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Integración de los inmigrantes: una cuestión de principios

Una sociedad abierta es una sociedad de individuos libres y responsables de sí mismos, vengan de donde vengan.

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En las últimas semanas volvemos a ver fuertes controversias en torno a la inmigración y la integración de los inmigrantes. Donald Trump está polarizando la campaña de las primarias norteamericanas con una incomprensible actitud de desprecio hacia los inmigrantes. En Alemania se han vivido rechazables manifestaciones frente a centros de refugiados, mientras que en España se vuelve a una de las cíclicas polémicas en torno al acceso de los inmigrantes irregulares a la sanidad pública.

Es fácil equivocarse en relación con la integración de los inmigrantes. Se equivocaron gravemente muchos países europeos, desde Holanda hasta Francia, con políticas que han conducido a una sociedad escindida en grupos enfrentados entre sí, y con una integración muy complicada. El profesor chileno-sueco Mauricio Rojas tiene dicho que la clave es que los inmigrantes formen parte de la sociedad, en lugar de vivir aparte de ella.

Como en todo, lo importante son los principios, y si se olvidan los principios los resultados pueden ser catastróficos. Integrar a los inmigrantes es posible desde una sólida base de principios liberales: individuo, libertad y responsabilidad, en vez de colectivos, planificación y victimización.

Los inmigrantes son individuos, no colectivos. Es un error promover, como se ha hecho en muchos países, que los inmigrantes estén encuadrados de forma no voluntaria en colectivos en función de su origen. El resultado es una sociedad fragmentada, sin leyes iguales para todos y que no permite a cada persona comportarse como lo que es: un individuo diferente a todos los demás. Dicho de otro modo: las mujeres son libres e iguales, procedan de donde procedan y sin excepciones culturales. Y dicho también de otra forma: no hay culpas colectivas, porque de los delitos solo es responsable quien los comete, y no el resto de personas que vinieron del mismo país. Por tanto, lo primero es recordar que los inmigrantes son individuos, no colectivos.

Lo segundo que debemos tener presente es que cada inmigrante es libre y responsable de sus actos. No es una víctima. La izquierda suele tratar a los inmigrantes como si fueran víctimas, por el solo hecho de ser inmigrantes. Ese paternalismo insufrible es humillante para los propios inmigrantes, a los que trata como si fueran incapaces de valerse por sí mismos. Y además esa victimización es fuente de conflictos y de rechazo en el resto de la sociedad. La experiencia vital de la mayor parte de los inmigrantes es una expresión de esfuerzo por salir adelante, y de mérito al conseguirlo. Son muy arrogantes quienes creen que todo inmigrante, por el mero hecho de serlo, debe recibir subsidios.

Cuestión diferente es la polémica en torno al acceso de los inmigrantes a los servicios públicos estatalizados en el llamado Estado del Bienestar, como la sanidad o la educación. En ese caso, la discusión no debería centrarse en la competición por el acceso a los mismos, sino en los errores de fondo de unos servicios que el Estado se ha empeñado en monopolizar.

Una sociedad abierta es una sociedad de individuos libres y responsables de sí mismos, vengan de donde vengan. Una sociedad en la que deben ser bienvenidos todos los que lleguen para ganarse la vida mediante su trabajo, su esfuerzo y su talento, sin vivir a costa de nadie, y sin que nadie viva a su costa.

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