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España sin pulso

El último, que apague la luz y cierre la puerta.

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El Gobierno de Don Tancredo, igual que todos los Gobiernos desde la aprobación de la Constitución de 1978, ha decidido una vez más no actuar para defender el Estado. Olvidándose de las competencias del poder ejecutivo, que no son pocas ni leves, la vicepresidente del Gobierno ha declarado que "la defensa del Estado en el ámbito penal la lleva a cabo la Fiscalía del Estado". Políticamente cuestionable pero jurídicamente impecable. El problema es que de momento parece que con los fiscales no se puede contar demasiado y que la defensa de la legalidad está quedando en manos de las denuncias privadas que, gracias a Dios, ya han llegado a los tribunales. Los ciudadanos, al rescate de un Estado en rebelión interna o voluntariamente desaparecido. Como en 1808.

Pero tampoco parece sensato depositar demasiada confianza en los ciudadanos. En primer lugar porque los más directamente afectados, los catalanes, están mayoritariamente envenenados por cuatro décadas de ingeniería social totalitaria desarrollada ilegal e inmoralmente por los Gobiernos autonómicos de Barcelona sin que los Gobiernos nacionales de Madrid hayan movido un dedo jamás. Y en segundo, porque parece que a la gran mayoría de los ciudadanos, entre el comprensible rechazo a los políticos y la incomprensible inconsciencia de la gravedad del momento, el naufragio de la nación les importa bastante menos que los goles de Ronaldo y la prisión de la Pantoja. Como en 1898.

Finalmente, por si la amenaza de fragmentación fuera poca cosa, la nación discutida y discutible se enfrenta al mismo tiempo a una corrupción política vergonzosa, a una crisis económica de largo alcance, a un paro estructural irresoluble en décadas y, últimamente, a la resurrección de la tentación bolchevique, fruto del resentimiento, la frustración, la incapacidad, la pereza, la ignorancia, el analfabetismo político, la irresponsabilidad, la irreflexión, la mala índole, el afán de venganza y el deseo de subsidio. Como en 1936.

El último, que apague la luz y cierre la puerta.

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