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Rectificaciones bautismales

¡Menudo susto se habría llevado el pobre Ganivet si le hubiera dado tiempo a conocer los inventos de Sabino Arana!

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Durante su etapa de cónsul en Helsinki, Ángel Ganivet tomó nota de un fenómeno social que le llamó la atención: a los finlandeses, como parte de su empeño por liberarse de la dominación política rusa y cultural sueca, ¡les había dado por cambiarse nombres y apellidos!

Me parece excesivo el encono con que se combate y que los fenómanos[nacionalistas finlandeses], aunque defienden la causa finlandesa, que es la más justa desde el punto de vista territorial, suelen caer en ridículas exageraciones. Nosotros no comprenderíamos, por ejemplo, la necesidad de que un sueco de origen, al declararse fenómano, se rebautice o se confirme con un nombre finlandés. Aquí esto es frecuente, y en los últimos tiempos ha habido un trasiego considerable de apellidos.

¡Menudo susto se habría llevado el pobre Ganivet si le hubiera dado tiempo a conocer los inventos de Sabino Arana!

Pero los finlandeses no estaban solos. Por ejemplo, la Alemania guillermina fue pródiga en neurosis onomásticas. Pues en la segunda mitad del XIX se puso de moda bautizar a los niños con sonoros nombres de la antigüedad germano-escandinava. Como es natural, durante el Tercer Reich la tendencia aumentó, pues no había manera más fácil de demostrar fidelidad al régimen que un nombre nibelúngico. Los judíos fueron especialmente entusiastas de estos viejos nombres, a los que acudieron a menudo para pasar desapercibidos en una sociedad crecientemente antisemita. "Hubo toda una generación de Horst judíos cuyos padres no daban abasto a la hora de poner énfasis y más énfasis en algo rayano ya en el teutonismo", escribió el filólogo Viktor Klemperer en su clásico La lengua del Tercer Reich. Recogió, entre otros casos, el de unos padres que llamaron a su hija Heidrun convencidos de que se trataba de un nombre digno de una walkiria. El problema es que Heidrun es la cabra que, según la mitología noruega, come las hojas del árbol Læraðr, plantado en la cima del Walhalla, y produce en sus ubres el hidromiel para los héroes muertos en combate.

Por aquellos mismos años también se padecían fiebres onomásticas en algunas regiones españolas. En Cataluña, por ejemplo, un caso digno de felice recordación fue la acusación de catalán indigno que el periódico La Nació Catalana lanzó en 1932 contra un Companys que se anunciaba con un inaceptable Luis en la placa de su despacho.

Pero la medalla de oro se la llevan, sin duda alguna, los nacionalistas vascos, pioneros en estas lides desde las fundacionales maniobras sabinianas con el santoral. De aquellos días nos han llegado muchos de los nombres hoy ya convertidos en clásicos, como Kepa, Koldo o Iñaki, alternativas propuestas por Sabino para desterrar a los españolesPedro, Luis e Ignacio. Con este último se dio el curioso fenómeno de que se podía saber quién era nacionalista y quién no dependiendo de qué palabra usara cada uno para cantar el himno a san Ignacio, cuya letra "Iñazio gure patroi aundia"era cantada así por todos menos por los nacionalistas, que preferían el Iñaki.

Precisamente Iñaki fue el nombre de un infortunado niño de trece años que murió en mayo de 1933 en un tiroteo entre nacionalistas y socialistas en Usánsolo, lo que provocó que en el periódico nacionalista Jagi-Jagise escribiese:

¡Loor a ti, Iñaki, por haber sido el primero que, ostentando un nombre euzkeldun que nuestro Maestro Sabino nos dio a conocer, has sacrificado tu vida por nuestra santa causa!

Tras la guerra, en el exilio nacionalista se mantuvo viva la llama de los neonombres. Manuel Fernández Etxeberria, por ejemplo, publicó un artículo sobre esta cuestión en la revista venezolana Eusko Gaztedide febrero de 1959:

Nacionalismo sin mística es como tomarse un vaso de agua sin tener sed (...) Es cuando comprendí que nunca más debía dejarme llamar Manolo (...) Cuando me dicen que alguien es nacionalista vasco e interesándome por ellos me responden que son Manolo (sigo citando a Manolo porque yo soy Manuel), Pepe, Charito, etc., no puedo reprimir un gesto de decepción. Y conste que conozco buenos nacionalistas que se llaman Paco, Perico, Manolo y Pepe, pero esto no impide que lo deplore. Al revés: que se haganPatxi’s, Kepa’s, Imanol’s y Joseba’s, considero que es un acto de rectificación bautismal hacia la vasquización que debería ser uno de los primeros pasos que emprendiese cada uno hacia sus propias personalidades. Y lo confieso: a mí, quien me llama Manolo deliberadamente, me insulta, porque equivale a tratar de españolizarme: no me he atrevido todavía a modificarmehasta el Imanol, pero me agrada mucho que, por lo menos, me llamen Manu. Por eso a mi hijo lo bauticé con un nombre que nunca jamás y por mucho que se lo propongan, lo podrán pepotear.

Hoy los Iñakis y otros nombres de la primera hornada sabiniana empiezan a escasear salvo entre padres y abuelos, arrinconados por nuevas creaciones, en muchos casos disparatadas. Creaciones tan exitosas que han conseguido que miles de maketos se hayan sumado a la corriente como los judíos teutonizantes de Klemperer, empezando por los numerosos Iker repartidos por toda España, sobre todo tras la estela del famoso futbolista cuyos padres vivieron algunos años en Bilbao. No muchos de los progenitores que han puesto ese nombre a sus vástagos sabrán que se trata del masculino de Ikerne, Visitación en sabiniano.

Tampoco habrán estado muy informados los que eligieron Igor convencidos de que se trata de un nombre tradicional vasco, pues, evidentemente, es ruso. Por no hablar del muy parecido Zigor, castigo que inconscientemente han estampado en sus retoños muchos padres ignorantes de que, en vascuence, dicha palabra significa precisamente eso: castigo. No nos detendremos en los niños bautizados con nombres tan poéticos como Basura, Macho Cabrío, Vinagre o Cerdo, pues ya hemos hablado de ellos en alguna ocasión anterior.

Un hueco especial en el corazón de este tierno juntaletras lo ocupa la madre que se dirigió a un no menos tierno estudioso en una biblioteca bilbaína para preguntarle en qué libro podría consultar el significado del nombre vasco con el que había bautizado a su hijo quince años atrás: Iskander. Cuando la buena señora se enteró de que aquel nombre no tiene nada de vasco y de que el único parentesco que se le puede encontrar es la variante persa de Alejandro, marchó de allí inconsolable. ¡Le he puesto a mi hijo un nombre turco!

Y de postre, la guinda: pues en los añorados años transicionales, cuando comenzaba la fiebre autonomista, un cántabro afincado en el País Vasco, Pedro Laso Cano, mutó en Kepa Lasamendi Kanobeitia. ¡Olé!

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