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La Operación Ernest Maragall

Un pronóstico verosímil para el eterno día de la marmota catalana es que las próximas elecciones regionales se tengan que celebrar a finales del mes de mayo.

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Ernest Maragall, junto a su hermano Pasqual | EFE

Un pronóstico verosímil para el eterno día de la marmota catalana es que las próximas elecciones regionales se tengan que celebrar a finales del mes de mayo. Ocurre que la propia legislación doméstica emanada del Estatut y sancionada por el Parlament establece al imperativo modo que, una vez iniciado el primer debate de investidura en el Hemiciclo, se pondrá en marcha un plazo de dos meses, límite temporal máximo para que sea designado por votación plenaria un nuevo presidente de la Generalitat. En caso contrario, la norma vigente prevé la disolución automática de la Cámara y, en consecuencia, la ulterior llamada a las urnas. Ni tan siquiera haría falta, pues, que el actual presidente la Generalitat en funciones y máximo representante del Estado en la plaza, el Muy Honorable Mariano Rajoy Brey, adoptase la decisión personal de dispersar a los ahora electos mediante la firma del preceptivo decreto.

Considerando, en fin, que la primera sesión de investidura, ya sea la del ectoplasma del Payés Errante, ya la de un tercero presente y tangible, se celebrará el 31 de enero, nos iríamos al 31 de marzo como fecha tope para dar por finiquitado el trámite parlamentario. ¿Ocurrirá? Bueno, lo seguro es que no se puede descartar que vaya a ocurrir. Al respecto, los movimientos de última hora, tanto la inopinada deserción de Carles Mundó, el efímero tapado de la Esquerra, como la espantada preventiva de Artur Mas constituyen pruebas indiciarias de que, primero, ERC no muestra demasiado interés por presidir el Parlament y, segundo, de que el PDeCAT no ha sido capaz de controlar al Papa Luna de Bruselas. Mundó, un separata rural e integrista pero también hombre formado e inteligente, era la persona escogida por la dirección de ERC para inmolarse a lo bonzo desde la Presidencia del Parlament. Descartada Forcadell, criatura poseída por un miedo cerval a la cárcel desde que probó los muelles de un camastro de Alcalá Meco, Mundó, pese a ser padre de tres hijos pequeños y encontrarse también él en situación de libertad condicional, parecía dispuesto a subir de grado al cadalso del Parque de la Ciudadela. Hasta ayer.

Pero atribuir su tocata y fuga a una decisión personal no resulta creíble. Bien al contrario, la lectura de ese gesto suyo que más se podría compadecer con la verdad apuntaría a que los de Junqueras estarían impugnando el acuerdo tácito que les otorga la Presidencia de la Cámara a cambio de que cedan la de la Generalitat a sus socios. Y es que cualquiera que aún conserve un par de dedos de frente dentro de la comunión catalanista tiene claro a estas horas que no se puede dirigir por Twitter una Administración con 200.000 funcionarios a sus órdenes. Cualquiera, incluidos los republicanos. La insólita (por nunca antes vista) petición de la Esquerra para que los letrados del Parlament avalen con un dictamen jurídico la pretensión legitimista del Loco de las Bufandas se inscribe en la misma dirección. Sea como fuere, los separatistas necesitan con urgencia ponerse de acuerdo sobre un nombre, el de alguien lo bastante fanático (o chalado) como para arrostrar con las consecuencias personales del eventual desacato a otra sentencia del Tribunal Constitucional desde la Presidencia del Parlament. Y ese nombre ya circula a estas horas por algunos mentideros de Barcelona. Es el de Ernest Maragall i Mira, el hermano de su hermano.

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