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Las elecciones no resolverán nada

Tras la muerte súbita del bipartidismo y el parto de los montes de la Nueva Política, España se parece cada día más a Italia.

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EFE

Tras la muerte súbita del bipartidismo y el parto de los montes de la Nueva Política, España se parece cada día más a Italia. Y viceversa. Si allí los Gobiernos duran en promedio no mucho más de un cuarto de hora, aquí vamos de cabeza por idéntico camino. Y si allí las elecciones no sirven para nada, pues nada cambian nunca, aquí ya tocaría ir aprendiendo que ocurre lo mismo. Cataluña, con 5,5 millones de electores y 40 diputados en las Cortes, aporta, en promedio, 20 separatistas cada legislatura a la Carrera de San Jerónimo. Y esos 20 separatistas catalanes son y serán imprescindibles para que la izquierda española pueda gobernar. La única manera de evitar esa dependencia exigiría modificar la Ley Electoral a fin de hacerla más proporcional en las provincias menos pobladas de la España profunda, pero ello únicamente beneficiaría a Ciudadanos y a Podemos. Por tanto, ni PP ni PSOE accederán jamás a proceder a tal reforma. Ergo, no hay alternativa. Aunque no solo la inestabilidad con vocación crónica nos comienza a igualar con los italianos, también los equilibrios territoriales que laten tras las alianzas sobre las que se articulan los pactos que dan forma al poder político nacional comienzan a parecerse aquí y allí como dos gotas de agua.

Si a estas horas la prima de riesgo italiana anda de nuevo desquiciada y Bruselas pendiente día y noche de Roma es porque, allí como aquí, la gobernabilidad ha acabado dependiendo de una entente imposible entre el Norte rico y el Sur subsidiado. Un pacto contra natura que solo puede terminar de dos maneras: o quebrando la columna vertebral del Estado o descoyuntando el espinazo del euro. El Ejecutivo populista italiano ha prometido a sus votantes la conciliación de lo inconciliable: bajar los impuestos a los ricos del Norte con la flat tax, la reforma fiscal radical que eliminaría la progresividad del sistema tributario, el gran proyecto de la Liga, al tiempo que postula la creación de una renta básica universal, el gran proyecto de los 5 Estrellas, a los que ahora votan en masa los precarios y desempleados del Sur. Algo que solo se podría implementar haciendo definitivamente sideral un déficit público que ya es astronómico o… saliendo del euro. Y aquí, decía, pasará lo mismo. A fin de cuentas, la alianza estructural entre los catalanistas y el PSOE, más pronto o más tarde, está abocada a caer en esa misma inviabilidad.

Y es que, viendo a tipos como Torra o Puigdemont, cuesta trabajo creer que esa gente sea la derecha catalana, pero ocurre que sí son la derecha catalana. Y el drama del PSOE es que solo puede gobernar España aliándose con los catalanistas de derechas. Pero los catalanistas de derechas, al margen de la cuestión procesal de sus líderes presos, no van a avalar políticas de izquierdas en el conjunto del país que impliquen subidas de impuestos a las clases medias y medias altas, su clientela natural, a cambio de nada. La Liga de Salvini, que es el PDeCAT italiano, ha impuesto desmantelar el IRPF antes de transigir con la política social demagógica de los grillistas. Y el PDeCAT, que es la Liga española, acabará exigiendo un concierto económico al Sánchez de turno a cambio de sostenerlo en la Moncloa. Un concierto económico que, como en el caso italiano, únicamente sería viable hipotecando la viabilidad futura de la estructura financiera del propio Estado. La gran lección italiana, no obstante, es que las elecciones para nada sirven. Nunca. Al cabo, eso es lo único que procede retener.

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