
Podemos releer el texto en su libro “Teología breve al filo de los días”. Allí dice: “La Iglesia predica la castidad. La sexualidad humana no es ni una evasión, ni un objeto de consumo; es cauce maravilloso para expresar un amor verdadero. La castidad no es la represión de la sexualidad, sino la fuerza virtuosa que le da sentido humano. Lo cual, como todo lo que vale, tiene un precio. El cardenal predica la castidad, sin que ello le impida lo más mínimo visitar a los enfermos de SIDA en los muchos centros que la Iglesia ha creado para ellos, ni predicar la justicia social para los más de ocho millones de pobres, cuya existencia en España ha detectado y denunciado Cáritas. La Iglesia muestra con palabras y con hechos que no hay por qué enfrentar la castidad a la caridad ni a la justicia. Al revés, las tres son inseparables amigas que decaen o prosperan juntas”.
A estas alturas del serial “Iglesia y preservativo”, lo primero que hay que tener en cuenta es que las palabras del secretario general de la Conferencia Episcopal española, al término de su entrevista con la ministra de Sanidad, no han sido la causa sino el pretexto y la justificación que ha permitido a los más confundir sus deseos con la realidad y hacer de la Iglesia una pelota de goma que se estira y se encoge en su doctrina, y que, además, no está al margen del pimpampum social. La Iglesia nunca ha considerado que el preservativo sea la solución ante el Sida. Es su doctrina sobre la sexualidad, y por tanto sobre el hombre, su antropología, la garantía más segura de la defensa del hombre frente a cualquier tipo de agresión física y psíquica. Lo que dijo el jesuita Juan Antonio Martínez Camino tenía un contexto. Dudo mucho que, en esa improvisada estrategia informativa de las declaraciones a pie de obra, alguien crea que lo afirmado por el portavoz de los obispos estuviera referido a la cualificación moral que a la doctrina de la Iglesia le merecen los actos sexuales en los que se usa el preservativo. La propuesta de The Lancet es un aval científico a lo que la Iglesia lleva afirmando muchos siglos: la base de la lucha contra el Sida son la castidad y la fidelidad. Cuestión de otra naturaleza moral es la de los casos últimos, de conciencia, que nunca se deben convertir en norma moral. En este sentido, la Iglesia sabe muy bien que conviene no convertir el micrófono en un confesionario. Y, también, que todo texto, fuera de su contexto, se convierte en un pretexto, una vez más.
La Iglesia es consciente de que, en esta materia, se ha quedado sola en el escenario de la defensa de la dignidad humana, de la dignidad de la sexualidad y de las bases sobre las que se establece la relación entre el hombre y la mujer: el amor como donación. El utilitarismo que impregna la percepción de las relaciones sexuales está muy lejos de la concepción cristiana del hombre. Y, pese a que la Iglesia se quede afónica en su afirmación de la verdad, no necesita que la jaleen y le den empujones para que, desde dentro, progrese su moral. El progreso de su propuesta moral no puede traspasar nunca los límites de los principios recibidos del Evangelio y de la tradición apostólica.