
La razón de estas insuficiencias deriva, sin lugar a dudas, de la variabilidad de la condición humana que, gracias a Dios, se resiste a ser modelizada y a obedecer a unos parámetros que intentan robotizarla. Esa variabilidad, producto indubitado de la libertad de la persona humana, unida a la amplia y diversa gamas de fenómenos que influyen en el actuar de la persona, es lo que lleva a las ciencias sociales a tener que basarse en hipótesis que, cuando son significativas y están cercanas a la realidad permitirán resultado certeros, apartándose de éstos, cuando su construcción no pasa de ser un capricho intelectual.
Hasta aquí, nada hay que llame la atención, de tal modo que podría establecerse un cierto paralelismo entre aquel biólogo, físico o geólogo, sentados ante el microscopio observando una realidad que les es ajena, y el sociólogo, antropólogo o economista, haciéndose un hueco en ese mismo escenario para examinar una hipotética realidad de la que, quizá inadvertidamente, él forma parte sustantiva. Una realidad a la que no se puede sustraer, y en la que imprimirá su huella personal, quizá tanto más cuanto más se empeñe en demostrar su objetividad y alejamiento del fenómeno investigado.
Pues bien, ese investigador, con pretensión de aséptico en la esfera social, acaba cifrando unas hipótesis con el fin de establecer un marco para el análisis, de un lado, y, de otro, de restringir las variables a contemplar, dada la indeterminación cuantitativa de las mismas, en la mayoría de los casos. Las hipótesis así determinadas están, con frecuencia, muy alejadas de cualquier realidad.
La más generalizada de todas ellas, en el campo de las ciencias sociales, y más en concreto de las económicas, es la de suponer que todas las demás circunstancias, fuera de las que se toman como variables determinantes, permanecen constantes. A partir de este esquema básico, se inicia la posibilidad de marcar hipótesis diferentes para comprobar el resultado, que sólo sería cierto, si aquellas también lo fueran. Ni que decir tiene que los supuestos de partida pueden no tener la mínima conexión con la realidad, por lo que el resultado del proceso no pasaría de ser un viaje deleitante del investigador a través de un mundo fantástico, que sólo a él le complace.
A estas alturas se preguntará el lector a qué viene todo esto, más aún cuando, si miramos la composición del Gobierno, no es, y no tendría por qué serlo, una muestra de rigor en la investigación de los problemas del país. Sin embargo, sí que parece que sus miembros han sido presa de los vicios de supuestos irreales, arrastrando sus decisiones a zonas de torpeza inimaginables, que ni siquiera se darían cuando el azar hubiera determinado la elección.
La decisión de Educación de crear plazas de docentes de Islam, es el simple resultado y ejemplo elocuente de una serie concadenada de hipótesis, todas ellas erróneas. El proceso podría ser del tenor siguiente:
Supongamos que el Islam es simplemente una religión más, que tiende al perfeccionamiento de la persona humana, que reconoce y defiende la dignidad que le es inalienable, los derechos que emanan de ella, y cuya persona está llamada a vivir en sociedad, fraternal y solidariamente.
Supongamos que las mezquitas son simplemente templos, como cualesquiera otros; lugares de oración y de culto a Dios, razón última de nuestra existencia y fin al que ésta se dirige.
Supongamos que los imanes son simplemente sacerdotes, como los de tantas otras iglesias, ministros del sagrado oficio y guías espirituales para orientación de los fieles en el camino de perfección voluntariamente elegido.
Supongamos, finalmente, que los profesores de Islam son simples profesores, como tantos otros docentes, que imparten sus enseñanzas para contribuir a mejorar el conocimiento, a enriquecer la dimensión espiritual de la comunidad de hombres y mujeres singulares a fin de comprender mejor su papel en la vida, en la sociedad, y para ordenar sus preferencias atendiendo a una escala de valores de grandeza de corazón y pureza de costumbres.
Por lo que, sobre la base de todas estas hipótesis, procede convocar plazas de profesores para atender las necesidades docentes en el saber del Islam.
El proceso, no puede ser más lógico y el resultado más natural. La única nota discrepante a destacar es que todas las hipótesis o supuestos enunciados son, sin excepción, falsos. Ni el Islam, tal como nos llega en nuestros días y a nuestras tierras, es una simple religión; ni las mezquitas equivalen a catedrales o iglesias; ni los imanes tienen mucho que ver con los sacerdotes, al menos con los católicos; ni los profesores que atenderán las necesidades islámicas estarán próximos a sus colegas de Historia, Química, Economía, Derecho o Filosofía.
No obstante, en un momento en el que el rigor no es la nota más destacada, la decisión anunciada puede satisfacer las aspiraciones del ministro más exigente.