicación contaminados por presiones y servidumbres políticas y económicas. Por otro lado, muchos profesionales, comunicadores, educadores, intelectuales y políticos, entre otros, están siendo insultados, perseguidos y discriminados, sólo porque no profesan el credo político que una clase dirigente pretende imponer por la represión y el servilismo mediático. Somos responsables si permitimos que se repriman aquellos que, con sinceridad y buena voluntad, sirven a la verdad y a la libertad. Dejarse cegar por el partidismo y el nacionalismo excluyentes es contrario al derecho a la convivencia y al deber de la “caridad política”.

Concilio Vaticano IIEs oportuno recordar también que el Concilio Vaticano II, que se clausuró el ocho de diciembre de hace cuarenta años, nos enseña, en la Constitución Lumen Gentium, que vuestras iglesias, todas y cada una, representan a toda la Iglesia universal. Y la Constitución Gaudium et spes, aprobada un día antes de la clausura, nos recuerda que el Pueblo de Dios, todos los discípulos de Cristo que peregrinan en el mundo, comparten las alegrías y las tristezas, las angustias y las esperanzas de nuestra sociedad. ¿Sabéis lo que percibimos muchos de los que no vivimos en vuestra Comunidad? Puede que estemos equivocados, pero percibimos que estáis callados, quizá resignados, acaso repartidos entre defensores y detractores de un proyecto político que no esta siendo camino para la paz. Muchos se sienten desamparados, desasistidos y olvidados; sus angustias y las humillaciones de que son víctimas no encuentran corazones donde alojarse. Y esto produce mucha pena e indignación.

Tengo conocimiento de que muchos visitan las web de vuestras iglesias con el deseo de comunicar y recibir información, de conocer una palabra iluminadora a la luz del Evangelio, y no pueden hacerlo porque las barreras lingüísticas se lo impiden. Yo mismo he podido comprobar que, de diez web diocesanas, sólo tres están en catalán y en castellano. A muchos se les impide saber qué enseñan vuestras iglesias, hoy y aquí, porque no se les habla en su idioma. Parece como si el derecho a comunicarse y el respeto a la dignidad de la persona no merecieran más atención que un portal de internet perfectamente diseñado en catalán. ¿No es la persona, aunque no sepa catalán, el valor mayor a respetar? Cuando decimos que la persona es lo primero y que no es como las demás cosas, afirmamos que todo lo demás debe subordinarse al mayor bien del hombre.

Esto constituye el núcleo de nuestro “credo”, el mismo en todas partes: el “credo” de la paternidad y filiación común, el de la dignidad y la fraternidad de todos, hablen lo que hablen y tengan los sentimientos patrios que tengan. Nadie puede servirse de ellos para introducir distanciamientos, separaciones, privilegios o discriminaciones. ¿No creéis que la Doctrina social de la Iglesia puede ayudarnos en este camino de construcción de la convivencia entre todos los ciudadanos de Cataluña? Yo estoy convencido que sí, si edificamos en torno a la dignidad de la persona, guiados por el bien común, ejerciendo la libertad fundada en la verdad sobre el hombre, ensanchando la solidaridad y haciendo fecunda la subsidiariedad; entendiendo la política como un servicio a la comunidad; defendiendo los derechos originarios de la familia; dando prioridad a los derechos personales fundamentales sobre los posibles derechos de los pueblos; exigiendo la subordinación de las opciones particulares a las exigencias del bien común...

Con este equipaje, me siento defensor de todos los ciudadanos, y me siento libre, porque mi Iglesia, que es la vuestra, me ha enseñado a ser libre y responsable, y a comprometerme en los asuntos de este mundo. Si no lo hacemos, quedamos fuera, no sembraremos semillas ni señalaremos caminos del Reino; otros sembrarán e impondrán otras semillas, que no siempre dan los frutos del Reino.

No son tiempos para que callemos, sobre todo si sabemos que unos nos quieren callar y que otros nos quieren callados. Ninguna persona de buen corazón podrá censurar nuestra sinceridad, nuestra voluntad de buscar y decir la verdad, y el deber de participar en la construcción de una Comunidad Autónoma, digna de todos y de cada uno de los ciudadanos que la habitan. Hasta siempre.

Juan Souto Coelho es miembro del Instituto Social “León XIII”
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