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El Brexit es una bendición

La consumación de la idea supranacional de Europa jamás habría sido factible con ellos dentro.

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Que el Reino Unido, aunque lo más preciso sería decir Inglaterra, haya decidido sacar de Bruselas el único pie que aún mantenía dentro de la Unión Europea constituye una excelente noticia, sin duda la mejor que podrían esperar el resto de los Estados miembros de la UE. Y ello por una razón clamorosamente obvia, a saber: porque los británicos, e igual los conservadores que los laboristas, nunca creyeron en el proyecto político europeo. Por eso constituyeron una fuente inagotable de problemas a lo largo de todo el tiempo que permanecieron en el interior de la Unión. Y eso pese a gozar, y desde el primer día, del mejor status imaginable entre todos los demás miembros. El mejor. Recuérdese a ese respecto que solo el Reino Unido dispuso del insólito privilegio consistente en disfrutar de todas las ventajas asociadas al libre acceso a los mercados de la segunda mayor área económica del mundo, pero sin que ello implicase para sus contribuyentes nacionales el tener que colaborar en la misma proporción que el resto de los países a la financiación de las instituciones europeas y las políticas comunes. Era como si los británicos nos estuvieran haciendo un favor a los continentales por concedernos la gracia de plegarse a integrar su economía con las nuestras.

Por eso supone una gran noticia que, al fin, se hayan marchado. Y es que la consumación de la idea supranacional de Europa jamás habría sido factible con ellos dentro. Si algo nos ha enseñado la Gran Recesión de 2008 es que Europa no puede seguir morando por más tiempo en este limbo a medio camino entre la integración y la desintegración donde ahora nos encontramos varados. Hay que dar zancadas, y ya, urgentes, hacia la unión fiscal y bancaria. También para la tan denostada unión de las transferencias. Algo que aún está por ver que resulte finalmente viable sin tener a los británicos dentro, pero que sería imposible, del todo imposible, si no se hubiesen marchado. Porque, para ellos, esa cantinela que todo el mundo recita en Bruselas, la de las "reformas de la Unión", significaba algo muy distinto que para el resto. Así, en boca de May, reformas era un sinónimo de devolver parte de la soberanía ahora compartida a los Estados firmantes de los Tratados. O sea, justo lo contrario de lo que por ese término se entiende a este lado del Canal. Por eso, decía, hoy es un gran día. Se acabó, al fin, la capacidad de chantaje de Londres para, a través de la prerrogativa del veto, poner todos los palos posibles en todas las ruedas de la integración europea.

A sus ojos, Europa tenía que limitarse a ser única y exclusivamente un mercado. Pero los mercados modernos son mucho más que lonjas invisibles donde comprar y vender. Necesitan infraestructuras logísticas y de comunicaciones, que son fruto de costosas inversiones públicas. Y también normativas de protección de los derechos intelectuales y de propiedad en general. Y bancos centrales que eviten los pánicos financieros. Y legislación para defender a empresarios y consumidores contra el poder abusivo de los actores económicos que ponen en peligro la competencia. Y sistemas de protección social que legitimen ante la comunidad la desigualdad final en la distribución de la renta. Los mercados necesitan regulación e instituciones a fin de poder funcionar y ser eficientes. De ahí que los mercados que de verdad funcionan no resulten ser creaciones espontáneas, mónadas independientes surgidas de la nada, sino estructuras insertas dentro de instituciones sociales más amplias que los trascienden. Y eso es lo que, bajo ningún concepto, querían alumbrar los británicos fuera de su isla. Pues que se queden en ella. Lo dicho, su fuga es una bendición.

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