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LA TENTACIÓN DE LO IMPOSIBLE

Vargas Llosa, lector de Víctor Hugo

Acaba de publicarse la larga crítica del escritor Mario Vargas Llosa a Los Miserables de Victor Hugo. Se trata de la versión abreviada del curso que el escritor peruano dictó en la Universidad de Oxford en abril y mayo de 2004 y que ahora recoge en volumen la editorial Alfaguara, se titula La tentación de lo imposible.

Acaba de publicarse la larga crítica del escritor Mario Vargas Llosa a Los Miserables de Victor Hugo. Se trata de la versión abreviada del curso que el escritor peruano dictó en la Universidad de Oxford en abril y mayo de 2004 y que ahora recoge en volumen la editorial Alfaguara, se titula La tentación de lo imposible.
Cubierta del libro La tentación de lo imposible, de Mario Vargas Llosa
Vargas Llosa se retrata como lector de esta novela "total", entre envidioso y maravillado, se declara admirador de un autor que supo comprometerse con el mundo a través de una obra grandiosa donde Javert y Valjean, Cosette y el obispo Myriel…, el pueblo como un océano inmenso, siempre poderoso se expresa en sus dolores y alegrías. El peruano con su libro nos comunica su experiencia de lector, -"Yo sé que aquel invierno del año 50, con uniforme, garúa y neblina, en lo alto de del acantilado de La Perla, gracias a Los Miserables la vida fue para mí mucho menos miserable", declara en el prólogo-, y más adelante nos encandila con las descripciones de la obra.
 
Pero si la vida hecha literatura fascina también tiene la inmensa virtud de despertar en nosotros la insatisfacción. Y no es poco, porque como decía Kafka de casi nada valen aquellas novelas que no quiebren la mar helada que llevamos dentro porque esas las podríamos escribir nosotros mismos. Y hablando de insatisfacciones, parece que Vargas Llosa encuentra en esta insatisfacción el punto de llegada de un desencanto cósmico. El placer de la literatura descubre mundos imposibles que parecen producir desaliento en el autor que leyendo a Víctor Hugo percibe su grandeza inmensa, su fuerza arrasadora, el drama inmenso del bien y del mal, la misericordia, la compasión y el odio asfixiante pero también el hambre de más, el apetito que desea ser saciado.
 
Desde esta paradoja que produce la ficción: sorpresa maravillada y ansia de vida, el crítico da un paso más atribuyendo a la literatura el poder de hacer vivir lo imposible y olvidar la realidad: "Lo cierto es que, aunque en menor escala, todas las ficciones hacen vivir a los lectores "lo imposible", sacándolos de su yo particular, rompiendo los confines de su condición, y haciéndolos compartir, identificados con los personajes de la ilusión, una vida más rica, más intensa o más abyecta y violenta, o simplemente diferente de aquella en la que están confinados en esa cárcel de alta seguridad que es la vida real. Las ficciones existen por eso y para eso. Porque tenemos una sola vida y nuestros deseos y fantasías nos exigen tener mil. Porque el abismo entre lo que somos y lo que quisiéramos ser debía ser llenado de alguna manera. Para eso nacieron las ficciones: para que, de esa manera vicaria, temporal, precaria y a la vez apasionada y fascinante, como es la vida a la que ellas nos trasladan, incorporemos lo imposible a lo posible"
 
Si esto es así, es decir, si la vida real es una "cárcel", frente al mundo de la libertad que produce la literatura, Vargas Llosa quiere creer que el escritor es como Dios y atribuye al francés su propia aspiración, la intención de emular a Dios, es por esta razón por la que considera que su obra es deicida; término que ya había utilizado para describir la obra de García Márquez en García Márquez: historia de un deicidio (1971). La escritura se considera así como la suprema tentación, la que ya expulsó a Adán del Paraíso, la de ser como Dios. Aquí si cabe, algo más sofisticada, porque es a través de la obra literaria como se intenta emular a Dios y negar la realidad, es decir, su creación divina. Señalando la intención deicida de Víctor Hugo, no sabemos si Vargas Llosa refleja la voluntad del escritor francés, pero desde luego sí la propia, calmar la insatisfacción con vida vicaria.
 
La lectura que Vargas Llosa hace de Víctor Hugo es especular y temprana desde el momento que titula el ensayo La tentación de lo imposible y sincera desde su punto de vista, porque imposible es hacer lo irreal real. El autor de La tía Julia y el escribidor, sentándose en el banco de los escritores deicidas, se confiesa encarcelado en la vida real y queriendo construir un mundo total de ficción. Por eso a su lectura de Víctor Hugo cabe oponer otra, porque si conocer el mundo de Los Miserables abre el apetito de vida, también puede revelar el misterioso valor de la materia en la que un hombre -Jean Valjean- puede condenarse por haber robado un trozo de pan o experimentar la misericordia regeneradora de Myriel delante de una pieza de plata, leer esto nos puede devolver a la realidad. No es esta la lectura de los satisfechos y sí la de los que no podemos volver a comer el pan sin cierto temblor por los que pasan hambre, ni sentir la tentación de poseer lo que no es nuestro, sin tener en el rabillo del ojo esa plata que en manos clementes puede llegar a ser vehículo de misericordia. Ya lo decía Pèguy la grandeza de Víctor Hugo es que amaba la materia y amar la materia no es sustituirla, es amarla y amándola se puede recrear.