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LECCIONES DE LOS MAESTROS

¿Ya no hay tiempo para otra lección?

Se podría pensar que el último libro de Steiner, Lecciones de los maestros, es un texto para profesores, maestros y gentes dedicadas a la enseñanza y, sin embargo, este ensayo es una reflexión sobre la cultura y uno de los ensayos más serios sobre la historia de la mentalidad occidental. Desde su doble origen –el griego y el judío-, Steiner aborda un agudo diagnóstico y valoración de la cultura actual.

Se podría pensar que el último libro de Steiner, Lecciones de los maestros, es un texto para profesores, maestros y gentes dedicadas a la enseñanza y, sin embargo, este ensayo es una reflexión sobre la cultura y uno de los ensayos más serios sobre la historia de la mentalidad occidental. Desde su doble origen –el griego y el judío-, Steiner aborda un agudo diagnóstico y valoración de la cultura actual.
Lecciones de los maestros, de George Steiner
La enseñanza, corazón de la historia
 
La concepción de la cultura que el autor ya había mostrado en libros anteriores -Errata, Pasión intacta, Gramáticas de la creación, etc- consiste en la revisión crítica y sistemática que los grandes maestros han hecho sobre la riqueza de una herencia recibida. Son maestros porque partiendo de un legado fueron o son capaces de introducir las novedades que ofrecía la historia y poner de manifiesto las nuevas posibilidades educativas o denunciar los procesos deseducativos. En este sentido, las “lecciones de los maestros” se ofrecen como el corazón de la historia y las diferentes personalidades como los paradigmas de una evolución histórica. La enseñanza, lejos de concebirse como una sección de cualquier proceso cultural, se propone como la dimensión fundamental de cualquier experiencia humana y de los movimientos generales de generaciones –en su evolución temporal- o pueblos –en su dimensión espacial-:
 
“Inmersos como estamos en unas formas de enseñanza casi innumerables –elemental, técnica, científica, humanística, moral y filosófica-, raras veces nos paramos a considerar las maravillas de la transmisión, los recursos de la falsedad, lo que yo llamaría –a falta de una definición más precisa y material- el misterio que le es inherente”. Contestar a las preguntas que plantea el autor a continuación, “¿Qué es lo que confiere a un hombre o a una mujer el poder para enseñar a otro ser humano? ¿Dónde está la fuente de su autoridad?”, son cuestiones claves no sólo en las instancias educativas clásicas –escuela y universidad- sino en otras instancias que participan de esta dimensión como la política o los medios de comunicación social.
 
 
La responsabilidad del maestro
 
George SteinerSteiner, a la vez que se ensimisma con las figuras de los grandes maestros, despierta el gusto por la enseñanza, ayuda a distinguir las consecuencias de una mala enseñanza: “Enseñar con seriedad es poner las manos en lo que tiene de más vital un ser humano. Es buscar acceso a la carne viva, a lo más íntimo de la integridad de un niño o de un adulto. Un Maestro invade, irrumpe, puede arrasar con el fin de limpiar y reconstruir. Una enseñanza deficiente, una rutina pedagógica, un estilo de instrucción que, conscientemente o no sea cínico en sus metas meramente utilitarias, son destructivas. Arrancan de raíz la esperanza. La mala enseñanza es, casi literalmente, asesina y, metafóricamente, un pecado. Disminuye al alumno, reduce a la gris inanidad el motivo que se presenta. Instila en la sensibilidad del niño o del adulto el más corrosivo de los ácidos, el aburrimiento, el gas metano del hastío”. Como dice el profesor italiano Carmine di Martino: “La educación se da sólo allí dónde está lo humano y lo humano se da allí donde hay educación”. Es decir, la educación coincide con un proceso permanente en la vida del hombre, es un desarrollo de una humanidad ya presente en el principio de la existencia, en virtud de la cual se puede saber si una autoridad educativa exalta o acalla lo más genuinamente humano. La enseñanza puede hacer salir lo mejor del yo, hacer emerger la libertad del alumno: “Como sostenía san Agustín, la teoría de la pedagogía guarda relación con el enigma del libre albedrío. Tiene que luchar con la proposición de que el dictado e incluso la presciencia de Dios no excluyen la elección humana. El discípulo está en libertad de desechar, de revalorizar, de considerar como meramente hipotéticos los preceptos de su Maestro”.
 
Steiner hace un significativo recorrido por las diferentes formas de enseñanza europeas, los métodos educativos de Sócrates, Platón, Jesús, San Agustín, Dante, Husserl, Heidegger, Bourget, Nietszche, Hesse etc., en donde los silencios son también significativos. Realiza una revisión crítica en la que desmitifica periodos que han pasado como épocas especialmente luminosas pero que no ofrecieron ni novedad ni profundidad en la transmisión del saber.
 
