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Javier Gómez de Liaño

Reflexiones en la nueva cita con las urnas

Las jóvenes promesas han de tener presente que la política no es ni retórica ni tautología, sino pragmatismo y eficacia.

Javier Gómez de Liaño
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Hoy toca votar. Es la segunda vez en poco menos de un mes. En esta ocasión, los españoles estamos convocados para elegir, según los casos y territorios, a nuestros representantes en el Parlamento Europeo, asambleas autonómicas y ayuntamientos. A unos les resultará emocionante; otros saben que puede serles una fecha muy rentable y no faltaran quienes vean en la cita una nueva oportunidad para el corte de manga. No se olvide que a veces las elecciones son la venganza del ciudadano y la papeleta su espada de papel.

Dicho lo anterior, antes de proseguir y por innecesario que sea, hago notar que lejos de mi intención infringir el deber de prudencia que impone el suceso político de este domingo, cosa, además, que estoy convencido nunca ocurriría, pues la influencia de mis palabras en los lectores es tan nula como serían las de un leguleyo o un rábula en un tribunal de justicia.

Ante el panorama y por obvia que la respuesta sea, la primera cuestión que planteo es si la democracia es el sistema perfecto que nos hace a todos más felices. Como no creo demasiado en los apriorismos, prefiero las elocuentes respuestas de otros. Por ejemplo, la de Churchill cuando afirmaba que la democracia era el peor de los regímenes, excluidos todos los demás. Al primer ministro británico también se le atribuye haber definido la democracia como que a las nueve de la mañana llamen a la puerta de tu casa y sea el lechero.

Comparaciones y ocurrencias aparte –todavía nadie me ha explicado porqué a las nueve y no antes y porqué el lechero y no la asistenta–, puesto a preferir definiciones, me quedo con dos del presidente Abraham Lincoln. Una, verdaderamente celestial, es la de que Dios debe querer mucho al pueblo porque, de no ser así, no lo hubiera hecho tan numeroso. Otra, que la democracia es la aceptación de que ningún hombre es lo bastante sabio o lo bastante bueno como para gobernar a otros sin su consentimiento.

Una conclusión a la que he llegado al ver las listas de los candidatos a estas elecciones y también, en cierto modo, de las anteriores, es que, hoy por hoy, la política ha dejado de ser cosa de mayores y para botón de muestra el de que sólo dos de ellos –los señores Gabilondo y Borell– son septuagenarios. A mí me impresionó mucho que Harold Wilson se retirara a los sesenta años y lo hiciera con el argumento de que eran demasiados para gobernar. Aunque haya quienes se obstinen en negar la evidencia, en la vida política española sigue funcionando el lema de "renovarse o morir" y hay jóvenes en cuya cabeza –bien es verdad que las de otros están huecas– coinciden la fe, la osadía y la sensatez, a partes iguales, a quienes hay que abrirles paso y desbrozarles el camino.

La política hay que hacerla con hombres de refresco. También con una hoja de servicios sin notas desfavorables, circunstancias ambas que, salvo prueba en contrario, concurren en algunos de los nuevos líderes que han logrado representar lo que muchos españoles sienten. No obstante, las jóvenes promesas han de tener presente que la política no es ni retórica ni tautología, sino pragmatismo y eficacia. La política es una disciplina compleja para la que hay que prepararse adecuadamente y en la que no hay sitio para la magia. Es cierto que la naturaleza concede abundantes dones gratuitos a quien le place, pero lo que no da ni presta son conocimientos de economía, de derecho, de historia o de filosofía. La ciencia infusa sirve para dar gato por liebre, pero no para resolver los verdaderos problemas de un país. Y ¡mucho ojo! Hoy en España se admiten todas las ideas, incluidas las más avanzadas, pero lo que no se tolera ni se ha tolerado nunca es el radicalismo.

Pese a la grandeza del sistema, a la democracia nunca le faltaron lunares negros. Uno es el error de aquellos representantes que piensan que administrar el poder es lo mismo que tenerlo, lo cual es un desvarío que sin duda obedece a la ignorancia, entre otras muchas, de que nunca fueron elegidos sino designados para decir "sí señor" a quienes los pusieron allí y antes en una lista hermética. Otra mancha oscura, muy relacionada con la anterior, es la omnipotencia del poder político en sus vertientes ejecutiva y parlamentaria, y, por tanto, el menosprecio del judicial. No digamos cuando la burla recae en el Derecho. Sirva de ejemplo el presidencialismo jacobino del General De Gaulle que, obsesionado por mandar, decía en el año 1967 que todos los poderes de Francia, incluido el Judicial, procedían del Jefe del Estado elegido por el pueblo. Democracia es respeto a la ley y de nada vale la voluntad de la calle o la fuerza de un Gobierno si falla la juridicidad.

A Julio Camba se le adjudica haber dicho que morir por la democracia es morir por el sistema métrico decimal y Ortega, que era de la misma quinta –un año más joven- fue quien en el otoño de 1931 dio aquel aldabonazo a la república española con la frase de "no es esto, no es esto". Casi noventa años años después, en la misma España, quien ha querido ha podido oír "esto no es democracia". Sujeto, verbo y predicado con los que muchos ciudadanos están de acuerdo, sobre todo cuando los antidemócratas en los que se incluyen los contrarios a España y a su Constitución, pretenden que la democracia cumpla el objetivo de no existir.

Hoy, que es día de votos, de votantes y de votados, se me ocurre que en política, como en nada, basta con jugar con la palabra y sonreír al oyente, lo cual es muy peligroso porque no hay gente más difícil de atraer que la del desengañado, el escarmentado o el aburrido. La política no es el arte de embaucar al personal, sino de gobernar con prudencia, como predicaba Séneca.

Feliz y venturoso domingo electoral. Mi deseo no es que nuestros candidatos sean grandes hombres y grandes mujeres, más o menos diestros en política. Me conformaría con saber que son buenas personas.

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