
Vargas Llosa se retrata como lector de esta novela "total", entre envidioso y maravillado, se declara admirador de un autor que supo comprometerse con el mundo a través de una obra grandiosa donde Javert y Valjean, Cosette y el obispo Myriel…, el pueblo como un océano inmenso, siempre poderoso se expresa en sus dolores y alegrías. El peruano con su libro nos comunica su experiencia de lector, -"Yo sé que aquel invierno del año 50, con uniforme, garúa y neblina, en lo alto de del acantilado de La Perla, gracias a Los Miserables la vida fue para mí mucho menos miserable", declara en el prólogo-, y más adelante nos encandila con las descripciones de la obra.
Pero si la vida hecha literatura fascina también tiene la inmensa virtud de despertar en nosotros la insatisfacción. Y no es poco, porque como decía Kafka de casi nada valen aquellas novelas que no quiebren la mar helada que llevamos dentro porque esas las podríamos escribir nosotros mismos. Y hablando de insatisfacciones, parece que Vargas Llosa encuentra en esta insatisfacción el punto de llegada de un desencanto cósmico. El placer de la literatura descubre mundos imposibles que parecen producir desaliento en el autor que leyendo a Víctor Hugo percibe su grandeza inmensa, su fuerza arrasadora, el drama inmenso del bien y del mal, la misericordia, la compasión y el odio asfixiante pero también el hambre de más, el apetito que desea ser saciado.
Desde esta paradoja que produce la ficción: sorpresa maravillada y ansia de vida, el crítico da un paso más atribuyendo a la literatura el poder de hacer vivir lo imposible y olvidar la realidad: "Lo cierto es que, aunque en menor escala, todas las ficciones hacen vivir a los lectores "lo imposible", sacándolos de su yo particular, rompiendo los confines de su condición, y haciéndolos compartir, identificados con los personajes de la ilusión, una vida más rica, más intensa o más abyecta y violenta, o simplemente diferente de aquella en la que están confinados en esa cárcel de alta seguridad que es la vida real. Las ficciones existen por eso y para eso. Porque tenemos una sola vida y nuestros deseos y fantasías nos exigen tener mil. Porque el abismo entre lo que somos y lo que quisiéramos ser debía ser llenado de alguna manera. Para eso nacieron las ficciones: para que, de esa manera vicaria, temporal, precaria y a la vez apasionada y fascinante, como es la vida a la que ellas nos trasladan, incorporemos lo imposible a lo posible"
Si esto es así, es decir, si la vida real es una "cárcel", frente al mundo de la libertad que produce la literatura, Vargas Llosa quiere creer que el escritor es como Dios y atribuye al francés su propia aspiración, la intención de emular a Dios, es por esta razón por la que considera que su obra es deicida; término que ya había utilizado para describir la obra de García Márquez en García Márquez: historia de un deicidio (1971). La escritura se considera así como la suprema tentación, la que ya expulsó a Adán del Paraíso, la de ser como Dios. Aquí si cabe, algo más sofisticada, porque es a través de la obra literaria como se intenta emular a Dios y negar la realidad, es decir, su creación divina. Señalando la intención deicida de Víctor Hugo, no sabemos si Vargas Llosa refleja la voluntad del escritor francés, pero desde luego sí la propia, calmar la insatisfacción con vida vicaria.