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Itxu Díaz

La necesidad de dividir

Solo hay una cosa útil que puede hacer la oposición ante esta lluvia fina de legislación ideológica que solo busca enaltecer a los enajenados: prometer su completa derogación.

Solo hay una cosa útil que puede hacer la oposición ante esta lluvia fina de legislación ideológica que solo busca enaltecer a los enajenados: prometer su completa derogación.
La comunista Yolanda Díaz. | Europa Press

Desde la ley del aborto hasta cualquier payasada salida del chiringuito discotequero de Garzón, todo el entramado ideológico del Gobierno tiene como fin dividirnos. Si no nos ponen un sello en el culo en función de nuestras opiniones, es solo porque tienen miedo a que eso estigmatice al colectivo de personas que no tienen culo, o al conjunto de ciudadanos que no sienten que ese culo sea suyo, o a los que consideren que el culo se ha vuelto fascista y chanelista.

Muy especialmente, buscan enfrentar al hombre y la mujer, porque van a lo fácil, que tampoco es que les guste trabajar. Pero también a los miembros de cualquier colectivo identificable, etiquetable y polarizable. Se trata de agrupaciones humanas que no existen en la naturaleza, que crea la izquierda para la ocasión, casi a la misma velocidad que el mundo posmoderno engendra ofendiditos.

En su obsesión por aislar identidades, lo que define a cada uno no es ser hombre, sino alguna de las aristas secundarias que casi de un modo aleatorio emergen por doquier; todos tenemos unas cuantas, y casi todas son susceptibles de danzar por la resentida pituitaria de la Montero, convertidas en enloquecidas propuestas desparramadas sobre la mesa del Consejo de Ministros. Piensa lo más estúpido y lisérgico que se te ocurra, consigue trasladarlo a esa mesa y verás cómo alguien encuentra la manera de defenderlo. No sé, propón cortar en dos a los gordos, o tapiar la boca con cemento a los fumadores, o un impuesto por mear fuera en el váter, y allí estarán en manada, los intelectuales comunistas, señalando no ya la bondad de la idea, sino la imperiosa necesidad de llevar a cabo lo de los gordos, por salud e igualdad; lo de los fumadores, por insolidaridad y pureza del aire; y lo del váter, por machismo y patriarcado con agravante de guarrería.

No, no es cierto que la izquierde esté dando batallas. No buscan la victoria en ningún debate, sino la aniquilación de la parte que descartan en cada ecuación; que todas sus iniciativas consisten en que hay un grupo de ciudadanos que están en el lado bueno de la Historia, el suyo, y otro, que incluye a cualquiera que discrepe, que están en el malo. No hay más que hablar. Por eso su poder destructivo es tan grande.

Mención aparte merecen esos andares de conquistador que se marcan todos en este Gobierno. Que no hay solo ministro que no presuma cada día de haber inventado la rueda. Todo en ellos es histórico, inaugural y marca un antes y un después. Que el BOE de Sánchez parece la Buena Nueva, y su Consejo de Ministros transita a una epifanía por semana. Qué agotamiento de tropa, qué necesidad de hacerse notar cacareando para intentar esquivar en vano el ostracismo al que les condena la opinión pública, tanto por inútiles como por fantasmas.

Con tanta maraña legislativa, a veces es difícil distinguir cuándo una ley es basura ideológica intrascendente y cuándo estamos ante algo importante. Si al escuchar la noticia de una nueva norma cualquier tertuliano progre puede fingir un suspiro de alivio y comentar "nos queda mucho por hacer", no hay duda: es una payasada que solo busca que nos liemos a discutir en el bar sobre la mejor forma de resolver un problema que no teníamos.

Al fin, la única ventaja de que este Gobierno mienta siempre es que, para saber la verdad, solo tienes que atender a lo que dicen y darle la vuelta. La mejor prueba la encuentras en Yolanda Díaz, que presenta su plataforma bajo el nombre de Sumar y lo único de lo que estamos seguros es de que el plan es restar, primero, y dividir después. Y se lo harán otros. Porque, viendo cómo contabiliza los parados, tengo fundadas sospechas de que vive en guerra total con las matemáticas.

Un bello ejemplo. Llevar al extremo la polarización más banal es, con la que está cayendo y sin ella, poner a media España a hablar de la regla. Lo consideran un éxito, porque estamos divididos entre los que la tienen y los que no. Y también entre los que piensan que queda mucho por hacer y los que creen que en el Gabinete alguien se ha vuelto definitivamente gilipollas.

Después de todo, supongo que solo hay una cosa útil que puede hacer la oposición ante esta lluvia fina de legislación ideológica que solo busca enaltecer a los enajenados: prometer la derogación de cada una de las normas divisorias, ideológicas y estúpidas de este Gobierno. Y, por el amor de Dios, los Santos Angeles y la Esperanza Macarena, cumplirlo, cumplirlo esta maldita vez. Como si fueran a morir mañana.

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