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CINE

Como celebré el fin del mundo

De Rumanía nos vuelve a llegar –con 3 años de retraso– una interesante producción (coproducción con Francia, en este caso). Supone el primer largometraje del joven Catalin Mitulescu, que a su vez es coautor del guión. La revisión histórica que algunos cineastas rumanos están empezando a hacer de la época comunista de Ceaucescu ya ha dejado títulos importantes como 12:08 al este de Bucarest, 4 meses, 3 semanas, 2 días o esta, Como celebré el fin del mundo, que se llevó Premio de la Juventud Punto de Encuentro del Festival de Valladolid de 2006, además de pasar con éxito por el prestigioso Festival de Sundance.

Juan Orellana
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En este caso, la trama se sitúa en Bucarest unos meses antes de la caída de Nicolae Ceaucescu, y la descomposición del régimen nos llega desde dos puntos de vista complementarios. Por un lado, el de una adolescente de diecisiete años, Eva, que vive la situación de opresión política como un obstáculo personal en su camino hacia el amor. Por otro lado, la mirada de su hermano pequeño de siete años, Lalalilu, que juzga a Ceaucescu con la ingenuidad libre de quien no sabe medir los peligros. Doroteea Petre y Timotei Duma son los actores que magistralmente encarnan a la pareja de hermanos. Ella recibió en 2006 el premio a la mejor actriz en la sección Una cierta mirada del último Festival de Cannes.

La familia de Eva y Lalalilu se ve permanentemente condicionada por la omnipresencia del régimen. Aunque ellos no simpatizan con la dictadura –el padre hace imitaciones domésticas de Ceaucescu–, procuran vivir sin llamar la atención. Las cosas se complican cuando Eva, sin querer, rompe un busto de Ceaucescu en el colegio provocando su expulsión e ingreso en un correccional. Pero el punto de vista crítico que propone el film es a través de las metáforas amorosas de Eva. Ella se enamora primero de un hijo de un dirigente del Partido, y cuando les separan a la fuerza e ingresa en el correccional, conoce al hijo de un disidente. En ambos casos el amor se ve condicionado o frustrado por esa capacidad del régimen de entrar hasta la vida íntima de las personas. En ese sentido, cuando finalmente Eva se entrega físicamente a su novio, representa la emancipación metafórica de la persona frente al poder. Mientras, la mirada ingenua y naif de su hermano le lleva a una sorprendente decisión: asesinar a Ceaucescu con un tirachinas. Para intentarlo recurrirá a sus amigos del colegio. Esa subtrama surrealista alivia la carga dramática del film introduciendo una simpática corriente de humor.

Lo más llamativo del film es el tono de extendida tristeza –y soterrado miedo– que atraviesa el largometraje de punta a punta, sólo rota puntualmente por los destellos espontáneos del niño. Una tristeza que tiene mucho de autobiográfico, ya que Catalin Mitulescu tenía la edad de Eva cuando cayó el dictador. La tristeza no sólo se refiere a la atmósfera y al carácter de los personajes, sino también a la fotografía, lúgubre y gris, solo rota a veces por la interesante banda sonora de Alexander Balanescu, de tono folclórico. En fin, un testimonio más de la debacle humana que ha supuesto en comunismo y el estalinismo en la vieja Europa del Este. Una debacle de la esperanza. Aunque en este film queda clara la irreductibilidad de lo humano.

Mitulescu, el director, tras estudiar Geología en la Universidad de Bucarest, invirtió varios años viajando y trabajando en países como Austria, Hungría, Polonia e Italia. De vuelta a Rumanía ingreso en la escuela de cine UATC de Bucarest, donde se graduó en 2000.
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