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Los Iguales de Lhardy

Ellos estaban allí y no les hacía falta prestarse atención. Acudían como lo hacen los reservistas ante una amenaza cuando no hay relevo o es tan escaso que reclama refuerzo.

Javier Somalo
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La lectura del manifiesto | EFE

De manifiesto en manifiesto, España recorre una y otra vez el mismo camino. Hace treinta y seis años que se dejó escrito el diagnóstico sobre lo que quedaba de España frente al nacionalismo. Y nada. Sobre el mismo problema, ya fermentado, volvemos a reunirnos.

15 de julio de 2014 en el mítico Restaurante Lhardy de Madrid. Un salón con mesa corrida, larga como un día sin pan. Copas de agua como único indicio del negocio centenario al que se dedica el establecimiento. En la pared, una foto grande y dedicada de los reyes de antes y encima otra, tres veces más pequeña, de los reyes de ahora, todavía anónima. Más grande el rey cliente que el rey vigente. A los locales con pátina siempre les cuesta hacerse a los tiempos. Pero el lugar tiene ese estilo grave, sobrio, que invita a cualquier hazaña. Se presenta a la prensa la plataforma Libres e Iguales. Alguien toca campanillas con un tenedor y una copa vacía y comienza el asunto.

Una joven periodista pregunta en voz baja a Fidalgo quién es el que ha tomado la palabra. Era Arcadi Espada, el de los ojos siempre entornados. ¡Si se llega a enterar! Luego al de al lado de Fidalgo, Gabriel Tortella, le pregunta también susurrando que quién es él.

– ¿Yo? Tortella, Gabriel Tortella, como tortilla pero con e. He sido catedrático universitario pero ya estoy jubilado… bueno, emérito –añade restándole importancia.

– ¿Y él?– vuelve a preguntar la joven señalando con la nariz a Fidalgo.

– ¿Éste? José María Fidalgo… Fue un líder sindical muy importante. Y es médico…

La aclaración profesional venía a cuento porque –quizá la joven lo desconozca– antes los líderes sindicales representaban a los trabajadores pero trabajaban en algo. Eran algo.

El caso es que Tortella y Fidalgo se cruzaron reojos y movimientos de cejas mientras la reportera, con la cabeza agachada, anotaba los datos en su cuaderno. Seguro que al Pablo Iglesias de ahora sí lo conoce, pensaron. Pero en la enorme cabeza de Fidalgo y en la mucho más menuda de Tortella martilleaba otro temor: ¡Como nos pregunte ahora a qué hemos venido aquí… se va a liar!

Bien pensado, si no lo supiera, ¿por qué no explicárselo de verdad? Mientras, Cayetana Álvarez de Toledo hablaba de la importancia de la pedagogía. Lo que hizo la joven reportera fue sólo preguntar, que es el deber de todo periodista. Tiempo tendrá de enterarse de quién fue y qué fue de Nicolás Redondo –Terreros y Urbieta–, José María Fidalgo, Joaquín Leguina… Otros periodistas –también en el Lhardy– prefieren eso de "yo, más que una pregunta, Arcadi, quisiera compartir una reflexión...".

Tortella, "el más viejo de esta reunión", pide la palabra para hablar de un "enano que han convertido en gigante. Un 25 por ciento quiere la independencia contra un 75 que no pero que calla". Esto empezó a interesar a la periodista. ¿Era ya pedagogía? El otro desconocido, el de dos metros de altura, añade que está ahí porque le da la gana y por "conciencia moral" –ya alguien había metido un dedo en el ojo a Cayetana preguntando si quiere más a mamá que a papá porque sigue siendo del PP– y que le da igual de qué siglas sea el que quiera sumarse al compromiso de "poner al nacionalismo en su sitio, un nacionalismo que fabrica extranjeros".

Allí había trazas de PP, PSOE, UPyD –que ya tiene outsiders– y Ciudadanos. Conviene recordar que otro Manifiesto, el de los 2.300 –mismo problema, en 1981–, fue parido por profesores de instituto, socialistas y algún ugetista y luego firmado sin internet por tantas personas.

Pero volvamos a la pedagogía. "Soy Felipe Serrano y vengo del País Vasco". No quiso decir que es catedrático de Economía en la UPV. "Allí el Estado ha desaparecido, ahora no matarán pero no hay Estado y no hay libertad". Claro, es el otro frente, el que volverá después en la guerra de desgaste a España, el que ahora se aparta porque ya no matan y porque cada cosa hay que tratarla a su debido tiempo.

Jon Juaristi, Joaquín Leguina, Carmen Iglesias, Albert Boadella y alguno más llegaron un poco tarde pero llegaron. Se sentaron al margen de la mesa, en sillas sueltas. Ya casi estaban todos los lhardyanos, excepto Vargas Llosa, que se incorporó a la lectura del Manifiesto celebrada bajo un sol africano. Entre libros escritos, libros leídos, ideas, talento, rarezas, manías, vicios y egos, el romántico salón se venía abajo. Pero era mejor esa foto que la de la Puerta de los Leones. En Lhardy no estaban posando sino juntos. Y cuando hablaba Arcadi, Santiago González escuchaba a Félix de Azúa y Fidalgo y Tortella instruían a la reportera. Ellos estaban allí y no les hacía falta prestarse atención. Acudían como lo hacen los reservistas ante una amenaza cuando no hay relevo o es tan escaso que reclama refuerzo.

Lucía Méndez dedujo de pronto que el Manifiesto reforzaba la opinión del presidente del Gobierno sobre el asunto, la cosa, en fin, sobre el lío colosal este, que diría el aludido. Del interior de Fidalgo –quizá como respuesta– salieron entonces unos ruidos extraños, una mezcla de carraspera, gruñido de ogro y exceso de bicarbonato, o de agua, que no paraban de servirla tan amable como únicamente. Cayetana sonrió como diciendo querida Lucía, a ese capote no voy a entrar, que los titulares los carga el diablo. Bueno, o sólo sonrió.

No hubo referencia alguna de los periodistas a los retratos del salón. Ni al grande de la dedicatoria ni al pequeño improvisado. Allí, en la pared, había muchas respuestas. Hablando se entiende la gente. Pero los Libres e Iguales ya han pedido reuniones con el rey, con Rajoy, con el PP, el PSOE, UPyD y Ciudadanos. ¿Es para ellos la pedagogía? También, espero. Pero, ¿para quién más? ¿Qué programa electoral satisfará al que quede convencido? ¿Habrá pedagogía sobre a quién votar? Porque esto depende de votos ¿Servirán los apuntes de la joven periodista para entender, tres décadas después, lo que queda de España?

Los Libres e Iguales tienen enfrente a la dictadura de la tertulia televisiva, del share, del pico de audiencia, del tiempo corto, de las opiniones por minuto. De los todólogos monologuistas. En los gallineros, bajo el calor de los focos de plató ya pusieron y empollaron el huevo del populismo. Ya eclosionó. Y no para de piar.

Cuántas veces parecía que… y al final nada. A ver si esta vez los Iguales de Lhardy aprovechan tanto esfuerzo pasado.

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