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Jesús Laínz

El virus totalitario

La pieza clave de los totalitarismos no son los gobernantes sino los gobernados. Cada ciudadano, un vigilante. 1984.

Jesús Laínz
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La pieza clave de los totalitarismos no son los gobernantes sino los gobernados. Cada ciudadano, un vigilante. 1984.
Gordon Johnson-Pixabay

Trágico contraste en estos días lamentablemente históricos. Por un lado, una cantidad notable de personas maravillosas cumpliendo su deber, o sobrepasándolo, cuidando a los enfermos a veces a costa de su propia vida por culpa de unos gobernantes de asombrosa inutilidad. La parte divina del ser humano. Hablando de parte divina, los medios de desinformación no han prestado ninguna atención a un dato tremendo: ciento once sacerdotes italianos han fallecido por su empeño en acompañar a los moribundos en su lecho de muerte. Aunque, naturalmente, ninguna televisión lo haya mencionado porque la única noticia eclesiástica digna de ser difundida es la que tenga alguna relación con la pederastia, en España han fallecido ya cincuenta y tres de los varios cientos de religiosos contagiados.

Pero a la parte divina del ser humano le acompaña la parte simiesca: una cantidad inmensa de gente, dedicada a hacer el payaso de cualquier manera, a cualquier hora y con cualquier excusa. Está bien afrontar las circunstancias penosas sin perder la sonrisa, mientras se pueda. Pero tan difícil es mantener el equilibrio como fácil cruzar la frontera de la estupidez. Y demasiada gente la está cruzando demasiadas veces. Sorprende la facilidad con la que personas de toda edad y condición caen en la frivolidad hasta cuando están rodeados de tragedia. Pues con un solo contagiado grave en su familia, se les cortaban las risas de golpe. La risa, como el llanto, es para los momentos íntimos, en círculos pequeños y por causas que la merezcan. Todo lo demás es degradante. Cuando Julio Anguita explicó que él siempre se negó a dar saltitos con sus camaradas cogidos de la mano en el estrado de un mitin, comprendí que me unía a él algo humano mucho más profundo que su ideología, de la que no puedo discrepar más.

Todos esos millones de españoles que llevan un mes saliendo a los balcones a hacerse el simpático, ¿se habrán parado a pensar, aunque sólo sea durante un segundo, en que en alguna casa vecina alguna familia estará llorando la muerte de un padre, de un marido o de un hijo? Seguro que esas familias disfrutarán mucho del espectáculo que los idiotas de sus vecinos les ofrecen cada día. Y para redondearlo, todas las televisiones del régimen, sumisas al Gobierno que las riega con subvenciones, ocultan con unanimidad la trágica realidad y subrayan lo que denominan aspectos divertidos de la pandemia. La infamia ha llegado al punto de que TVE, voz oficial del sóviet monclovita pagada con los impuestos de todos los españoles, está filmando una serie cómica sobre la epidemia que, de momento, ha provocado veinte mil muertos. ¡Riamos, españoles, que la ocasión lo merece!

Y junto a las risas, la cursilería. ¡Cuánta insistencia en presentar el confinamiento domiciliario como un acto heroico! Ahora resulta que todos somos héroes por quedarnos en casa. No sé qué dirían al respecto todos los que a lo largo de la historia pusieron en riesgo su vida, o la perdieron, en hazañas de extraordinario valor. Está claro: a mejores calefacciones, peores generaciones.

Pero lo peor de todo está siendo la comprobación, en esta luminosa época nuestra de democracia y progresismo a raudales, de que hace falta muy poco para que el hombre-masa saque a relucir el tirano que lleva dentro: vecinos increpando al que saca a pasear el perro; vecinos insultando a la madre que sale a tomar el aire con su hijo autista severo para que, al andar y pegar un par de gritos, no le entren después ganas de darse de cabezazos contra las paredes; vecinos llamando de todo al padre que empuja la silla de ruedas de su hijo minusválido; vecinos requiriendo a una empleada de supermercado que se vaya a vivir a otro lado para que no les contagie con sus idas y venidas al trabajo; vecinos pintando en el coche de una vecina médico "rata contagiosa". Y la guinda: media España goteando sangre por el colmillo ante el injustificable paseo de Rajoy mientras guarda atronador silencio sobre el alcalde socialista de Badalona conduciendo borracho y mordiendo a los agentes que le detuvieron, así como sobre la ruptura de la cuarentena por parte de medio Gobierno en riesgo de contagio familiar.

El sectarismo, la envidia y la mala índole, por encima de la equidad, la comprensión y la humanidad. ¡Con lo fácil que es no meterse en las vidas ajenas!

Esto demuestra una vez más que la pieza clave de los totalitarismos no son los gobernantes sino los gobernados. Cada ciudadano, un vigilante. 1984.

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