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Iván Vélez

La balada de la cárcel de Ponent

El inflamado verbo de Rivadulla se duele de la falsedad de la democracia en que vive, queja lastimera que conecta con la fórmula del derecho a decidir

Iván Vélez
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El inflamado verbo de Rivadulla se duele de la falsedad de la democracia en que vive, queja lastimera que conecta con la fórmula del derecho a decidir
Pablo Hasel, en una de sus visitas a la Audiencia Nacional. | Cordon Press

Casado con Constance Lloyd en año 1884, los dos hijos habidos en el matrimonio no bastaron a Óscar Wilde para disipar la sombra de la homosexualidad que siempre le persiguió. La acusación del marqués de Queensberry, con cuyo hijo mantenía Wilde una relación erótica, llevó al escritor a la cárcel, donde hubo de enfrentarse a una condena de dos años de trabajos forzados. Wilde ingresó en la prisión de Reading en 1895, lugar de donde salió destruido. Tres años después, el dramaturgo murió solo en su exilio parisino, devorado por la meningitis. Aquel duro bienio de reclusión dio como fruto una extensa carta -De profundis- destinada a su amante, Lord Alfred Douglas, pero también el poema La balada de la cárcel de Reading, en el cual se relatan las duras condiciones del presidio, incluida la ejecución por ahorcamiento de un preso.

Recientemente, otro dramaturgo, Pablo Rivadulla Duro, anunciado en los carteles del arte como Hasél, ha ingresado en la cárcel para cumplir condena por una serie de delitos que cierta prensa ha pretendido hacer pasar como una suerte de castigo, a todas luces desmedido, por rapear, burda manipulación que la realidad desmiente, pues las peleas de gallos se siguen celebrando a despecho de los resultados líricos que de tales tenidas se deriven. Rivadulla, una vez fracasado su esperpéntico intento de hacerse fuerte en la Universidad de Lérida, ha acabado en el centro penitenciario de Ponent, sirviendo como perfecta excusa para que los chicos que se mueven a la torriana voz del ¡Apreteu!, vuelvan a vandalizar y a someter a pillaje a la ciudad de Barcelona mientras el bardo ilerdense, en lugar de optar por la vía ornitológica a la que se entregó Burt Lancaster en El hombre de Alcatraz, ha retomado la pluma. De ella o, por mejor decir, de su teclado, salió el pasado 19 de febrero un poema, una suerte de Balada de la cárcel de Ponent, titulado Fuego en las calles, con falta de ortografía incluida.

Unos versos incendiarios que han encontrado su mejor ilustración en las calles de la Ciudad Condal, en las cuales se ha visto arder un furgón policial con un guardia urbano dentro, que afortunadamente pudo escapar a tiempo de las llamas de un cóctel Molotov arrojado a los bajos del vehículo. La balada haseliana es una arenga y, a la vez, una justificación de la violencia desatada en las calles catalanas. El inflamado verbo de Rivadulla se duele de la falsedad de la democracia en que vive, queja lastimera que conecta con la fórmula del derecho a decidir, a decidir la secesión de una parte del territorio nacional, los Países Catalanes, fantasía que humedece los sueños de los sectarios de Arran, la CUP o la propia Esquerra, formaciones adoradoras de la urna, siempre y cuando de ella se haga un uso privativo ajustado a sus particulares intereses.

No cabe duda de que entre las condiciones de vida presidiaria de Wilde y de Hasél media un abismo tan grande como el que separa sus composiciones. Si en la obra del primero se relata el sereno camino de un hombre hacia el patíbulo y su posterior descanso eterno en un lecho de cal, en el de nuestro flamígero poeta, la composición no es más que una rapsodia de soflamas y lugares comunes escritos por quien se sabe tan protegido que, en un rapto de infantil rebeldía, se ha negado a colaborar en las labores de limpieza propias de una prisión. Si el compositor de La importancia de llamarse Ernesto hubo de buscar oxígeno fuera de su Inglaterra, el de Inhalando amor apenas puede aspirar a reeditar la esperpéntica huida, escondido en un maletero, de Puigdemont. Sea como fuere, en el pecado lírico lleva Rivadulla su penitencia. Si Wilde será siempre recordado por obras como El retrato de Dorian Grey, mucho nos tememos que de Hásel quedará poco más que una estridente pintada.
 

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