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SOLOS CON LA DIGNIDAD HUMANA

¿Es posible vivir la moral católica?

Enero de 1999. La Comunidad Autónoma de Madrid pone en marcha una campaña de prevención del SIDA bajo el lema “Si te lías…úsalo” con el condón como protagonista principal. El cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco, publica una carta pastoral, titulada ¿El mejor regalo de Reyes de 1999?, en la que critica duramente esa campaña. Una de las personas que escribe un atinado artículo en defensa de la doctrina de la Iglesia y en contra de la campaña es…el padre Juan Antonio Martínez Camino.

Enero de 1999. La Comunidad Autónoma de Madrid pone en marcha una campaña de prevención del SIDA bajo el lema “Si te lías…úsalo” con el condón como protagonista principal. El cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco, publica una carta pastoral, titulada ¿El mejor regalo de Reyes de 1999?, en la que critica duramente esa campaña. Una de las personas que escribe un atinado artículo en defensa de la doctrina de la Iglesia y en contra de la campaña es…el padre Juan Antonio Martínez Camino.
Campaña por el uso del preservativo
Podemos releer el texto en su libro “Teología breve al filo de los días”. Allí dice: “La Iglesia predica la castidad. La sexualidad humana no es ni una evasión, ni un objeto de consumo; es cauce maravilloso para expresar un amor verdadero. La castidad no es la represión de la sexualidad, sino la fuerza virtuosa que le da sentido humano. Lo cual, como todo lo que vale, tiene un precio. El cardenal predica la castidad, sin que ello le impida lo más mínimo visitar a los enfermos de SIDA en los muchos centros que la Iglesia ha creado para ellos, ni predicar la justicia social para los más de ocho millones de pobres, cuya existencia en España ha detectado y denunciado Cáritas. La Iglesia muestra con palabras y con hechos que no hay por qué enfrentar la castidad a la caridad ni a la justicia. Al revés, las tres son inseparables amigas que decaen o prosperan juntas”.
 
A estas alturas del serial “Iglesia y preservativo”, lo primero que hay que tener en cuenta es que las palabras del secretario general de la Conferencia Episcopal española, al término de su entrevista con la ministra de Sanidad, no han sido la causa sino el pretexto y la justificación que ha permitido a los más confundir sus deseos con la realidad y hacer de la Iglesia una pelota de goma que se estira y se encoge en su doctrina, y que, además, no está al margen del pimpampum social. La Iglesia nunca ha considerado que el preservativo sea la solución ante el Sida. Es su doctrina sobre la sexualidad, y por tanto sobre el hombre, su antropología, la garantía más segura de la defensa del hombre frente a cualquier tipo de agresión física y psíquica. Lo que dijo el jesuita Juan Antonio Martínez Camino tenía un contexto. Dudo mucho que, en esa improvisada estrategia informativa de las declaraciones a pie de obra, alguien crea que lo afirmado por el portavoz de los obispos estuviera referido a la cualificación moral que a la doctrina de la Iglesia le merecen los actos sexuales en los que se usa el preservativo. La propuesta de The Lancet es un aval científico a lo que la Iglesia lleva afirmando muchos siglos: la base de la lucha contra el Sida son la castidad y la fidelidad. Cuestión de otra naturaleza moral es la de los casos últimos, de conciencia, que nunca se deben convertir en norma moral. En este sentido, la Iglesia sabe muy bien que conviene no convertir el micrófono en un confesionario. Y, también, que todo texto, fuera de su contexto, se convierte en un pretexto, una vez más.
 
José Bono, empujando desde dentroLa Iglesia es consciente de que, en esta materia, se ha quedado sola en el escenario de la defensa de la dignidad humana, de la dignidad de la sexualidad y de las bases sobre las que se establece la relación entre el hombre y la mujer: el amor como donación. El utilitarismo que impregna la percepción de las relaciones sexuales está muy lejos de la concepción cristiana del hombre. Y, pese a que la Iglesia se quede afónica en su afirmación de la verdad, no necesita que la jaleen y le den empujones para que, desde dentro, progrese su moral. El progreso de su propuesta moral no puede traspasar nunca los límites de los principios recibidos del Evangelio y de la tradición apostólica.
 
Este caso, producido por la suma algo más que controlada de descontextualizaciones, ha levantado la tapa de los fantasmas familiares del disenso interno en materias que afectan a la moral de la persona. Muchos aplausos no lo eran por el análisis del argumento sino por la inversión que suponían las interpretaciones de las primeras palabras del portavoz episcopal como ratificación de que ciertos principios que sostiene el magisterio, en cuestiones de sexualidad, son hoy insostenibles. Uno de los clásicos argumentos que se utilizan es el del número de católicos que no siguen los preceptos de la moral católica. Falso argumento que no deslegitima el valor de las tesis defendidas por la doctrina, por más que se empeñen en repetir que la moral católica es imposible de cumplir. Imposibilidad acrecentada si nos empeñamos en que nuestra voluntad se rija por los fáciles titulares periodísticos, reflejo del imaginario social, y no por la ayuda de Dios que perfecciona la naturaleza y no anula nuestras intenciones, ni nuestra razón. Pero claro, esta cuestión es de otro orden, y pertenece a otro marco. Incompatible con el juego que marcan los árbitros de lo políticamente correcto en nuestra sociedad.
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