Quizá ante el pertinente y oportuno silencio oficial y oficioso de la Conferencia Episcopal, al estratega informativo de turno no se le ocurrió otra manera de conocer cuál es la reacción de la Iglesia ante las acusaciones de la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, que sentarse en el banco de la Basílica de san Miguel, en Madrid, y suponemos que con más que atenuada devoción, tomar nota de lo que el sacerdote decía a los fieles. Ya nos maliciamos al ministro de turno diciendo a quien corresponda, cuando se sienten en la mesa del diálogo, aquello de que mirad cómo actuáis que los curas llaman desde los púlpitos a los cristianos a la movilización… de conciencias, suponemos. Algún medio se ha preocupado por saber si el periodistas de la SER se acreditó convenientemente ante el sacerdote, en la sacristía o en el confesionario del templo madrileño. No consta que ningún periodista se presentara como tal y dijera que su presencia era algo más que pura y sana devoción.
Si el Grupo PRISA y los que escribe sus dictados piensan que todo vale contra la Iglesia, se equivocan. Quizá no nos debiera sorprender este extremo, dado que una de las características más generalizadas de las técnicas propagandísticas el marxismo-leninismo es la aceptación práctica de que el fin justifica todos los medios, y los miedos, lo que conduce a la generalización de la mentira y a la sistematización del engaño y la perversión moral de las conciencias. Además, en el caso que nos ocupa de una descontextualización galopante de la frase del predicador de turno. Pues anda que no tienen los de la SER horas y horas de homilías por toda España, con sacerdotes de las más variadas procedencias, sensibilidades, estilos y formas de predicar, para sacar titulares.
Si a este fenómeno social inducido por el poder, se le añade la manipulación y generalización de la historia con estereotipos más que manidos, nos encontramos con la imagen que desde el socialismo se quiere ofrecer de la Iglesia hoy, en España, como fuente deslegitimadora de su presencia y de su discurso público. No es casual que cuando a los ministros socialistas se les suelta el pelo de la espontaneidad, nos brinden consideraciones tales como la teoría de la casposidad de la Iglesia, de José Blanco, o la de los poderes reaccionarios –curas y jueces- de la vicepresidenta, en un alarde de radicalización del discurso laicista digno de las antologías del buen gobierno, con talante y para todos los ciudadanos. Menos mal, por cierto, que la señora dos habló de los jueces y de los curas, y se olvidó de los militares, acaso porque esa gestión y ese negociado le ha sido encomendado al católico ministro José Bono.