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BENEDICTO XVI EN TIERRA SANTA

Imposible para el cálculo humano

Benedicto XVI, el valiente era el título de una crónica llegada desde Jerusalén. Está bien visto, porque el Papa ha desafiado todos los esquemas de los bien pensantes, de los administradores de la opinión pública, de los políticos y de los periodistas. Pero es una valentía que viene sólo de la fe. De la convicción de que "el mundo es un don de Dios, y que Dios ha entrado en las vicisitudes y en los acontecimientos de la historia humana, y por eso la creación tiene una razón y un fin".

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El Papa no ha llegado a Tierra Santa como una estrella de cine ni como un político, deseoso de cosechar el fácil consenso o el aplauso. Ha venido como testigo de la fe que nos llega desde los apóstoles, una fe que es fuente de vida pero también signo de contradicción. Y no eludir la contradicción es siempre una tarea ligada al Ministerio de Pedro. Unos temían que en su deseo de contentar a los judíos tras las polémicas recientes, Benedicto XVI quedara preso de los intereses de Israel; otros pensaban que el Papa-teólogo no estaría en condiciones de abordar las implicaciones históricas del conflicto que lacera la región; otros que no lograría reunir e impulsar a los cristianos para renovar su misión; otros en fin, que irritaría a los musulmanes con su empeño de anudar la fe y la razón. Pues bien, a todos los ha descolocado y desbordado.

La misa en la explanada bajo el Monte del Precipicio, en Nazaret, ha sido la mayor asamblea cristiana que jamás ha tenido lugar en territorio israelí. Hay cosas que no se pueden medir sólo al hilo de los discursos: sólo contemplando la alegría, el calor y el fervor de la multitud, podía apreciarse intuitivamente hasta qué punto la comunidad cristiana de Tierra Santa ha dejado atrás las prevenciones y se ha entregado a la unidad con su pastor y le ha agradecido este tremendo esfuerzo, este riesgo asumido en primera persona. En todos los encuentros con estos cristianos cuya historia nos liga con la fe de los apóstoles, el Papa ha recordado la frustración y el sufrimiento que han marcado su existencia, la amargura de los desplazamientos forzados, la escasez de salidas laborales, la presión de los poderosos... pero al mismo tiempo les ha hecho sentir que no están solos, que su presencia perseverante es preciosa a los ojos de Dios y de la Iglesia, y es además una semilla de futuro para esas tierras. Benedicto XVI les ha hecho entender y sentir que tienen una vocación particular, porque ellos pueden ver y tocar los lugares de la historia de la salvación.

En cuanto a los judíos, Benedicto XVI ha afrontado la prueba más dura. No se ha plegado al canon que algunos pretendían establecer, sino que ha desarrollado su propio discurso. Ha recordado que la fe cristiana se injerta en el buen olivo de Israel, representado en el árbol que él mismo ha plantado en la residencia del presidente Simón Peres. Así pues, los destinos de cristianos y judíos están misteriosamente entrelazados hasta el final de los tiempos. Desde su llegada a Tel Aviv el Papa ha condenado radicalmente el antisemitismo, cuya repugnante cabeza vuelve a levantarse hoy en diversos lugares. Ha rendido homenaje a los seis millones de hebreos exterminados por una ideología sin Dios, y ha evocado el rostro y el nombre de cada uno, un rostro y un nombre que no han podido ser borrados por los asesinos, ya que son custodiados por el Omnipotente. Todo el discurso del Papa en Yad Vashem nacía de la sabiduría contenida en la Toráh de Israel. Ha sido un alegato estremecedor contra el negacionismo, el reduccionismo y el olvido, y al mismo tiempo una proclamación de confianza total en el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios que permanece fiel a sus promesas y que no puede abandonar a su pueblo.

Por todo ello resultan incomprensibles y en algún caso claramente ofensivas, las quejas de algunos rabinos, políticos y editorialistas israelíes. Digámoslo claramente: Benedicto XVI tenía que hacer suyo el sufrimiento abrumador de las víctimas de la Shoá como hermano, como creyente y como pastor de la Iglesia. Pero no tenía por qué pedir perdón, ni como alemán ni como Papa, de un crimen del que no tiene responsabilidad alguna. Ser alemán no puede ser un estigma, y fueron miles los que sufrieron la represión del régimen totalitario. En cuanto a la Iglesia, insinuar que ella fue responsable de los crímenes del nazismo va más allá de cuanto a estas alturas se puede soportar. ¿Es este el avance en la clarificación de nuestra atormentada historia, fruto de un diálogo de decenios? ¿No han servido de nada documentos como la Nostra Aetate o "Nosotros recordamos", dedicado a la Shoá? ¿Ya se han borrado las palabras conmovedoras de Juan Pablo II en la Sinagoga de Roma o ante el Muro de las lamentaciones? Esperemos que tras el ruido de las quejas, se abra paso mansamente la impresionante plegaria del Papa en Yad Vashem, nacida del corazón de la Biblia que compartimos. Que nuestros hermanos judíos suspendan la sospecha permanente y acepten el abrazo de la paz que Benedicto XVI ha llevado a Israel en nombre de toda la Iglesia. Porque sean cuales sean nuestras cuitas, hay un hecho irreversible, el vínculo indisoluble entre el pueblo hebreo y el pueblo de la Iglesia. Hacer visible este vínculo es una de las tareas que se ha impuesto el actual pontífice, aunque le acompañe el dolor de la incomprensión de algunos a los que más estima.

La etapa en los territorios palestinos también ha descolocado a los observadores. El Papa no ha portado un discurso político sino una mirada que nace de la fe. Una mirada que no puede sino conmoverse ante la situación de injusticia que padecen ya varias generaciones de palestinos, incrementada por la trágica presencia del muro que divide familias y territorios. No ha señalado culpables, comprende la dramática necesidad de los israelíes de contar con fronteras seguras, y ha pedido a todos cuantos han sufrido que rechacen la tentación de la violencia y del terrorismo. No se trata de cuadrar el círculo sino de desatar el nudo del odio y el rencor, de abatir primero los muros levantados en los corazones, y de ofrecer después una solución razonable en términos políticos y jurídicos. Como ha dicho a la vista del Santo Sepulcro, "el Evangelio nos dice que Dios puede hacer nuevas todas las cosas, que la historia no tiene que repetirse necesariamente, que la memoria puede ser purificada, que los amargos frutos de la recriminación y de la hostilidad puede ser superados, y que un futuro de justicia, de paz, de prosperidad y de colaboración pueden surgir para el pueblo que vive en esta tierra, tan querida para el corazón del Salvador".

Quizás sólo un hombre en el mundo podía hablar con semejante libertad a palestinos e israelíes, a musulmanes y judíos. Esa ha sido su misión de paz, que sólo se explica porque, como él mismo dijo en la Basílica de la Anunciación, "el prodigio de la Encarnación continúa desafiándonos a abrir nuestra inteligencia a las ilimitadas posibilidades del poder transformador de Dios, de su amor por nosotros... la segura esperanza de que Dios continuará conduciendo nuestra historia, actuando con poder creativo para realizar los objetivos que serían imposibles para el cálculo humano".
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