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George H. W. Bush, el sueño de un mundo libre

Como presidente, prometió no crear nuevos impuestos, hizo lo contrario, se presentó a la reelección y perdió.

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George H.W. Bush y Juan Pablo II | EFE

George H. W. Bush (Milton, Massachusetts, 1924) celebró su 90 cumpleaños lanzándose en paracaídas. Pero parece que sus 94 años le han pesado demasiado después de perder a su mujer durante más de siete décadas, Barbara, el pasado mes de abril. Héroe de guerra (recibió la Cruz de Vuelo Distinguido), capitán del equipo de béisbol de la Universidad de Yale, George H. W. Bush se movía con facilidad en lo más alto de la sociedad americana. Tenía un carácter afable y elegante, y todo lo modesto que le permitía su posición.

Fue en Tejas, donde se instaló en 1960, donde empezó su carrera política. Comenzó con un fracaso monumental en las elecciones al Senado estatal. Aliado de Goldwater, se opuso a la Ley de Derechos Civiles, a la entrada de China en Naciones Unidas y al Tratado de Prohibición de Pruebas Nucleares. Se arrepintió de haber tomado unas posiciones tan a la derecha, y el resto de su carrera sería un republicano progresista, como lo había sido su padre.

Con Nixon fue embajador ante la ONU y director de la CIA. Un grupo de intelectuales, discípulos de Leo Strauss y bajo la dirección de Richard Pipes, escribió un informe en el que se criticaba la política de contención con la URSS que seguía la CIA basándose en que la megadictadura albergaba grandiosos planes de rearme que sólo estaban en la imaginación de estos neocon. Lo irónico del caso es que, cuando Bush se convirtió en vicepresidente de Ronald Reagan, éste obligó a la URSS a seguir esos planes de rearme que aceleraron el desplome económico que acabó con el régimen soviético y con todo el bloque comunista europeo.

Fracasó en su intento de ser vicepresidente con Nixon y con Ford. Quien le llamó fue Reagan, justo después de que éste le venciera en las primarias republicanas. Reagan a la derecha y Bush en el centro ganaron con claridad al rey de los manises, Jimmy Carter. En 1988, cumplidos dos mandatos de la estrella de Hollywood, se presentó a las elecciones presidenciales con el cartel de continuador de Reagan. Y ganó. Como presidente, prometió no crear nuevos impuestos, hizo lo contrario, se presentó a la reelección y perdió.

Pero cuatro años fueron suficientes para completar una presidencia notable. Recurrió al veto en 44 ocasiones, para, por ejemplo, paralizar una subida del salario mínimo, una ley de cuotas raciales y una regulación que obligaba a las empresas a dar días a los padres por el cuidado de sus recién nacidos.

Ahora bien, sus mayores éxitos los cosechó en el exterior. Prefirió desoír a quienes le pedían que asestase un golpe definitivo a una URSS que se estaba desmoronando, entre los que se encontraba su secretario de Defensa, Dick Cheney. Bush, que confiaba en Mijaíl Gorbachov, entendió que, si la voladura había de ser controlada, el líder soviético tendría que continuar en el poder. Gorbachov anunció una política de desarme unilateral, y Bush reforzó su postura sumándose al desarme. Y funcionó. La URSS se replegó, renunció a la Doctrina Brezhnev, que reclamaba su derecho a intervenir en la Europa del Este, y sobre los cascotes del comunismo emergió la libertad en la zona de Europa más castigada por la historia en el siglo XX. Un siglo que concluía bajo la presidencia del 41º presidente de los Estados Unidos.

Bush apoyó la reunificación alemana; fue uno de sus mayores logros. Actuó con cautela tras la masacre de Tiananmen. Derrocó a Noriega, en una operación pomposamente llamada Causa Justa, y desató una tormenta sobre Irak que obligó a Sadam Huseín a sacar su Ejército de Kuwait. Reforzó las relaciones con Arabia Saudita e impidió que la operación desembocase, como quería el sátrapa iraquí, en un conflicto en todo el Oriente Medio. Algo, por cierto, que debemos también al buen sentido y la capacidad de sufrimiento del pueblo israelí.

El sueño de un Nuevo Orden Mundial basado en la libertad económica, personal y política, falsamente demostrado por la dialéctica hegeliana en manos de Fukuyama, ha sido barrido por la Historia, que se resiste a alcanzar un nadir. Pero en su momento llegamos a soñar con eso, y fue de la mano de George H. W. Bush.

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