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¡Fran-co! ¡Fran-co! ¡Fran-co!

Resulta que el único partido que presenta alguna objeción seria en el asunto de la exhumación de Cuelgamuros es Esquerra Republicana de Cataluña.

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Los republicanos Rovira, Rufián y Tardá. | EFE

Cosas veredes. Resulta que el único partido que presenta alguna objeción seria, o sea al fondo que no a la forma, en el asunto de la exhumación de Cuelgamuros es Esquerra Republicana de Cataluña. Al punto de que ERC amenaza ya con no apoyar la convalidación del decreto en las Cortes si el Gobierno actual insiste, al igual que hiciera en su día el de Zapatero, en negarse a facilitar la anulación de la sentencia del tribunal militar que condenó a muerte a Lluís Companys. Un empecinamiento absurdo en la medida en que la propia Ley de Memoria Histórica ya establece la ilegitimidad de aquellos juicios políticos realizados por el bando vencedor tras el final de la guerra civil. No obstante, Esquerra insiste. E insiste por una única razón que tiene que ver con el relato canónico del independentismo sobre la historia contemporánea de España. Un relato, aunque mucho más riguroso sería llamarle cuento, según el cual la carnicería de 1936 fue un enfrentamiento armado entre Cataluña y España; una contienda en la que, huelga decirlo, todos los catalanes eran buenos y combatieron en el bando de los buenos, y todos los demás españoles eran malos y militaban en el bando de los malos. Ridículo y pueril hasta el bochorno, sí, pero eficaz propagandísticamente hasta el asombro.

Un cuento, ese, que tiene una segunda parte mucho más fantástica aún, pues en ella se asegura que el pueblo catalán en bloque, sin disidencia significativa ni fisura mayor, resistió de modo militante y activo, en ocasiones de forma heroica, contra la dictadura del general Franco a lo largo de los cuarenta años que duró aquel régimen de facto. Pocos maestros consagrados de la ciencia ficción mundial podrían haber construido un guion tan imaginativo. Pero eso da igual, porque pocos catalanes de hoy tendrán noticia alguna vez de, por ejemplo, lo que anotó en sus memorias Maria Aurèlia Capmany, la escritora y militante socialista, a propósito de la entrada triunfal del ejército faccioso en la Barcelona de 1939. Unas palabras que en catalán suenan más verdaderas aún:

"No vaig veure l´entrada dels feixistas a Barcelona, però vaig tenir temps de veure l´eufòria de la ciutat, les riuades de gent que es movia d´un cantó a altre cridant: ‘Fran-co, Fran-co, Fran-co’. Exactament amb aquest ritme. Havies de triar, o quedar-te tancat a casa, amb les finestres tancades, o resistir aquella onada d´euforia". Oleadas de rítmica euforia incontenible, Fran-co, Fran-co, Fran-co.

En las memorias de otra escritora barcelonesa, Esther Tusquets, esta perteneciente a una familia tan catalana como la de la Capmany y tan franquista como los miles y miles que coreaban en las calles el apellido del dictador, se puede acusar recibo de exactamente lo mismo. La ciudad era un clamor: Fran-co, Fran-co, Fran-co. Ya en su vejez última, Francesc Vicensc, el crítico de arte y antiguo dirigente comunista que fuera primer diputado de ERC en las Cortes constituyentes, confesaría con extraña, inopinada sinceridad cómo eran las cosas en la Barcelona de muy poco después, la de 1946 :

"Yo era uno de los pocos estudiantes que hablaba catalán. No es que la gente estuviera reprimida; es que se hablaba en español, que era la lengua de las personas cultas. Los catalanohablantes o bien eran gente vieja o payeses, pero los universitarios hablaban en castellano. Todo eso de la resistencia cultural es pura invención".

Sinceridad extraña, porque lo habitual en la Cataluña del cuento es que suceda lo que le ocurrió al ilustre catedrático Borja de Riquer, a la sazón Comisario de la Memoria Histórica nombrado por la Generalidad. Un comisario súbitamente amnésico que en su documentadísimo informe final sobre la ocupación franquista de Cataluña en 1939 olvidó mencionar que el oficial al mando del Batallón Montserrat, la tropa de voluntarios catalanes que luchó en las filas de Franco, era un tal Martín de Riquer. O sea, su padre. Lo dicho: cosas veredes.

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