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Puestos a comparar

La comparación con el pasado tiene valor porque nos recuerda que es posible una opción política liberal que sea mayoritaria en España

Javier Fernández-Lasquetty
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No voy a hacerles perder un minuto en lo que es evidente. Comparar el gobierno de Rajoy con el de José María Aznar solo conduce a la melancolía, aunque tiene el valor de recordar que hubo un tiempo bien cercano en el que el Partido Popular era capaz de entusiasmar a una amplia mayoría de españoles con una propuesta basada en principios liberales, que no intentaba escabullirse de la confrontación ideológica con la izquierda.

Puestos a comparar, me parece más valioso hacerlo con lo que podría ser la posición política del PP, si quisiera volver a representar todo lo que está a la derecha de la izquierda. Podría ser, en primer lugar, una posición que se apoyara clara y explícitamente en la superioridad de la libertad individual frente al dirigismo socialista. Superioridad moral y superioridad de resultados. Toda política que limite el poder estatal sobre la libertad y la propiedad de las personas sería así preferible al tibio intervencionismo que propone Ciudadanos, o al desorientado dirigismo del Partido Socialista. No digamos frente al totalitarismo emboscado del leninismo podemita. Esta batalla ideológica es la que se ha renunciado a dar en la política española, como si la gente se entusiasmara al ver a los políticos rehuyendo el combate de ideas para refugiarse en el burladero de los tópicos buenistas.

Valdría la pena, por comparar, presentar una alternativa al independentismo que vaya más allá de la mecánica presentación de recursos judiciales. Defender la unidad de España es, en este momento, sinónimo de defender la libertad frente al colectivismo antiindividualista de los nacionalismos. Sería muy distinta una política que tuviera presente la Constitución, no como argumentación para los fundamentos jurídicos de los recursos, sino como expresión cierta de que lo que a todos atañe debe ser por todos aprobado, y no impuesto unilateralmente por unos pocos.

Sería comparablemente distinto no tener que soportar a Otegui, el líder del brazo político de ETA, pronunciando alocuciones institucionales, ni mucho menos mítines electorales. Sería útil que la nueva generación de vascos, y de todos los españoles, tuviera la conciencia clara de que han asesinado a muchos de nuestros compatriotas porque no querían dejar de serlo.

La oferta política del centro-derecha liberal podría ser netamente reformista. Que crea en las reformas, que las quiera hacer, y que no hable de ellas como si fueran un mal trago. Los españoles podrían vivir mejor si se emprendiera un verdadero programa de reformas dirigidas a dejar que el dinero se quede en manos de quien lo gana con su trabajo, y no se siga manteniendo un nivel de gasto que endeuda a las generaciones futuras. España no puede mantener un sistema de salud y de educación basado en empleados públicos vitalicios. Al menos, no para los que vayan entrando a medida que los actuales funcionarios se jubilen. Es ahí, en los grandes sectores de empleo y de gasto público, lo mismo que en las futuras pensiones, donde se podrían presentar reformas que devolvieran poder a la gente y se lo quitaran a las élites sindicalizadas y atrincheradas en el presupuesto público.

Sería distinta, también, una posición internacional de España claramente definida contra las tiranías y en defensa de la libertad. Que Cuba sea libre y que Venezuela sea libre es más importante que seguir el dictado de lo que Obama diga. Combatir el islamismo sin esperar a que éste vaya escogiendo sus víctimas también exige una política distinta, que no solo es posible, sino que posiblemente atrajera el interés y el apoyo de un número mayor de personas.

La comparación con el pasado tiene valor porque nos recuerda que es posible una opción política liberal que sea mayoritaria en España, como lo fue también en otros muchos países, como los Estados Unidos de Reagan o el Reino Unido de Thatcher y también de Blair. Esa misma comparación se puede plantear hacia el futuro, y para entonces, como sucedió antes, deberá partir de buenas ideas, coraje para proponerlas, y un nuevo liderazgo que no sea impuesto, sino elegido.

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