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DIÁLOGO ENTRE JUDÍOS Y CRISTIANOS

Injertados en el buen olivo de Israel

Mucho ha llovido desde la publicación, hace cuarenta años, de la Declaración conciliar Nostra Aetate, el texto en el que la Iglesia Católica sentaba las bases para un diálogo renovado con las religiones no cristianas. El camino recorrido desde entonces, ha sido especialmente vertiginoso en lo que se refiere a la relación con los hermanos judíos.

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Es un camino jalonado de gestos, documentos, encuentros y declaraciones, que han sido reunidos por el Centro de Estudios Judeo-Cristianos de la Archidiócesis de Madrid, en un volumen recientemente publicado por Planeta-Testimonio, con el título “Catolicismo y Judaísmo, el diálogo entre judíos y cristianos”.


Un simple vistazo al índice de este libro, nos ofrece de golpe la medida de cómo ha evolucionado en los últimos cuarenta años esta relación dramática, entremezclada de lágrimas y sangre a lo largo de veinte siglos, pero también atravesada por intentos de perdón, de comprensión y de acogida recíproca. Tampoco sería justo decir que Nostra Aetate fue el kilómetro cero de este camino: recordemos la afirmación tajante de Pío XI, “los cristianos somos espiritualmente semitas”, la probada solicitud de Pío XII por el pueblo judío en las horas terribles de la segunda guerra mundial, y los gestos de afecto de Juan XXIII; por otra parte, la trágica experiencia de la Shoá en Europa, y la “vuelta a las fuentes” propiciada por teólogos que prepararon el Concilio, supuso en el campo católico una renovada estima por las raíces judías del cristianismo. Pero evidentemente, Nostra Aetate supuso un verdadero aldabonazo en las conciencias, al subrayar el vínculo especialísimo e indisoluble que liga misteriosamente a cristianos y judíos, desde siempre y para siempre. Ese vínculo que Juan Pablo II expresaría de modo inigualable en su memorable visita a la Sinagoga de Roma, al calificar a los judíos como “nuestros hermanos mayores”. En aquella ocasión, el Papa eslavo que había compartido juegos y pupitre con los judíos en su Wadowice natal, profundizó las intuiciones de Nostra Aetate al hablar del judaísmo como una “religión intrínseca” al cristianismo, y al recordar el carácter irrevocable de las promesas de Dios a Israel. Así pues, cuando hablamos de la relación entre judíos y cristianos no se trata sólo de la colaboración posible en diversos campos, o de un mejor conocimiento mutuo con vistas a eliminar malentendidos, sino de una relación vital que se mantiene misteriosamente dentro del designio salvador de Dios, ya que la Iglesia se sustenta de las raíces del buen olivo de Israel, en el que están injertadas sus ramas.

De importancia vital para este recorrido, ha sido el documento Nosotros recordamos, una reflexión sobre la Shoá, publicado por la Comisión Teológica Internacional en 1998, enmarcado dentro de la petición de Juan Pablo II de purificar la memoria con vistas al Jubileo del año 2000. En este documento valiente, riguroso y matizado, la Iglesia Católica examina la actitud de sus hijos ante el intento de exterminio del pueblo judío por parte del régimen nazi; queda claro que el nazismo es una ideología anticristiana, que fue explícitamente condenada por la Iglesia; sin embargo, no pocos prejuicios respecto al judaísmo, presentes de manera difusa en la mentalidad de algunos sectores cristianos, restaron fuerza, claridad y empuje a la necesaria resistencia de los cristianos frente al horror. El documento no deja de recordar los numerosos testimonios de católicos que con riesgo de sus propias vidas dieron cobijo y protección a los judíos durante aquellos años oscuros. Sin embargo, la Iglesia reconoce y asume las faltas de sus hijos, y por ellas manifiesta arrepentimiento y dolor, al tiempo que se compromete a luchar sin descanso contra toda forma de antisemitismo. Esta reflexión guiaría la intervención de Juan Pablo II en el mausoleo de Yad Vashem, de Jerusalén, y quedaría sintetizada para siempre en la oración que el Papa depositó personalmente en el Muro de las lamentaciones.

El volumen ahora publicado, incluye también las intervenciones de Benedicto XVI sobre este tema, especialmente su discurso en la sinagoga de Colonia. Allí confirmó solemnemente las raíces comunes de judíos y cristianos, que reconocen a Abraham como padre común en la fe, invocan las enseñanzas de Moisés y los profetas, y tienen en el Decálogo su patrimonio y compromiso común. También merece especial atención un documento poco conocido entre nosotros: la declaración Dabrú Emet (Decir la verdad) firmada por 176 representantes del judaísmo en EEUU, Gran Bretaña e Israel, en la que se reconoce que el nazismo no fue un fenómeno cristiano, y que el cristianismo ha permitido a millones de personas acercarse al Dios de Israel. Se trata de un eco de aquella otra afirmación de Juan Pablo II: “quien encuentra al cristianismo, encuentra al judaísmo”.

La lectura de estos documentos ilumina el tramo recorrido en estos cuarenta años, pero aún queda mucho camino por andar, como ha recordado en Colonia Benedicto XVI. En todo caso, la relación entre judíos y cristianos permanecerá siempre misteriosa y necesaria. Por un lado existe un nudo gordiano ineludible e imposible de desatar: nuestra confesión de Jesús como el Hijo unigénito de Dios, el Mesías que había de venir para salvar al mundo. Por otra parte, es cierto que Jesús nace de Israel y sin Israel sería incomprensible, y que como recordaba el apóstol Pablo, “los dones y la vocación de Dios son irrevocables”. Por eso la presencia del judaísmo en el tiempo presente, la relación histórica con él, puede ayudar a los cristianos a ser lo que verdaderamente están llamados a ser, y quizás, la presencia de los cristianos pueda ayudar también a los judíos a ser fieles a su propia vocación. Concluyo con una observación que me parece especialmente relevante en estos tiempos: mantener viva la conciencia de nuestras raíces judías, es un antídoto contra las varias reducciones moralistas de la fe cristiana, frente a las que debemos estar vigilantes cada día.


Varios Autores: Catolicismo y Judaísmo, el diálogo entre judíos y cristianos. Planeta-Testimonio, 2005. 180 páginas.
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