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Javier Somalo

España, en el día de hoy

“Hasta que no se resuelva intelectualmente el origen de la guerra —la derecha política no se atreve— será imposible ajustar los términos de una memoria, perdón por la paradoja, de olvido”.

Javier Somalo
“Hasta que no se resuelva intelectualmente el origen de la guerra —la derecha política no se atreve— será imposible ajustar los términos de una memoria, perdón por la paradoja, de olvido”.
Acto de Podemos en Vistalegre. | Europa Press

Jesús Torbado fue Premio Planeta en 1976 con la novela En el día de hoy. Se hizo famosa aquella portada con el parte del fin de la guerra proclamado por el bando republicano y firmado, en la misma fecha que el original pero en Madrid, por Manuel Azaña.

La ucronía de Torbado —hay otra de Fernando Díaz Plaja en el mismo año y una más tardía de Vizcaíno Casas— da volteretas históricas amparadas en la ficción y sigue aún hoy generando un juego un tanto absurdo de preguntas que, lógicamente, no tienen una sola respuesta. Franco está refugiado en Cuba, acogido por Batista; Azaña ha dejado paso como presidente a Julián Besteiro y el jefe de Gobierno es Indalecio Prieto. Negrín anda de retirada y La Pasionaria juega un importante y activo papel mediador hasta que se la quitan de en medio y de qué manera.

No pongo como ejemplo la novela de Torbado, que además provocó enfrentamientos con personajes reales y vivos a los que también sometió a la ficción ucrónica, ni pretendo averiguar qué habría pasado de verdad si la guerra la hubieran ganado los republicanos y, dentro de estos, si el destino de España hubiera quedado en manos de socialistas, comunistas, anarquistas, de Besteiro, de Negrín o de quien fuera. Sería inútil porque no es lo que sucedió. Pero la novela sí me sirve para estar seguro de que siempre habrá quien prefiera imaginar una España satélite de la URSS y amiga de Stalin que otra amiga —que no lo fue— de Hitler y que, hacia 1939 estarían juntos —ya sin ficción— invadiendo Polonia. Y siempre habrá quienes no quieran pensar siquiera si les importaría que España, como Polonia, Bielorrusia, Ucrania o los bálticos, habría sufrido la devastación cíclica de uno y otro lado, de Hitler y Stalin, como reflejó magistralmente Timothy Snyder en Tierras de Sangre. Nada de eso sucedió y la novela es de 1976.

Lo que sí me consta es que Pedro Sánchez, en el año 2020, dijo identificarse plenamente con La Pasionaria y que Alfonso Guerra rehabilitó en 2008 al doctor Negrín, al que devolvió el carné del PSOE a título póstumo. Sospecho que el PSOE de la democracia sigue considerando a Prieto como un revanchista y a Besteiro como un traidor porque no quiso más muertos, los que les provocaba la guerra con Franco y los que le propinaba Negrín en la guerra civil que hubo dentro de la guerra civil. En breve podremos leer un nuevo libro de Federico Jiménez Losantos que, entre otras cosas, aporta muchas ideas y datos, ausentes siempre en los textos oficiales de Enseñanza, sobre lo que pasó —no lo que habría pasado—dentro del bando republicano en las postrimerías de la guerra y cómo eso llega peligrosamente hasta hoy gracias a la influencia de Podemos.

Que después de tres años de guerra fratricida no habría llegado la democracia es, creo, algo poco discutible. Eso no es defender el franquismo. ¿Habría sido justa o digna la guerra civil en caso de vencer el bando republicano? La izquierda, claro, esgrime la legítima defensa porque el argumento oficial, y parece que inamovible, es que Franco quebró sin más la legalidad de la II República. Desde esa premisa, poco hay que avanzar hacia una concordia real.

La izquierda mediática y editorial ha conseguido inocular la idea —gracias al complejo de culpa de la derecha, empeñada en huir de cualquier posible virtud— de que defender una memoria de cierre, de concordia, es defender a Franco y el franquismo y que lo lógico es atender sólo al bando que perdió, castigando al que ganó porque fue el que provocó la guerra rompiendo una legalidad pacífica con el fin de perpetuar una dictadura. Por eso la hoz y el martillo no suponen agravio pero el águila de San Juan ­­—que no es franquista y llegó hasta bien entrada la Transición—, sí. Por eso una no es delito y la otra sí. Por eso Carrillo fue un demócrata y Fraga, un verdugo. Porque la izquierda mediática y editorial ha triunfado al difundir ex cátedra que la hoz y el martillo fueron víctimas del águila cuando lo que hubo fue una guerra civil desencadenada tras un golpe de Estado anterior al siempre conocido, indiscutible y, por lo que parece, espontáneo “alzamiento militar”. Demasiadas omisiones para tan poco tiempo transcurrido entre españoles.

El caso es que ya no hay águilas y sí muchas hoces y martillos repartidos por el mundo y representando a regímenes totalitarios. No hay defensa al franquismo ni a Franco al reclamar que la única memoria posible ha de ser —como fue— la concordia más de ochenta… o cuarenta y cinco años después. Nadie duda de que lo mejor, aunque imposible, habría sido que la democracia hubiera llegado inmediatamente después del 1 de abril de 1939. Y, desde luego, que al menos no hubiéramos sufrido cuarenta años de dictadura. Pero nada de eso habría pasado tampoco en la ucronía de Torbado o en otras peores y quizá más reales o, al menos, con muchas más posibilidades de éxito.

Hasta que no se resuelva intelectualmente el origen de la guerra —la derecha política no se atreve— será imposible ajustar los términos de una memoria, perdón por la paradoja, de olvido. De olvido responsable y civilizado, con las reparaciones legales lógicas tras una guerra, como las que hubo en la Transición y las que fueran necesarias, pero sin ajuste de cuentas. Yo no le encuentro defensa al régimen de Franco como no se la encuentro a cualquier otra dictadura. Pero tampoco a la la II República y a los sucesivos golpes de Estado que perpetró la izquierda antes y durante la guerra. Y de lo primero se sabe mucho mientras que de lo segundo no se puede hablar sin pasar por fascista porque, además, la II República, la tricolor, es la alternativa oficial e indiscutida a la monarquía. Tal es nuestra enfermedad nacional.

Cuando en 1976 Jesús Torbado publicó su novela, España ya estaba estrenando su valiente proyecto democrático fruto, en buena parte, de una concordia que parecía imposible y que nos condujo a una Ley de Reforma Política que voló las estructuras franquistas siendo votada y aprobada por procuradores franquistas y cuya ponencia fue defendida en el Congreso por Miguel Primo de Rivera y Urquijo. Un año después, el que fuera secretario general del Movimiento, Adolfo Suárez, legalizó al PCE tras un trabajo de zapa de varios años de Juan Carlos I, el “sucesor” de Franco, en la Rumanía de Nicolás Ceaucescu… Casi es más difícil de imaginar esto que la ucronía de Torbado. Pero esto sí sucedió.

Y hasta el final de los ochenta la mayoría de los españoles quería y practicaba la concordia. Ganaran unos u otros, fue una guerra civil, la peor de las guerras, y hasta que eso no se supere España no será un país normal. Fabricar la memoria de todos como una ucronía hecha Ley y con un estricto régimen sancionador es el peor tributo que se puede rendir a los muertos de cualquier tiempo o cuneta. Parece como si en vez de superar el trance quisieran repetirlo. Y lo malo es que ya hemos aprendido que todo es posible. Mucho más posible que en la ficción.

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