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IGLESIA Y GOBIERNO

Diálogo poliédrico

Cuando uno se asoma al escenario mediático de lo que se ha dado en llamar la confrontación entre la Iglesia y el Gobierno Zapatero, se tiene que pertrechar de un buen descodificador para enterarse de algo. Para ilustrar el tema, basta seguir las noticias de los últimos días al respecto. Se nos cuenta que, con su reciente discurso ante la Plenaria episcopal, el Cardenal Rouco ha girado unos grados el timón y ha embocado la nave eclesial hacia las tranquilas aguas del diálogo.

Cuando uno se asoma al escenario mediático de lo que se ha dado en llamar la confrontación entre la Iglesia y el Gobierno Zapatero, se tiene que pertrechar de un buen descodificador para enterarse de algo. Para ilustrar el tema, basta seguir las noticias de los últimos días al respecto. Se nos cuenta que, con su reciente discurso ante la Plenaria episcopal, el Cardenal Rouco ha girado unos grados el timón y ha embocado la nave eclesial hacia las tranquilas aguas del diálogo.
Alegría y alborozo por doquier, aunque eso sí, desde la orilla del PSOE se advierte que tal ejercicio (el diálogo) debe hacerse "en la verdad" y "respetando al Gobierno". Y de paso, se recomienda a la Conferencia Episcopal, que como muestra de buena voluntad, desactive la "movilización preventiva" de los católicos.
 
Diálogo en la verdad significa, por ejemplo, reconocer que por muchos millones de votos que lo avalen, un Gobierno no dispone jamás de un cheque en blanco, y menos aún para modelar la mentalidad social a su antojo. Significa aceptar que hay sujetos sociales con profundo arraigo y notable solera, que pueden criticar duramente las políticas gubernamentales, sin verse por ello amenazados con el exilio de la vida pública. Significa también que cuando se habla de "derechos sociales", no basta poner sobre la mesa unos ambiguos datos del CIS o unos revenidos prejuicios ideológicos, sino razones de peso relativas al bien común de una sociedad.
 
Y por supuesto, diálogo en la verdad significa aceptar que los ciudadanos católicos, libremente asociados, tienen el mismo derecho que cualquiera a manifestar su opinión y hacer valer su peso social en la calle y en los medios de comunicación. Porque dudo mucho que el Gobierno se atreviera a calificar las manifestaciones de los trabajadores de IZAR como "movilizaciones preventivas" o que pidiese a los sindicatos que renunciasen a su derecho a la huelga cuando discrepan de su política económica, apoyada naturalmente por once millones de votos, como todo el mundo sabe.
 
Para aclararnos en este puzzle deliberadamente revuelto, tenemos que distinguir dos ámbitos bien precisos: el que se refiere a los valores que sostienen nuestra convivencia civil, y el que afecta al propio ejercicio de la libertad de la Iglesia en cuanto sujeto social sui generis. En cuanto al primer capítulo, lo raro no es la discrepancia sino la impugnación que de ésta viene realizando el Gobierno. Si se debate sobre la protección de los embriones humanos, la definición del perfil de la familia o el trato a los inmigrantes, la Iglesia (no sólo los obispos, sino las diferentes instituciones eclesiales y también los seglares católicos libremente organizados) tiene tanto derecho a sostener su postura como cualquier otro sujeto social, y por tanto deberá someterse a la crítica y al contraste de pareceres sin privilegios, pero también sin linchamientos políticos y mediáticos.
 
Por lo que se refiere al capítulo de su propio estatuto civil, un buen punto de partida es el reconocimiento que acaba de realizar el Secretario de Organización del PSOE, José Blanco, sobre la dimensión pública del hecho religioso y la dimensión institucional de las Iglesias. Esa es la madre del cordero, ese es el punto sobre el que no cesa un mareante zig-zag entre la sensatez, que en este caso ha encarnado Blanco, y la ideología, que destila el clan de Peces Barba y sus numerosos compañeros. Ya es hora de aclarar que la posibilidad real de que la Iglesia viva, se exprese, eduque y construya, es una garantía de pluralidad, vertebración social y defensa de las bases de nuestra convivencia: por lo menos esto, lo puede reconocer cualquier observador, por muy laico que se repute. Cuestiones como la asignatura de Religión o la financiación, deberían enfocarse desde esa perspectiva auténticamente laica, y no desde la antipatía sectaria que tantas veces adorna a los líderes socialistas hispanos. Por desgracia, en esto como en otras cosas, el PSOE suele mirar más hacia París que hacia Londres o Berlín. En todo caso, no falta materia para abordar el diálogo. Claro que, bien mirado, el Cardenal Rouco no ha hecho sino actualizar el discurso que ya pronunció en similar ocasión el pasado mes de Mayo. Pero nunca es tarde, si la dicha es buena.