 
Un epílogo imprescindible
 
George SteinerLa obra se ofrece como una tesis que exige una lectura ordenada y completa en la que se hace historia a través de los grandes maestros. De la mano del autor llegamos al magnífico epílogo que vuelve a confirmar la necesidad de enjuiciar la educación como un fenómeno global en el que estamos inmersos y que, hoy, plantea retos y problemas (“La necesidad de transmitir conocimientos y habilidades, el deseo de adquirirlos, son unas constantes de la condición humana. El Magisterio y el aprendizaje, la instrucción y su adquisición tienen que continuar mientras existan las sociedades. La vida tal como la conocemos no podría seguir adelante sin ellos. Pero ahora se están produciendo cambios importantes”). Nuestra cultura se asienta en una serie de cambios de método en la enseñanza a los que Steiner atiende en esta última parte. El primero es la denuncia por la estrechez de una cultura que pretende utilizar un solo método para llegar al conocimiento, el científico. Un universalismo científico que se aprovecha de la globalización del uso de Internet que, para Steiner, supone cambios en la conciencia, en los hábitos perceptivos y en la sensibilidad recíproca que todavía se desconocen. El autor, defensor de una modalidad de transmisión presencial, cara a cara, donde hasta el olor, el sexo y los modos de un maestro transmiten un saber, lamenta la pérdida de esta forma de transmisión en un espacio virtual. Un espacio que permite la precisión pero pierde al maestro: “La pantalla puede enseñar, examinar, demostrar, interactuar con una precisión, una claridad y una paciencia superiores a las de un instructor humano. Sus recursos se pueden difundir y obtener a voluntad. No conoce el prejuicio ni la fatiga. A su vez, el aprendiz puede preguntar, objetar, replicar, en una dialéctica cuyo valor pedagógico tal vez llegue a superar el discurso hablado”. Como contrapartida de esta sumisión de la transmisión al ámbito exclusivo de lo científico y lo tecnológico, se busca responder la pregunta por el misterio que implica todo conocimiento recurriendo “al sabio terapéutico, al gurú y al chamán (…) a los curanderos, los consiglieri espirituales, los astutos charlatanes, los maestros de la “New Age” o los abastecedores de lo oculto”. Los extremos de esta cultura se muestran en esta contradicción; por un lado considera que cualquier objeto de estudio es medible y perfectible y, al mismo tiempo, recurre a explicaciones irracionales para fenómenos que no se ajustan a lo científico. La razón deja de ser la fuerza ágil que se adapta a los diferentes objetos, sugiriendo métodos, a ser rechazada a cambio de un irracionalismo ecléctico.
 
En segundo lugar señala la feminización de la cultura que implica un paso de las formas de educación patriarcales a las matriarcales y un cambio del concepto de auctoritas. En este punto elude un juicio claro de valor respecto a este proceso de feminización, aunque critica la injusticia del rechazo de todas aquellas creaciones artísticas por el mero hecho de ser obra masculina. El último rasgo de cambio que señala es el que la admiración que es característica de la educación ha cambiado su objeto, ya no se venera al que permite ahondar en la verdad sino a “la celebridad futbolística o la estrella del pop, los locos del dinero o los reyes del crimen”. Con lo que los nuevos maestros para Steiner se convierten en ídolos de cabeza de barro mientras “la idea del sabio roza lo risible”.
 
 
“Pasión intacta”
 
El diagnóstico del contexto es crítico y dramático y, sin embargo, el análisis no oscurece su concepción, es decir, que la lección de un maestro siga siendo para Steiner la mejor forma de renovar la dignidad de un individuo o de un pueblo. Transcribo sus palabras porque en su belleza se transparenta una esperanza indestructible: “Hemos visto que el Magisterio es falible (…) pero sus esperanzas siempre renovadas, la maravilla imperfecta de la cosa, nos dirigen a la dignitas que hay en el ser humano, a su regreso a su mejor yo. Ningún medio mecánico, por expedito que sea; ningún materialismo, por triunfante que sea, pueden erradicar el amanecer que experimentamos cuando hemos comprendido a un Maestro. Esa alegría no logra en modo alguno aliviar la muerte. Pero nos hace enfurecernos por el desperdicio que supone ¿Ya no hay tiempo para otra lección?”
 
Con este libro, Steiner se sitúa en esa hermandad de maestros y discípulos que han hecho la historia. El ensayo se propone como un juicio global sobre nuestra cultura y nuestra sociedad. Por eso una lectura correcta es la que comprende el significado social, histórico y hasta político que este texto tiene.
 
Steiner, George, Lecciones de los maestros, Siruela, Madrid, 2004.
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