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Pablo Iglexit

El yo contra el caos no impedirá la llegada del fundamentalismo sino que lo acelerará.

Javier Somalo
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Pablo Iglesias, en Madrid, durante el mitin de cierre de campaña este viernes por la noche | EFE

La Europa que duerme, que no quiere defenderse de su enemigo principal –que ni siquiera pretende reconocerlo– no necesita un referéndum ni un plebiscito sino coraje y dignidad, atributos asfixiados por la metástasis burocrática que impide la verdadera libertad. La mediocridad política plasmada en un abismo de cargos, instituciones, normativas, directivas, presuntas políticas comunes de subvención y, sobre todo, de apaciguamiento han creado una Europa que sólo comparte una moneda –no era ese el problema del Brexit– desigualmente implantada en cada estado miembro por negligencias propias y ajenas.

Dejo que sean los expertos de verdad –en España ya es costumbre pontificar tableta en mano– los que valoren los efectos finales o posibles del Brexit en materia económica. En Libertad Digital encontrarán un amplio repertorio de análisis que no repararán en lo políticamente correcto.

Una de las lecciones del terremoto sufrido este viernes es la confusión reinante entre democracia y los procesos plebiscitarios o de referéndum, el mejor caldo de cultivo para aventuras como la de Podemos en España: convertir la soberanía popular en populismo asambleario o, para qué esconderlo más, en fundamentalismo. El propio Pablo Iglesias ya no sabe cuál es su postura doctrinaria sobre la Unión Europea o la pertenencia al euro porque, tanto él como su socio Garzón, han dicho una cosa y la contraria según acompañara o no el contexto, no vaya a ser que la extrema izquierda calque el ideario de la extrema derecha. En todo caso, eso es lo de menos, con un referéndum y un plebiscito de autoafirmación convocado en el momento idóneo se puede estar en el poder por los siglos de los siglos saltándose la cita periódica con las urnas, la que sirve para elegir entre varias opciones por un determinado periodo de tiempo y con generaciones distintas de votantes.

Con decisiones binarias Iglesias zanjaría, si pudiera, todo tipo de asuntos, desde la monarquía hasta el salario mínimo pasando por la propia idea de España haciendo innecesario o vetando cualquier otro proceso electoral. Sí, como en Venezuela, por manido que parezca.

Mientras Europa duerme y España cerdea, desde Andorra nos dicen a cuánto está el kilo de berenjenas y si hay más demanda de fresas que de naranjas o de agua en un pueril experimento de presunta violación de una ley imbécil que censura el conocimiento a los ciudadanos antes de votar. El viernes por la noche han de quedar fijadas en la retina las últimas piruetas electorales de los candidatos antes del apagón. Para matar el gusanillo de la prohibición, frutas y verduras andorranas, porno setentero de Perpiñán. ¿Es serio un país que hace eso?

En cualquier caso, como este domingo volvemos a votar, extraigamos consecuencias. El yo contra el caos no impedirá la llegada del fundamentalismo sino que lo acelerará. Sólo el sacrificio político en el bloque constitucional hará posible el contrapeso. A partir del domingo nos plantean dos posibles Españas pero no son sólo dos las posibilidades de llegar a ellas. Es la última oportunidad para que los políticos españoles que buscan de veras el Iglexit no se parezcan a David Cameron.

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