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El conejo en la chistera de Trump

Los 2,6 billones de dólares errantes por el mundo tal vez retornen al dulce hogar, pero no para crear empleos sino burbujas.

José García Domínguez
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Cordon Press

En estas vísperas del 20 de enero, fecha en la que Trump tomará posesión de la Casa Blanca, está ocurriendo algo sorprendente, por lo paradójico, en el mercado de valores norteamericano. Pese a que casi nadie en Wall Street cree en ese heterodoxo programa expansivo que postula el nuevo presidente, las cotizaciones de las grandes corporaciones andan disparadas al alza. Extraño escepticismo el de esos muy reputados analistas, como los de JP Morgan y Goldman Sachs sin ir más lejos, que, dando por hecho que el plan de Trump está irremediablemente abocado al fracaso cierto dentro de apenas un par de años, se han lanzado a recomendar la compra urgente de acciones de las principales transnacionales que cotizan en el índice Dow Jones. Se dice que el corazón posee razones que la razón no entiende. El corazón sí, pero la cartera no. De ahí que tenga que haber alguna explicación lógica a esa aparente contradicción. Y la hay. Al respecto, conviene saber que la fiscalidad que recae sobre los beneficios de las empresas norteamericanas en el extranjero no se parece en casi nada a la europea.

Así, Estados Unidos, que de hecho actúa desde hace décadas como un paraíso fiscal encubierto, grava, al igual que sucede en Europa, la renta universal que obtengan sus empresas en cualquier rincón del planeta. Pero, a diferencia de lo que aquí es norma, permite que retrasen, a veces hasta el instante mismo del Juicio Final, el pago de esos impuestos. Y es que solo resulta obligatorio el desembolso efectivo de las cantidades adeudadas al fisco en el momento en que se produzca la repatriación del dinero, no antes. Una manera como otra cualquiera de tolerar la evasión tributaria. He ahí la razón inconfesable de que Apple mantenga abiertas cuentas en bancos extranjeros por un saldo de unos 216.000 millones de dólares a día de hoy, Microsoft por algo más de 110.000 o, entre muchas otras, Cisco por 60.000. Ese es el conejo que guarda Trump en la chistera para tratar de consumar la alquimia financiera que le permita disparar el gasto público en infraestructuras al tiempo al tiempo que recorta las tarifas fiscales a todo el mundo, tanto a empresas como a particulares. La idea es simple: os bajo los impuestos si traéis de vuelta a casa todo ese montón de dinero y me creáis con él otro montón de empleos bien pagados para mis votantes. Demasiado bonito para ser verdad, sin embargo.

Porque los 2,6 billones de dólares errantes por el mundo (es la cantidad sideral que ha estimado la Oficina Presupuestaria del Congreso) tal vez retornen al dulce hogar, pero no para crear empleos sino burbujas. Y es que esa misma idea, la de la amnistía para los dólares exiliados, antes que a Trump ya se le había ocurrido a Bush. ¿Y qué ocurrió entonces? Pues lo que, con toda probabilidad, volverá a suceder ahora. Lejos de consumar el cuento de la lechera con que fantaseaba la Administración, las empresas se abstuvieron de realizar inversión productiva alguna con el dinero retornado, prefiriendo destinarlo a la recompra de sus propias acciones en bolsa. Juego de manos que les permitió incrementar de un día para otro las cotizaciones de sus respectivas empresas en Wall Street, incremento de valor (huelga decir que artificial) que luego utilizarían como colateral para conseguir créditos bancarios a tipos preferentes y sin restricciones. Ya se sabe, dinero llama a dinero. ¿Y las inversiones? De las inversiones, por supuesto, nada de nada. Como muestra, un botón estadístico: cuando la amnistía fiscal de Bush (en todas partes hay un Montoro), las grandes corporaciones norteamericanas repatriaron un total de 300.000 millones de dólares. Bien, pues por esas mismas fechas las recompras de acciones corporativas en la bolsa de Nueva York aumentaron de repente nada menos que un 84%. Hubo quien se hizo de oro. Y ahora volverá a pasar. Por eso, todo el mundo (todo el mundo que está en el ajo y conoce el guión de la serie) está dando órdenes de compra en previsión de lo que ha de venir. Nihil sub sole novum.

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