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Los "ejemplarizantes"

El verdadero ejemplo, la disuasión, sólo cala con nitidez en el delincuente cuando la Justicia no hace excepciones.

Javier Somalo
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La palabrita es de curso legal según la RAE, pero retorcida y fea como pocas: "ejemplarizante". Usada con fruición en España cuando la Justicia toca al Poder, en estos tiempos viene a significar que el privilegio sigue estando por encima de la Ley, que debería ser general, obligatoria y permanente. La reclamación coyuntural ¿significa también que sólo algunas sentencias deben dar y servir de ejemplo?

Perdónenme los juristas pero, ¿qué debería perseguir una condena? Lo primero, reparar en lo posible un daño, cosa que, en muchas ocasiones, como en los asesinatos, es imposible. Una condena es un castigo y, en los casos más graves, ha de cumplir además una función protectora al apartar de la sociedad a un elemento peligroso. También es un escarmiento para el condenado y para quien quiera seguir sus pasos; la condena debería disuadir siempre al delincuente. Las ejecuciones públicas no tenían otro objeto que enseñar lo que le espera a quien pudiera estar pensando en cometer un crimen similar. Superada la bestialidad –salvo en los países amigos de Podemos y otros patrocinadores del mundo entero– el verdadero ejemplo, la disuasión, sólo cala con nitidez en el delincuente cuando la Justicia no hace excepciones, cuando se aplica la ley, se anula el privilegio y se castiga el crimen. Reparar, castigar, apartar y disuadir, según la gravedad del delito.

Muchos de los problemas que encontramos en la administración de Justicia se agravan también poco después de la condena, cuando se alude a la función resocializadora del Estado hacia el delincuente. Sin reparar en si es posible de veras su reinserción, llegan los beneficios penitenciarios que comportan rebaja de pena –no digamos ya en el caso de los indultos– por el mero hecho de no seguir delinquiendo dentro de la prisión, por tener una conducta… ¿ejemplar?

Nada causa más indignación que comparar los cientos y hasta miles de años de cárcel que se decretan como pena en algunas sentencias y su cumplimiento efectivo, en demasiados casos ridículo, insultante. Lo seguimos sufriendo con los criminales de ETA pero también y a diario con violadores y otros delincuentes que saben que la reincidencia sale casi gratis en España. Tampoco soportan comparación alguna entre sí los muchos casos de corrupción. Pensemos en Jordi Pujol –sin consecuencia alguna, por el momento–, en Isabel Pantoja o en Chaves y Griñán o en el catálogo de condenas de los casos Gürtel y Púnica. Mucho peor salen las cuentas si comparamos cualquiera de ellos con los delitos contra la integridad física de las personas. La desproporción, el doble rasero y la desigualdad ante la ley están demasiado presentes en nuestra Justicia.

¿Y en qué casos reclaman algunos una justicia "ejemplarizante"? ¿En los que despiertan más alarma social? En España nos dedicamos a hacer campañas, por ejemplo, contra la "violencia de género" pidiendo a las víctimas –que sobreviven– que no duden en denunciar… y que se vayan preparando para recibir de nuevo al maltratador en un par de meses: poco ejemplo, ausencia de reparación del daño y ninguna disuasión para el criminal en activo o en potencia. Dura lex, sed lex, esa sería la mejor campaña.

En el caso Nóos, todo ha sido irregular, desde los tiempos hasta las formas y de principio a fin. Sin embargo, algunos no han cesado de reclamar que la sentencia fuera "ejemplarizante", en vez de justa, porque los reos eran una hermana y un cuñado del Rey de España… una hija y un yerno hace un par de años. Pero todo fue irregular y, por tanto nada será ya ejemplar, desde que se conoció lo que se suponía: que determinados justiciables merecen reuniones nada discretas –se airearon sin demasiada dificultad– entre los Poderes del Estado para estudiar estrategias. Tan irregular fue todo que el presidente del Gobierno llegó a decir durante una entrevista en televisión en el año 2014: "Yo estoy absolutamente convencido de que [a la infanta] las cosas le irán bien". No se le repreguntó entonces por Iñaki Urdangarín. Claro, no tenía nada que ver porque, ya se sabe, el Gobierno respeta siempre la acción de los tribunales.

Al final todo quedará en que la infanta Cristina sigue enamorada de su marido y eso permitirá pensar al que busque consuelo que el castigo ha sido impuesto al matrimonio y que, por tanto, la absolución de la infanta no supone ventaja alguna. Así que nos seguirán diciendo –ya lo han hecho con verdadera afición antes de la condena– que la llama del amor sigue viva y que no cabe mayor condena que ver entre rejas a la razón de tu existencia. Pocos imaginaban una pena de prisión para la infanta pero la absolución y el retintín de la devolución de lo que sobró de la fianza ha sido demasiado. Ejemplarizante. Por cierto, tendremos que esperar a la semana entrante para saber si Iñaki Urdangarín ingresa de inmediato en prisión o la cosa se dilata y hasta se diluye, en caso de que haya recurso, en espera de una sentencia firme en el Tribunal Supremo.

Quizá lo único ejemplar de esta triste historia haya sido la actitud del rey Felipe VI, que apartó a su hermana de la Familia Real haciendo buena esa verdad de que los actos tienen consecuencias. Será él, sin duda, el que salga más perjudicado. Pero hoy los ejemplarizantes están contentos. La farsa ha terminado.

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