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La derecha del siglo XXI

En España no se está dando el cambio que están experimentando las derechas en tantos otros lugares de Occidente.

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EFE

Desde que aquel sociólogo conservador americano, Daniel Bell, escribiera allá a principios de los sesenta un célebre librito titulado El fin de las ideologías, no se sabe muy bien qué es en realidad eso que por convención y simple rutina seguimos llamando "derecha". Y es que incluso un par de décadas antes de la muerte oficial del comunismo, la última ideología total que conoció el mundo, en Occidente la política tanto que aún se dice de derecha como la que insiste en ser nominada de izquierda ya había dejado de consistir en un programa de transformación social bajo la dirección de una ideología para devenir algo mucho más simple, prosaico y tecnocrático, a saber: la mera gestión pacífica del conflicto a través de acuerdos. Aquellos conjuntos de creencias infundidas de pasión, que es la mejor definición que yo conozco de las viejas ideologías, yacían difuntos y enterrados, pues, mucho antes de que los dos candidatos que ahora aspiran a dirigir el Partido Popular, él y ella, hubieran siquiera nacido. No se sabe muy bien qué es, decía, pero lo que sí se sabe es que, sea lo que sea la derecha en Europa y Estados Unidos, las políticas que ahora, en el primer acto del siglo XXI, sirven para reconocerla tienen muy poco que ver con las que dotaban de señas de identidad a esas mismas derechas durante el último tercio del XX, cuando cayó el Muro y se inició con entusiasmo olvidado el proceso globalizador.

Sin ir más lejos, repárese en lo que ha pasado con la derecha –y con la izquierda– en Francia, nuestro vecino rico. Ahí arriba, a Los Republicanos, que es como se ha rebautizado la diestra francesa clásica de toda la vida, apenas les votan algunos viejos, preferentemente los del agro, y algunos funcionarios. Nadie más. Eclipsada en la definitiva marginalidad la derecha tradicional –al igual que los socialistas– , las nuevas derechas que han llegado para robarle su espacio electoral, el Frente Nacional y lo de Macron, ni se parecen entre sí en nada ni tampoco en nada recuerdan a los últimos escombros electorales que aún quedan en pie del gaullismo. Pero es que eso mismo, la desaparición acelerada de la derecha de siempre para ser sustituida por nuevas siglas con programas distintos y distantes, está ocurriendo en todos los rincones del hemisferio. En Estados Unidos, con el visceral proteccionismo antiglobalista de Trump. En Italia, con los eurófobos gemelos de la Liga y los de Grillo. En el Reino Unido, con esa genuina encarnación de la anti-Thatcher que responde por Theresa May. En Alemania y Austria, con sus inquietantes disidencias de las respectivas democracias cristianas locales. Más al norte, con los populistas ultras escandinavos. En el Este, con ese no menos inquietante Orbán húngaro.

Los partidos liberal-conservadores convencionales, la antigua expresión política de las clases medias que compartió con la socialdemocracia la hegemonía desde la posguerra, están siendo barridos por una neoderecha chovinista que articula sus prioridades en torno a dos premisas ubicuas. Por un lado, poner freno a las migraciones transcontinentales de mano de obra barata hacia el mundo desarrollado. Por otro, dar marcha atrás, vía aranceles, contingentes y todo el arsenal regulatorio propio de los Estados-nación, a la mundialización de los mercados. Objetivos que, en el marco continental europeo, se complementan con un tercer afán iconoclasta: la disidencia activa contra la moneda común, el euro. Ocurre en todas partes. En todas, salvo en la Península Ibérica. España, por lo visto, sigue siendo diferente. He ahí el debate (por llamarle de algún modo) precongresual del PP. Ni rastro en él de esas herejías programáticas que retratan a las derechas emergentes en Europa y América. Ni el más mínimo rastro. Ninguno. ¿La razón? También yo la ignoro.

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