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Sánchez, entre el Comité Federal y el Consejo Editorial

¿Puede el secretario general del PSOE tomar el control en la cúpula de su partido y plantarse ante el Rey con la fórmula de un gobierno de desguace?

Javier Somalo
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La UCD fue un invento para poder formar el primer gobierno democrático bajo unas siglas. Un invento necesario en ese momento y después de 40 años de dictadura, que no es moco de pavo. No disfrutó nunca de la mayoría absoluta y murió, entre otras muchas cosas –ver gran cantidad de detalles en Vida y Muerte de la UCD de Emilio Attard–, por las tensiones, traiciones y desengaños internos, con una inestimable ayuda externa, por supuesto.

Las diferencias en el seno de la UCD no fueron fruto de una libertad o democracia interna, sino de la inevitable improvisación con la que nació y de las enormes aspiraciones personales de demasiada gente. Pero el resto de formaciones tomó muy buena nota: el control de un partido es el control del poder. Así que todos se lanzaron contra Adolfo Suárez sabiendo que la UCD era un coladero, pusieron las barbas en remojo y comenzaron a blindar sus estructuras. Cuando Felipe González ganó las elecciones en 1982 –"Felipe barre", titularon– el PSOE ya era un partido de hormigón armado. Muchas corrientes, ismos, congresos y debates internos… pero el Secretario General era el Secretario General, como ya sabe decir Pablo Iglesias para recordar que la democracia no es útil en los partidos porque son unidades de disciplina encaminadas a copar el poder sin fisuras. Con los años, ha quedado patente además que pocas lealtades salen más resistentes de la fragua que las forjadas en la corrupción. Cuando la corrupción se deja correr libremente protege la disciplina interna de los partidos porque nadie denunciará al vecino de despacho sin temer lo mismo. Este es uno de los males que nos tiene en peligroso barbecho.

El caso es que después de casi un año sin gobierno, Rajoy, Sánchez y ahora Iglesias –Rivera de momento se salva– están y son como la nación de Zapatero: discutidos y discutibles. Cada uno lo lleva a su estilo: el presidente en funciones, refugiado en La Moncloa –síndrome estrenado por Suárez contra las intrigas y heredado por todo inquilino del Palacio–, el de Podemos fingiendo debate interno navaja en mano y el socialista, improvisando estrategias y temiendo que, a este paso, nunca será ex. La cuestión es que Sánchez es el menos General de los Secretarios porque las estructuras del viejo PSOE han sobrevivido, además de en las cloacas del Estado, en el interior del partido. Los tres líderes están cuestionados por los suyos pero hoy parece que la cabeza menos unida al tronco es la de Pedro Sánchez.

Antaño no había Congreso o Comité más concluyente en el PSOE que el Consejo Editorial de El País como el que ya se ha celebrado este viernes en edición impresa. Que se lo digan a Nicolás Redondo Terreros, defenestrado por "El discurso del método" de Juan Luis Cebrián. Años después, la operación lleva por título "La deriva de Sánchez". Hay muchos párrafos rotundos pero se pueden resumir en uno letal:

El secretario general del PSOE ha ido cerrando todos los puentes hacia la gobernabilidad mientras insiste en buscar un pacto imposible con la escasa autoridad de quien pretende gobernar después de haber sufrido dos derrotas históricas consecutivas.

Hay que leer el editorial de El País recordando que Alfredo Pérez Rubalcaba acaba de fichar por su Consejo Editorial. Y no hay que olvidar tampoco que cuando el profesor de Química –orgánica, por supuesto– entra de nuevas en algo siempre tiene un plan o una misión: en abril de 2006 sustituyó a José Antonio Alonso en Interior y en mayo ya teníamos chivatazo en el Bar Faisán.

"La deriva de Sánchez" –subtitulen como "Márchese señor Sánchez"– no deja lugar a dudas pero como el futuro no es lo que era está por ver lo que manda Prisa en Ferraz desde que Zapatero devolviera el codificador del Plus para darse de alta en La Sexta. Lo asombroso es que Pedro Sánchez se ha defendido en el día de autos diciendo que los ataques de "la derecha mediática" no le harán mella. Tanta campaña seguida es lo que tiene.

Si Alberto Núñez Feijóo obtiene 38 escaños o más en las elecciones gallegas del 25 de septiembre casi podría añadirse al apellido otra "o" y hasta una "h" final admirativa para asombro de los barones populares, el alfa incluido: sería el único de ellos con gobierno sobrado. Rajoy puede tener un problema, pero a largo plazo, ya que el único popular de éxito estaría momentáneamente alejado de La Moncloa. Sin embargo, una victoria clara del PP de Feijóo significará también que el PSOE de Sánchez –¿recuerdan sin Google el nombre de su candidato gallego?– se ha dado un tremendo batacazo, lo que podría desembocar en zafarrancho. La causa objetiva de despido procedente podría ser invocada, otra cosa es que fuera eficaz si nos creemos el supuesto apoyo que la base militante profesa a Sánchez y, sobre todo, visto el currículum de los críticos.

Javier Lambán y Emiliano García Page han asomado la cabeza contra Sánchez en lo referente al adelanto del Congreso Federal que se prometió para después de que España tuviera gobierno anteponiendo así el interés general a los sillones, o eso dijeron. Pero, sacados de ese contexto, ambos barones dicen mantener el NO tanto a Rajoy como a la posible alianza con Podemos y separatistas que adorna tantas vitrinas socialistas en ayuntamientos y comunidades autónomas. Siendo los más atrevidos de la semana, no se atreven a más.

Guillermo Fernández Vara critica con cierta coherencia la deriva, pero se cuadra ante su jefe y deja que sea su mentor, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, el que sacuda los tapujos y amenace con devolver el carnet si el PSOE se acerca a Podemos y a los separatistas, algo que, conviene insistir en la hipocresía, ya hace el socialismo en muchos lugares de España. Fernández Vara tampoco da un paso más.

Ximo Puig y Susana Díaz se reservan para el Comité como si tuvieran un plan. En el caso del valenciano, no podrá afear muchas conductas si el debate deriva hacia los nacionalismos y populismos. En cuanto a Susana Díaz, la paradinha entre San Telmo y Ferraz está resultando tan grotesca como eterna y puede acabar en fiasco aunque siga presumiendo de hospedar al mayor número de militantes. Hablan y dicen que hablarán pero, hasta hoy, nada más.

Javier Fernández, el barón asturiano, invoca la "urgencia" de un gobierno en línea con el editorial de El País y sus consejeros adscritos o externos aunque sin tanta claridad. Nadie dentro del aparato del PSOE se atreve a más porque la disciplina atenazadora y el futuro incierto extramuros pesan más que cualquier otra razón.

Pero, ¿puede Sánchez huir hacia adelante, tomar el control en el Comité Federal, someterse a un Congreso, plantarse ante el Rey con la fórmula de un gobierno de desguace o esperar a las terceras elecciones como candidato si fracasa en las urnas gallegas y vascas de este domingo? En definitiva, ¿caerá Sánchez en Madrid si se estrella en el norte? Resulta arriesgado apostar ante tanta tibieza, más bien cobardía, pero voy a pulsar el SÍ aunque sólo sea por oposición a tanto NO.

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