
Dícese, según la Real Academia Española, de quien "habla mucho y vanamente": tal es el caso de la Señora Vicepresidenta Primera del Gobierno. Al parecer, la Sra. Fernández de la Vega, no ha llegado a entender que ella, junto a otros colegas, están gobernando bajo la más sabia jefatura del Presidente del Gobierno y que, para bien o para mal, mientras así sea, terminó para ellos la época de las pancartas, de las descalificaciones, de las falsas atribuciones, iniciando, en su lugar, la etapa de los decretos, órdenes ministeriales, resoluciones, etc.
Los métodos admisibles a un gobernante son claramente diferentes de los que puedan aceptarse a un miembro de la oposición, el cual, con frecuencia, se encuentra lanzado al vocerío, como única alternativa, ante la ausencia de consideración que merecen sus argumentos o, incluso, ante la falta de oportunidad para exponerlos.
A decir de la señora Fernández de la Vega, aunque refugiándose de modo infantil en un ministro laborista británico, curas y jueces son "sectores inmovilistas" y "tenebrosos" que "se oponen a las reformas" y "que ponen pegas a los avances". Semejantes improperios merecen, cuando menos, algún comentario, más aún cuando la que así se manifestaba situaba su gratuita, falsa y mordaz afirmación en un escenario temporal y espacial de "hace siglos, en Europa".
Me da la impresión de que el umbral histórico en el que se mueve la señora Vicepresidenta, o al menos el que ella conoce, si hay que presumir que algo conoce, se remonta, probablemente, a la transición; algunos de sus colegas se alargan a la Segunda República, pero hay razones para pensar que la suya se limita a un trecho mucho más breve. La afirmación de la señora Fernández de la Vega nos llevaría a la conclusión de que Europa, su conocimiento, su historia, su arte, sus descubrimientos, su saber en definitiva, se debe a ese providencial socialismo que, por fortuna de todos, sólo ha gobernado en momentos puntuales, estadísticamente insignificantes y, que gracias a su carácter anecdótico, los europeos hemos sido capaces de superar con el buen hacer de las otras ideologías, los males que acarrearon las etapas del socialismo.
Para la señora Vicepresidenta, el arte, la música, la filosofía, la tradición del saber grecorromano y su cultura, y hasta la institución más significativa para el avance de la sociedad y el conocimiento, la Universidad, debieron tener su origen en Karl Marx, o quizá, siendo esto demasiado pretencioso, sencillamente, en el señor Iglesias, Don Pablo, o vayan ustedes a saber si en la LRU. Por cierto, no dirán que no es chocante que Don Pablo se llamase Iglesias y que, ahora, sus cachorros arremetan contra ella y doña María Teresa, en concreto, también contra los curas.
Pues no, doña María Teresa, para no extenderme, esa benemérita institución, en concreto, que llamamos Universidad, fue creada por la Escolástica, teniendo como maestros destacados a inmovilistas y tenebrosos sujetos como un San Alberto Magno o su discípulo Santo Tomás de Aquino. Estos y tantos otros eclesiásticos, teniendo de hecho el monopolio del saber, hasta entonces enclaustrado en los monasterios, tuvieron la generosidad de sacarlo a la calle para el bien de todos y para su abierta participación; justo lo contrario de aquello que le gustaría hacer a su partido que, a poco que pudiera, amordazaría a la Universidad para ponerla al servicio de sus intereses partidistas.
Así que inmovilistas... ¿cómo puede hablar de este modo quien profesa una ideología obsoleta y caduca? Cuando hace muchos años algunos anunciábamos el fracaso del sistema en la realidad material de la Unión Soviética –hablo de los años setenta–, se defendían los teóricos del socialismo tratando de desviar la atención hacia la China de Mao. Aquello sí que era socialismo. ¿Hacia dónde tenemos que mirar hoy? De aquellos que se hacían pasar por socialistas serios, ni siquiera nos queda ya Albania. Pero veo que la señora Vicepresidenta sigue en la nube de un recuerdo de lo que nunca fue. La diferencia entre el inicio de los setenta y el comienzo del tercer milenio es que hoy ya nadie se lo cree. Deben quedar la señora Fernández de la Vega y muy pocos más.
Solo una gran falta de sensibilidad y mayor carencia de percepción, le pueden permitir hablar de inmovilismo cuando el ritmo al que se mueve quien así juzga es el del popular cangrejo; es decir, hacia atrás. En su caso, sería buena cosa ser inmovilista porque, al menos, le permitiría no retroceder. Con gran dolor de corazón, acabo de ver que en ustedes no se cumple uno de los principios que yo daba por evidente y que puede leerse en la "Acción Humana" de Ludwig von Mises. Para él, toda acción humana sólo se concibe para mejorar pues, incluso para seguir igual, no es racional el actuar del hombre, y si usted se siente mejor, tampoco la de la mujer. No había comprobado Mises que hay conductas que se desarrollan para empeorar, por increíble e irracional que parezca.